Un lugar al que volver

Foto: Diego Miranda
A cierta edad uno empieza a medir el tiempo de otra manera; ya no tanto en función del calendario, sino a partir de los lugares a los que regresa. En un verano murió alguien a quien queríamos, en otro dimos con un libro que nos cambió la vida, en alguno más mantuvimos una conversación que seguimos recordando veinte años después, y al final comprendemos que la memoria nunca se construye con fechas, sino con vivencias, y que hay vivencias que terminan pareciéndose a una patria. Para mucha gente, y evidentemente para quien esto firma, la Semana Negra es una de ellas.
Treinta y nueve ediciones son suficientes para que un niño que llegó de la mano de sus padres vuelva ahora acompañado por sus hijos; para que un escritor que fue desconocido regrese convertido en un clásico; para que una novela comprada por azar en una caseta termine ocupando el anaquel de los favoritos en una estantería. Hay muy pocas aventuras culturales que sean capaces de sobrevivir tanto tiempo sin dejar de parecer jóvenes. Quizá porque la juventud no consiste en tener pocos años, sino en seguir sintiendo curiosidad.
La Semana Negra siempre ha vivido de esa curiosidad. Nunca fue un recinto levantado para que la cultura se contemplara desde lejos, con la solemnidad de un museo o el silencio de una biblioteca. Ha sido siempre lo contrario. Un lugar donde los libros se mezclan con la música, donde las conversaciones se prolongan en las barras de los bares, donde un lector puede discutir una novela con su autor y, cinco minutos después, subir a la noria o asistir a un concierto. Durante demasiado tiempo algunos quisieron convencernos de que la cultura debía oficiarse en ceremonias serias, casi tristes, reservadas para quienes parecían entender de todo. La Semana Negra lleva casi cuatro décadas demostrando exactamente lo contrario, que la cultura también puede oler a algodón de azúcar, sonar a guitarra y saber a lo que sabe un refresco degustado frente al mar. Que leer nunca ha estado reñido con reír. Que uno puede pensar y, al mismo tiempo, divertirse.
Quizá por eso ha resistido este festival tanto. Porque nunca aceptó esa vieja mentira según la cual el conocimiento exige renunciar al placer. Como si una novela necesitara una alfombra roja para ser importante, como si una conversación sobre literatura perdiera profundidad si se desarrolla entre la gente, como si la inteligencia fuera incompatible con la alegría. La Semana Negra ha defendido siempre la idea contraria. Que los libros pertenecen a la calle y que la literatura crece y se hace más fuerte cuando sale de los auditorios. Que un festival cultural tiene sentido, en suma, cuando consigue que alguien descubra una novela cuya existencia ignoraba, cuando logra que quien entra buscando una atracción de feria termine saliendo con una novela bajo el brazo.

Hace 15 o 16 años, en L’Arbeyal…
Este año el festival regresa a L’Arbeyal. Ya estuvo allí hace años, pero los regresos nunca son idénticos. Cambia el lugar porque cambia nuestra manera de mirarlo. Cambia el paisaje porque cambiamos nosotros. Y quizá haya algo hermoso en esa vuelta a la orilla del mar, como si la Semana Negra recordara que toda historia necesita de vez en cuando regresar a uno de los puertos desde los que zarpó para comprobar que sigue siendo capaz de emprender un nuevo viaje.
Lo hará, además, con el mismo maridaje entre memoria y porvenir que ha venido consumando desde sus inicios. Volverá Una semana muy negra, aquella novela que convirtió el propio festival en materia de ficción cuando todavía nadie imaginaba que algún día formaría parte de la historia cultural de este país. Nacerá un nuevo premio, el Domingo Villar-Semana Negra, para homenajear esas grandes trayectorias que tanta felicidad nos deparan. Llegará el último libro de Xuan Bello para demostrarnos que algunos escritores encuentran la manera de seguir conversando con nosotros incluso después de haberse ido. Habrá exposiciones, cómic, música y escritores venidos de muchos lugares, no porque haga falta reunir muchos nombres para justificar una fiesta, sino porque toda fiesta verdadera empieza siempre con una buena historia. Y eso es, en el fondo, la Semana Negra. Un lugar donde las historias dejan de pertenecer a quienes las escribieron para convertirse en patrimonio de quienes las leen, de quienes las escuchan.
Vivimos tiempos extraños. Tenemos acceso a más información que nunca y, sin embargo, cada vez encontramos menos ocasiones para mirarnos a los ojos. Pasamos horas deslizando un dedo sobre una pantalla y muy pocas sentados frente a un desconocido dispuesto a recomendarnos un libro. Acumulamos miles de contactos y escasean los encuentros. Tal vez por eso festivales como éste resultan hoy más necesarios que hace casi cuarenta años. Porque recuerdan algo que parecía evidente y que, sin embargo, hemos estado a punto de olvidar: que la cultura no consiste, como dicen algunos, en consumir obras ―qué horrible verbo―, sino en disfrutarlas, entenderlas, en compartirlas. Que una novela adquiere nuevos matices cuando la comentamos con alguien. Que una canción cambia cuando la escuchamos con otros. Que una ciudad también se construye a través de las conversaciones que mantiene consigo misma.
Así que, un año más, vuelven los escenarios, las librerías, los conciertos, las discusiones interminables sobre detectives, poemas o revoluciones. Habrá quien venga buscando un escritor y descubra una canción, y habrá quien venga buscando una canción y se vaya con un libro firmado. Y también habrá quien entre por curiosidad y salga con el recuerdo irrenunciable de una noche memorable de verano. Es lo que ocurre siempre en la Semana Negra. Uno cree que va a un simple festival y acaba dando, inevitablemente, con un lugar al que volver.