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Lo evidente

Luna roja

Lenka Dángel
2024-07-10

El horario de visitas empezaba a las cuatro y media. En domingos grises como aquel, los familiares eran más proclives a mostrarse cumplidores. La galería resultaba más cómoda y coqueta para recibir a los parientes, así que, a la hora señalada, se produjo una cómica desbandada a cámara lenta. En la sala quedaron apenas media docena de ancianos, casi todos embebidos en sus meriendas o en el concurso que escupía el televisor. Celia, la auxiliar, se sentó junto a Mariana, que no había dejado de tejer ni un solo segundo en toda la tarde.

‒Ay, qué dolor de pies ‒se lamentó la chica, sin perder la sonrisa‒. Estoy deslomada, de verdad.

Mariana soltó una risilla entre dientes, contando los puntos para su coleto.

‒No hace falta que te quedes conmigo, cielo ‒dijo al terminar la cuenta‒. Estoy muy a gusto sola. No me entiendas mal, mis compañeros son estupendos, pero… bueno, eso. Que me gusta estar a mi aire.

Celia no lograba disimular la debilidad que sentía por aquella mujer. Todo en ella le fascinaba. Su hermoso pelo blanco, que parecía plumón; sus diáfanos ojos azules y despiertos; sus manos huesudas y enérgicas, siempre aleteando como tórtolas; su voz suave de soprano… Mariana Artime era una maestra jubilada. Adoraba a Chopin, los crucigramas, el punto y la gelatina de piña. Nunca quiso casarse, ni tener hijos (cosa de la que jamás se había arrepentido), y, entre otras cosas sorprendentes, había sido en sus años mozos campeona regional de natación. Siempre era divertido charlar con ella, pero, por alguna razón, la anciana estaba convencida de que Celia sólo le hacía compañía por lástima.

‒Si la molesto, me voy… ‒aventuró la chica.

‒Ay, cariño, claro que no me molestas. Lo que no quiero es molestarte yo.

‒Para nada, Mariana, ¿cómo se le ocurre?

Y así, como cada domingo, empezaban un sainete de cumplidos y disculpas. Uno que resultó muy breve en aquella ocasión, porque no tardó en llegarles el siseo furibundo de Rosaura Gómez.

‒¡Silencio! ¡Silencio! Callaos, que están dando el parte…

‒Jesús bendito, el parte… ‒repitió Mariana, burlona‒. Esta mujer se quedó en el 39…

‒Es un avance informativo ‒anunció Celia, estirando el cuello‒. ¿Qué habrá pasado ahora?

‒Nada, guapa, es por el crimen de la secretaria.

‒Pero ¿no estaba desaparecida? ¿Es que la han encontrado?

‒Me parece que nos lo van a contar ahora mismo.

‒¿Y el concurso? ‒gimoteó Joaquín Bouza‒. ¿Ya se ha terminado, tan pronto?

‒¡Es un avance de las noticias, Don Joaquín!

‒¡Súbelo! ‒ordenaba Rosaura, retorciéndose las manos‒. ¡Niña, súbelo, que no se oye!

Hubo una ligera conmoción mientras las auxiliares buscaban el mando a distancia. Por fin, una corresponsal de aspecto contrito les informó del hallazgo de la secretaria médica Beatriz Cienfuegos, que había estado desaparecida casi tres meses. Los escabrosos detalles del horrendo crimen contrastaban con las fotografías de la víctima, las mismas que la audiencia había visto ya incontables veces desde principios de año. La tal Beatriz había sido una auténtica belleza.

‒Pobre chica… ‒suspiró Celia, acodándose sobre la mesa‒. Parecía una actriz de cine, ¿verdad?

‒Era muy guapa, desde luego ‒asintió Mariana‒. Demasiado, incluso. De estas personas que no puedes dejar de mirar.

‒¡Descuartizada y metida en bolsas de viaje! ‒berreó Rosaura, llevándose la mano al pecho con aire trágico. Sólo quien no la conociera bien hubiera pensado que aquello la atormentaba. En realidad, disfrutaba con locura‒. ¡Yo no sé dónde vamos a ir a parar! ¡El mundo está podrido! ¡Podrido! ¡Y lleno de gente asquerosa y mala! ¡En mis tiempos no pasaban estas cosas!

‒Menuda estupidez… ‒murmuró Mariana, afanándose de nuevo en contar sus puntos‒. Siempre han pasado estas cosas. Siempre. Sólo que antes nos enterábamos únicamente de lo que nos caía cerca. Hoy asesinan a alguien en China y lo sabemos en cuestión de minutos.

