El mundo es como lo imagino
Del ojo a la pluma
Pertenezco a esa generación de letraheridos afortunados que han tenido una oportunidad gracias a internet.
Yo crecí viendo en la televisión que los escritores eran señores de cara apergaminada y manchas en la piel; de copa de coñac en la mano y culos ampliamente reposados en sillones orejeros. Esa imagen que me mostraba la tele se disociaba de lo que en mi cabeza era alguien que escribe. Ende, Gabo, Gloria o Tolkien no podían ser aquello; con seguridad eran personas que creaban, que soñaban y probablemente reían mucho, que veían el mundo como lo imaginaban y no como era. No eran señores de copa de coñac e ínfulas mayestáticas. Pero los escritores que la tele me mostraba una y otra vez no tenían nada que ver con lo que, en mi imaginario particular, yo podría ser como escritora. Y, aunque una voz en mi cabeza siempre gritó que yo nunca sería otra cosa sino escritora, crecí pensando que no habría espacio, en el panorama literario, para mí.
Pero el mundo tiene demasiado que ver, que aprender, que escuchar, que sentir, que procesar para alguien como yo (acaso para cualquiera). Y así nunca vendiera un libro, yo siempre sería escritora, porque escribir es mi única forma de encontrar sentido a todo. Mi manera de entender la realidad.
Ideas o reflexiones que permanecen para mí ocultas en el mundo real se me revelan como por arte de magia cuando ese mundo muta en palabras que empiezan a atropellarse y me siento ante el teclado. Cuando dejo, de hecho, de ver las teclas y simplemente leo, como espectadora de mí misma, lo que alguien desde detrás de mis orejas tiene que contar. Como si mi verdadera yo viviera en realidad escondida tras las letras y solo se dejara ver a través de la escritura. Como si esta yo que veis de carne y hueso, la que toma cerveza, la que lleva a los niños al colegio o prepara macarrones con tomate, no fuera en realidad otra cosa más que el vehículo en el que esa otra, la Jessica escritora, la Jessica real, vive y viaja.
Cuando escribir no es una afición, sino una necesidad vital, tal vez no espera una vivir de ello. Yo no lo esperaba. Mi yo de diez años, la que veía a los señores apergaminados en sillones orejeros, nunca pensó que pudiera suceder. Pero el mundo cambia. Y llegó internet. Y esa yo que vive detrás de mis orejas, escondida tras las letras, salió a ver el mundo, y el mundo le devolvió la mirada. Y ahora las dos, ella y yo, vivimos de lo que somos.
Porque escribir no es lo que hago, es lo que soy.
Y no veo el mundo como es, sino como lo imagino.