Palabra de profeta

2026-07-04

La cita era a las 18.30 horas, y casi todo el mundo -salvo esta que suscribe- la respetó. El lugar, el Museo del Ferrocarril. Porque aunque nos hayamos mudado, siempre estaremos en deuda eterna con este lugar. ¿Saben por qué?

Se encargó de explicárnoslo el director del Museo del Ferrocarril, Javier Fernández: en este Museo, antes estación, frente a estas mismas vías, hubo muchos años en que arrancaba la Semana Negra. Aquí, con la llegada del Tren Negro, se daba el pistoletazo de salida como este que hoy damos para inaugurar la XXXIX  edición.

Por eso estar aquí, recibiéndonos, «tiene una fuerza distinta». Lo dijo nuestro director, Miguel Barrero, justo después de la intervención del concejal de Infraestructuras, Gilberto Villoria, que adelantó que, con el cambio de ubicación a L’Arbeyal, el certamen mantendrá «intacta su esencia, pero sabiendo, también, evolucionar». Pero escuchen: si algo hay importante cuando se evoluciona, eso es respetar lo que antes estuvo también aquí. Por eso la intervención de Barrero fue breve: había que dar paso al mismísimo Jesucristo.

Barrero llamando al profeta

Si no se lo creen, háganlo, porque en efecto llegó. Nuestro Jesucristo particular, claro: Paco Igacio Taibo II. No resucitado,  porque este nunca se fue del todo; como mucho un poco afectado por el jetlag. Y ni eso, porque escucharle fue, como siempre, vida pura. Y también memoria. La de aquellas primeras Semanas Negras con el Tren Negro llegando a la estación que hoy ya es un museo, con el calor del recibimiento de «una multitud que incluía amigos, lectores y ávidos contestatarios,  lo cual daba un mejor ambiente». Cierto es: cada Semana Negra ha tenido siempre sus enemigos, aunque muchos de ellos lo fueran, también,  íntimos, y esto era algo difícil de explicar para los autores extranjeros que venían en el Tren. «Te preguntaban si esta gente nos quería o no, yo respondía: nos quieren, pero disimulan».

Protesta en la llegada del primer Tren Negro, en 1988

Otra historia era el idioma, esa torre de Babel que la Semana Negra es a veces. «Había un cubano que lo traducía al ruso, un búlgaro que no entendía nada y una japonesa que tenía un traductor que no hablaba español». Se refería Taibo a Masako Togawa (1931-2016), que junto a Yulián Semiónov (1931-1993)  fue la autora más vendida de aquella primera Semana Negra, la de 1988. Desde entonces hasta ahora no todo ha sido fácil, pero se consiguió. Lo conseguimos, Taibo lo consiguió. Hoy, después de muchos dimes y diretes, la Semana Negra es un referente mundial. «Si vas a una librería en Los Ángeles, dices Semana Negra y te responden: Gijón», dijo Taibo, aunque con un matiz: «A veces» -ya saben, la confusión idiomática- «te dicen Jijona y tienes que decirles que aquí no hay turrón, que aquí lo que hay es Cantábrico».

Aún recuerda PIT la escena de millares de adolescentes allegándose a la Semana Negra. ¿Por la juerga? Claro, sí, puede. «¿Cuántos leyeron un libro?», se preguntaba ayer. «No sé. Nunca lo pudimos calcular. ¿Cuántos compraron un libro? No lo sé. Pero todos tuvieron que pasar por enfrente de la librería. La lectura surge de la curiosidad, y eso fue lo que la Semana Negra creó a lo largo de los años: una enorme curiosidad». Nos había dicho que no solía preparar sus discursos, y parece mentira, porque este, particularmente, fue demoledor, insigne, memorable. ¿Que hay quien no comprende la Semana Negra porque tiene «la idea de una cultura de salón, de reverencia, de ‘pase usted, dama’»? Como las meigas los hay, claro. Y nos importa tanto como… nada.

Después, lo de siempre, que es todo lo bueno: la clásica foto frente al vagón y, acto seguido, ¡a La Calzada! En autobús, como en los viejos tiempos, cuando sentarse los unos al lado de los otros era mucho más inmediato que un WhatsApp. Ahora sí que sí: la Semana Negra ya está aquí. La playa del Arbeyal nos espera para seguir haciendo historia de esta ciudad. Y del mundo entero.