Arriola por la línea 2

Cuentos de la Luna Roja
Lenka Dángel

Lenka Dángel

2026-07-05

‒… así que no insistas, Verdugo, que no puedo comentar nada ‒repitió Corsino con un leve carraspeo.

Había usado su tono más inocente, lo que no hizo sino confirmar a la veterana reportera que allí había mucho que comentar.

Pero hombre, Luciano ‒se lamentó, embaucadora. El comisario se puso alerta. Cuando Margarita Verdugo le llamaba por su nombre de pila, estaba a punto de sacar todo su arsenal‒. Te pensarás a estas alturas que me chupo el dedo. ¿No ves que no te estoy preguntando? Lo que te pido es que me valides lo que ya sé.

‒Pues, en ese caso, sabes más que yo, querida, y tendrías que postularte para ocupar mi puesto.

‒No te irás a jubilar… ‒se escandalizó la anciana.

‒Me lo estoy pensando, sí ‒aseguró Corsino, doliente y teatral‒. Vamos para mayores, Verdugo…

‒¡Ja! Vamos, dice. Fuimos y llegamos hace mucho.

‒… y tendremos que ir asumiendo que no somos lo que éramos ‒continuó el comisario, ignorando la maliciosa interrupción‒. Tenemos achaques, la cabeza no está tan lúcida…

‒Oye, carcamal, habla por ti ‒le espetó Margarita, ofendida. Era, al menos, veinte años mayor que aquel sabueso panzudo‒. Yo tengo una rodilla pocha, pero, por lo demás, te doy una paliza a lo que quieras.

Corsino soltó una carcajada. La vanidad de Margarita Verdugo corría casi a la par que su incuestionable inteligencia. Levantó la vista al oír los golpecitos en el cristal e hizo una seña a la novata para que pasara.

‒Perdón, señor, el Comisario Arriola por la dos.

‒Gracias, Clara ‒respondió Corsino, mientras la joven volvía a salir. Se fijó en el teléfono, con el aviso parpadeando insistente. Con otro carraspeo, retiró la mano del auricular, y esperó diez segundos hasta que la Verdugo terminó de insultarle‒. Bueno, Marga, me temo que tengo que dejarte. Tengo a mi señora por la otra línea.

Oyó la risita socarrona.

‒Muy bien, Luciano. Saluda a Julián de mi parte.

Ni siquiera era una broma nueva. Todo el mundo en las dos comisarías hacía el mismo chiste. Al parecer, también en El Correo Norte.

Corsino dio un trago al café, completamente gélido, que había olvidado sobre la mesa hacía más de media hora. Su oronda cara se contrajo en una mueca de asco. Como si el teléfono tuviera la culpa, apretó la tecla encendida con saña, encajando de milagro aquel dedo suyo del tamaño de una butifarra.

‒¡Sí! ‒bramó.

Siempre respondía al teléfono así, en imperativo. Con signos de exclamación. Era parte del personaje, y nadie lo sabía mejor que Arriola.

‒A ver, Corso ‒sonó al otro lado la tranquila y burlona voz de Julián‒. ¿No tienes nada que contarme?

‒Qué preguntones andáis hoy ‒suspiró el aludido, fingiendo sorpresa‒. Pues claro que tengo cosas que contarte, lo que pasa es que la Verdugo me estaba mordiendo los tobillos.

‒Es admirable esa mujer. No pierde el olfato, ni el entusiasmo…

Ni la habilidad para tocarme los cojones ‒se lamentó Corsino, con un disgusto que no se creía ni él‒. Imagino que ya te ha llegado lo del parque de Santa Elena…

‒Sabes cómo va, los míos hablan con los tuyos.

‒Qué prudente eres, coño. Hay por lo menos cuatro de los míos durmiendo con cuatro de los tuyos.

Julián Arriola puso los ojos en blanco, con resignación. Siempre había permanecido sordo y ciego a los chismes, al contrario que su homólogo y amigo. Luciano Corsino despreciaba de boca para fuera el cotilleo, pero le volvía loco en el fondo. Su mujer, María Eugenia, era una bendita, y demasiado sensible para los detalles escabrosos del trabajo de su marido. Por otra parte, nunca hacía ascos a un buen chismorreo, y Corsino, dada su posición, estaba al tanto de muchos.

‒¿Tenéis algo? ‒atajó Arriola.

‒Poca cosa, todo muy vago y también bastante extraño ‒admitió el Comisario de Marqués Rivas. El de Barrio Nuevo chasqueó la lengua‒. El padre de la niña desaparecida sospecha del novio de la mayor, que no es hija, sino hijastra. Más bien sospecha que ella es cómplice de su novio, que, al parecer, es un chaval de Río Benito.

‒¿Del barrio de los guineanos? ‒exclamó Julián al otro lado de la línea‒. ¿La hijastra de Gonzalo Arteaga, saliendo con un chaval de Río Benito?

‒Y eso no es todo ‒siguió Corsino, repantingándose en la silla y mordisqueando su puro apestoso‒. Nos pareció mucha casualidad que el jardinero de Santa Elena, allí presente, fuera también guineano. Tiramos un poco del hilo y resulta que son tío y sobrino.

‒Eso puede significar mucho o absolutamente nada.

‒Lo sé, lo sé. Pero, de momento, no te negaré que me ha llamado la atención.

‒¿Y los tenéis localizados?

‒Voy a mandar a O´Donnel a darse una vuelta, para charlar con ellos. Espero que sean colaboradores. Así nos podremos evitar el pedirles que vengan aquí, a comisaría.

‒No es buena idea, Corso ‒intervino Julián‒. No sé ahí en tu casa, en la mía tengo unos cuantos elementos de los que no me fiaría un pelo si tuvieran que quedarse a solas con alguien de según qué tono de piel…

Corsino soltó un bufido.

‒Qué me vas a contar. Pondría la mano en el fuego por la mayoría de mi gente, pero sí, también tengo por aquí a media docena de hijos de puta.

‒¿Por eso has despachado a la Verdugo? Normalmente cuentas con ella para tirar anzuelos…

‒Es que no serían anzuelos, Julián ‒suspiró el Comisario, restregándose los párpados‒. Más bien arriesgarnos a que alguna manada de ciudadanos ejemplares arrasara Río Benito, y ni siquiera sería la primera vez.

‒No hace ni un año de lo del repartidor ‒apuntó Arriola‒. Casi matan al pobre infeliz y no había hecho nada. La gente tiene que haber aprendido algo de aquello.

Corsino dejó escapar una carcajada tan intensa que acabó en ataque de tos.

‒Ay, compañero ‒exclamó, secándose los lagrimones y tratando aun de recobrar el aliento‒. No pierdas nunca esa fe tuya en el ser humano…