‒Qué crimen más horroroso… ‒opinó Celia, ensimismada‒. ¿Quién ha podido hacer una barbaridad semejante? Y, ¿por qué?

‒Por lo de siempre, cielo ‒dijo la anciana, sin inmutarse‒. Por celos.

La auxiliar la miró, perpleja.

‒¿Usted cree? El novio parecía muy… afectado.

‒Eso es porque no ha sido el novio, querida ‒corrigió Mariana, dándole unos golpecitos en la mano.

Los ojos de Celia se iluminaron con morbosa curiosidad.

‒¡El jefe de ella, claro! ¡El médico! ‒concluyó‒. No se puede negar que el tipo tiene muy buena planta. Es algo mayor, pero muy atractivo… con esas canas, esos trajes… ¡Menudo elemento!

Mariana le dedicó una sonrisa compasiva.

‒No, cariño. Tampoco ha sido el médico. Era ella. La señora, quiero decir. ¿Cómo es que se llama? Ay, esta cabeza mía… Nuria, me parece. Nuria Salinas.

‒¿La mujer del cirujano? ‒exclamó Celia, incrédula‒. ¡Eso ya es de telenovela!

La anciana sonrió con dulzura, mientras examinaba su labor por encima de las gafas, comprobando que todas las franjas de colores tuvieran la misma anchura.

‒Si lo piensas, tiene todo el sentido ‒insistió‒. El novio siempre ha parecido rabioso, casi desafiante. No tiene nada que ocultar, pero tampoco le apetece especialmente que se conozcan los detalles. El médico, en cambio, se muestra dolido de un modo bastante curioso. Está… sorprendido. Herido en su orgullo, diría yo. Por supuesto, se cree todo un donjuán, no hay más que ver cómo habla con la prensa. Le gusta recibir atención, especialmente si es femenina. Esa pobre chica, Beatriz, era una auténtica belleza, pero además tenía hechos unos cuantos retoques. No soy una experta, desde luego, y, aun así… diría que, como mínimo, nariz, barbilla, pómulos, labios… Muchos arreglos para una chica de apenas veintiún años. Me parece que el doctor había estado… invirtiendo en ella. Con vistas a cobrarse luego los favores, y muy seguro de que su encanto deslumbraría a su empleada. Imagínate su chasco al descubrir que el objeto de deseo de su secretaria era su propia esposa.

‒¡No doy crédito! ‒farfulló la auxiliar, con los ojos como platos‒. Pero, Mariana, ¿de dónde se saca esa idea?

‒Bueno, cariño, es evidente, ¿no crees? El novio está furioso, el jefe parece la imagen de la decepción. Nuria Salinas, en cambio… ¿la has visto cuando su marido hace declaraciones? Siempre por detrás de él, vestida de negro, con gafas oscuras, el pelo sucio. Ella es la que ha guardado luto desde el principio. Ella era la amante de Beatriz, en realidad. Y es a ella a quien está comiéndose la culpa. La mató Nuria, por despecho. Porque Beatriz, por enésima vez, la había dejado para volver con su novio de siempre. Si Nuria ha obrado con sus propias manos o bien le ha encargado el crimen a un tercero… tendrá que descubrirlo la policía. Yo me inclino más bien por la segunda opción. Cariño, ¿puedes quedarte quieta un momento? Quiero ver qué tal te queda la bufanda…

Unas cuatro horas después, el noticiario arrancaba con la exclusiva de la detención de Nuria Salinas, y con la rueda de prensa de un inspector de aspecto exultante que confiaba en que la mujer confesara la identidad de su sicario.

‒Alucino… ‒exclamó Celia, apilando bandejas en el carrito del comedor‒. ¿Te puedes creer que Mariana acertó con todo? ¡Ni que fuera Miss Marple!

Su compañera soltó una risotada.

‒Esa mujer se pasó media vida asesorando a la policía, guapa ‒le espetó con suficiencia‒. Y escribiendo novela negra, de paso. Firmaba como “Sir Richard Dockery”. Una maestra de pueblo, ya ves. Fíate de las apariencias…

Celia se quedó mirando a la anciana con la boca abierta. Mariana, ajena a su estupor, se sirvió otra ración de gelatina. La piña siempre había sido su debilidad. Por detrás de Chopin, los crucigramas, el punto y la natación. Y por detrás de los crímenes, naturalmente.

 

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