Llamadme Ismael

Como suele ocurrir con todos cuantos nacemos a escasos metros del líquido elemento, a mi también me enseñaron a temer a la mar. A sus oleajes y a sus resacas; a las traicioneras corrientes internas que pueden sumergir a un bañista incauto mar adentro en cuestión de segundos. Sin embargo -esto también es común-, a ese miedo se juntaba, muchas veces, la fascinación. Mis dos abuelos habían hecho el servicio militar en la Marina, si bien con desigual resultado. Uno de ellos, el gijonés, al que nunca se quitaba el «¡vete a ver la ballena!» de la boca y que tenía los ojos del mismo color del Cantábrico frente al que se crio, no recordaba de aquel episodio ningún momento más comparable en emoción que el de cuando le entregaron, a primera hora de un lunes 14 de mayo de 1962, un paquete conteniendo unos calzoncillos nuevos. Sin chinches, sin agujeros, sin dobles ni triples puestas. Nuevos. Ocurrió en el puerto del Pireo, igual que horas después pasaría que se los pidieran de vuelta: el objeto de aquel regalo, por así llamarlo, era que los soldados fueran lo más saneadamente posible para hacerle la guardia al paseíllo nupcial de Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia. Después, cada uno a su barco o casa; Dios, a la de todos; y los ansiados calzones, a aguardar otro acontecimiento especial.
Y ya está. Se acabó. No más épica. Pero tuve otro abuelo, este de Colunga y con los ojos brunos, cuya estadía en el puerto de San Fernando supuso la gran aventura de su vida. Por aquel entonces él, cuya posesión más preciada de niño había sido una linternita a pilas con la que alumbrar en la noche las páginas de todos los libros que pudieron prestarle en la exigua biblioteca municipal, tenía 19 años y la cabeza llena de las historias submarinas del Capitán Nemo y de las gestas de Ismael, el reflexivo marinero que siguió el rastro a Moby Dick bajo la sombra del violento capitán Ahab. «En este momento estoy en la Garita del Diablo», leo en el reverso de una de sus fotografías, «viendo los veleros pescar en la bahía y los barcos maniobrar en el puerto de Cádiz, polvorín de Fadricas. 16 de marzo, 1951». De su paso por el mar, aseguraba, se había traído una espada herrumbrosa fabricada en los tiempos de la guerra de Cuba, y que arrancó de las manos del capitán de un barco rebelde -quién sabe si tal vez pirata-, quien tal vez se presentara algún día por su casa en Borines, armado hasta los dientes y dispuesto a recuperar, fuera como fuera, la preciada arma. Para que reconociera fácil con quién habría de batirse el duelo, mi abuelo se calaba bien hasta las cejas una gorra marinera, allí en su pueblo piloñés, que era tierra de montañas, y se sumergía de nuevo, ya perfectamente ataviado, en sus novelas de aventuras.
Y sí: de niña me enseñaron a temer el mar y a todas las criaturas que este aguarda, si acaso con la excepción de aquel rorcual común al que honraba mi otro abuelo en cada reprensión, costumbre heredada de una ciudad que se solazara, mucho tiempo atrás, con la llegada del cuerpo agonizante del populoso cetáceo. De la primera Semana Negra, la que en 1988 se celebró en El Musel, y si la nostalgia no me engaña, guardo una de esas memorias que más que recuerdo es sensación resucitada. Todo aquel alboroto a la orilla del mar, cuando la oscuridad ya comenzaba a cubrirlo todo, me fascinó al tiempo que me generó cierta aprensión. Por entonces no lo sabía (o tal vez sí, porque sentía la misma picazón cada vez que leía en mis cuentos cómo Gepetto y Pinocho acaban en el estómago del Monstruo), pero eso era, exactamente, lo que debía hacernos sentir una buena novela negra. De modo que todo estaba bien.
Sigue estando bien. Hoy la XXXIX Semana Negra se inaugura ante el mismo mar, pero en otra orilla diferente, y con una ballena que nos guarda en el excelente cartel dibujado este año por el chileno Félix Vega. Quien no conozca la expresión popular de Gijón podría pensar en que este año homenajeamos a Herman Melville, autor -si me permiten la recomendación- del inquietante relato Bartleby, el escribiente, y también de Moby Dick, una de las novelas de aventuras con la que mi abuelo, el del polvorín de Fadricas, aprendió a leer. «Llamadme Ismael», arranca la historia, en una de esas primeras frases sublimes que todos los escritores soñamos con crear algún día. «Hace unos años, no importa cuántos, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación». Se me había olvidado contarles que una vez muerto mi abuelo, en la primera limpieza de la que fuera su casa, yo traté de salvar algunos de sus libros, y también la espada que siempre aguardó en tierra que la viniera a buscar su legítimo propietario para volver a llevarla al mar. Conseguí lo primero, no así lo segundo. «¿Y la espada del pirata, güelita?», pregunté a mi abuela, cuyos recuerdos varan ya en la tierra del olvido, como aquel rorcual famoso varó en La Salmoriera. «¿Del pirata?», contestó, estupefacta. «¡Pero. si esa espada ferruñosa compróla’l to güelu a un gitano nel Rastru Xixón!». Siempre he creído que mi abuelo, de haberse atrevido, también nos hubiera pedido que le llamásemos Ismael.
Dibujo: Diego C.