ESTO ES LA SEMANA NEGRA

Hace veinticinco años parecía que el mundo era inmenso, incomprensible, bipolar y relativamente sencillo dentro de su complejidad.

La literatura era el único material sólido que permitía ahondar en ese laberinto.

Nosotros, aquellos nosotros, estábamos inventando un festival de nuevo tipo.

Eso era lo único que sabíamos, el nombre: de nuevo tipo.

O sea, que se podía mezclar.

¿Qué? Todo.

Aprendíamos haciendo.

La fiesta y la cultura no estaban reñidas. Se podía montar una especie de Disneylandia para niños trotskistas siempre y cuando tuviera una sólida columna vertebral. La literatura de género se había vuelto el refugio de la literatura, a punto de desvanecerse en una curiosa fusión entre el experimentalismo formal y Vogue. La vanguardia había muerto. ¡Viva la retaguardia!, aquel lugar donde nos ocultábamos para poder ver mejor, observar más, contar mejor. ¿Y cabe el circo? Cabe. Todo era una extraña mezcla de filosofía ecléctica y amor por el detalle práctico y minúsculo. Aprendíamos de los decorados de Hollywood y de la estética del polar francés, de Mayakovsky, Brecht, Hikmet y de la space-opera. No andábamos muy descaminados.

Éramos irreverentes porque no teníamos academia. Y porque la reverencia, ese acto de arrodillarse para subir la escalera del sistema, no se nos daba bien.

Y éramos muy de izquierdas en el viejo sentido de reivindicar la contaminación de lo social en todas las esquinas de la vida cotidiana. Decíamos cosas maravillosas, como «tenemos que hacer un festival donde las ancianitas progres se sientan como en casa y los adolescentes inteligentes se sientan fuera de ella».

Lo mismo recogíamos jabón para una epidemia de sarna en Cuba, que reivindicábamos a un escritor español al que nadie quería (excepto una docena escasa de lectores); simultáneamente comprábamos camellos para los saharauis y le dábamos oxígeno a un escritor al que Hollywood estaba estrangulando por la vía de ofrecerle casa en las colinas y robarle el alma.

En Gijón llovía.

Casi siempre llovía.

Agua y críticas desaforadas, absurdas, roñosas, pedestres, neandertales, que para poco servían excepto para repletarnos de energía, también roñosa y maligna.

Mientras tanto, lidiábamos con el descubrimiento de las grandes ciudades como ejes narrativos, como habían explicado mal Cela y bien Carlos Fuentes. Redescubríamos y discutíamos la perestroika y hacíamos sesiones de baile de salón con maestros de tango. Poníamos sobre la mesa la crítica paralela al fundamentalismo y al imperio. Reivindicábamos el cómic como un arte narrativo, y la ciencia ficción como el nuevo espejo de Alicia que devolvía la mirada realista gracias a la fantasía.

Éramos conscientemente efímeros y estábamos convencidos de que la eternidad es un sueño fascista.

Y nos divertíamos mucho.

Y nos seguimos divirtiendo. Contra viento y marea. Contra presupuesto y censura. Contra ortodoxia y banalidad. Contra moda y presión mercantil.

Fuimos el refugio de todos los autores perseguidos, de periodistas heréticos, de todos los experimentos de género, de todos los lectores insatisfechos, de varios defenestrados por la industria editorial; dimos casa y hogar a más de un millar de escritores. Mostramos que igualdad y fraternidad y, sobre todo, libertad, no murieron con la Revolución francesa.

Fuimos y somos la isla a la que acudieron los náufragos.

Y reunimos tanto talento, que hoy, al paso de los años, asusta.

Paco Ignacio Taibo II
Gijón 2012