Esto es novela negra… o no

Si han visitado su exposición en nuestra Carpa del Encuentro, les sorprenderá saber que Victoria Iglesias iba para reportera. ¡Qué gran fotógrafa nos hubiéramos perdido! Felizmente ocurrió que durante su estadía en Panorama descubrió la fotografía y a partir de entonces la disciplina que este año la trae a la Semana Negra se convirtió en un «vicio bueno». Ayer, junto a Alejandro Meter, inauguró la Carpa de la Palabra con una auténtica masterclass de un arte que «te lleva a no conformarte», algo que, reconoce, puede acabar generando tensiones fuertes con los escritores, animales de mucho ego… y poco tiempo. «Cuando ves una foto posada, detrás hay un camino, y muchas veces es un camino rápido», dijo: a veces las sesiones con los grandes nombres duran solo un cuarto de hora y algunos, muchos, cabreos de por medio.
De las bondades del digital, que tanto tiempo ahorra, la artista sacó un defecto: rompe el momento, «rompe la búsqueda». La única que se le permitía a una fotógrafa que trabajaba por encargos, y de ahí, explica, la escasez de mujeres en su obra profesional y, por extensión, en la muestra de la Carpa del Encuentro (ya son varias las personas que nos lo han afeado, y con razón, pero ahí va el por qué). El que solo esté Carmen Martín Gaite se debe al triste hecho que ella fue la única mujer, o de las muy pocas, que en la década de los 90 le mandaron a fotografiar.
Recordó a José Luis Sampedro y los largos caminos por su casa descolocándole las cosas; la amistad con Carmen Martín Gaite o el momento en que retrató a un Cela recién casado con Marina Castaño. «Cela tenía un carácter muy rudo; la primera vez que le fotografié yo tuve miedo. Pero en esta ocasión, yo acababa de volver de Chiapas». Y cuando se han visto ciertas cosas ni siquiera Cela hace que una se acogote. Esa vez, el escritorísimo también riñó, claro, e Iglesias consiguió sacarle un perfil muy semejante al reverso de una moneda de Franco. Iba buscándolo, y ya nos lo había dicho antes: en la búsqueda está el camino. Búsquenla a ella también: en Instagram es @victoriaiglesiasphoto.

Siguió Pepo Paz, a quien preocupaba, mucho juego de palabras incluido, «quedarse en blanco durante la presentación de su novela negra», pero, amigos, con Luis Artigue como conductor eso es cosa imposible. «Con pulso de notario sociológico», según nuestro incombustible leonés, Paz describe en Comenzar el olvido (Reino de Cordelia) el madrileño barrio de Hortaleza en plena Transición. «Pero, ¿qué coño es la Transición?», apostilló Artigue.
Y ahí empezó la cosa. Porque la Transición son, entre otras muchas cosas pero también, Natividad Romero o Maríaluz Nájera, protagonistas y víctimas de los dos crímenes que se dibujan en una novela que tardó en escribirse quince años, con una revisión de los textos que su autor confiesa cercana a la obsesión. «Yo no he escrito una novela negra», afirmó, como también afeó a nuestro querido Valen, el librero de Debolsillo, al ver Comenzar el olvido en el estante de novela negra. ¿Qué quieren que les diga? No le convencía la etiqueta. Pero Artigue, erre que erre: la novela narra historias de violencia -y brutales, además: Natividad Romero apareció estrangulada en 1969; Mariluz Nájera murió por el impacto de un bote de humo tirado por la Policía durante una manifestación por la amnistía en 1977- en un marco de injusticia, muy al estilo de Vázquez Montalbán, y genera una reflexión.
«Yo quise hacer un artefacto que respetase el lenguaje», rebatió Paz. Y ahí sí que estuvieron de acuerdo. Porque las descripciones, el tratamiento muy cuidado de los personajes femeninos, sorprenden en un autor novel en las novelas, valga la redundancia, pero próspero en escrituras (guías de viaje, en concreto) y con Haroldo Corti y su En vida como referente. Cuando leyó aquella novela para Bartleby Editores en 2010, se dijo «joder, así es como yo quiero escribir». Y ahí está su flamante libro, que no tiene nada que envidiar.

La secretaria de Cultura de la Asociación Socialista de Gijón, Paula Vicente, daría, justo después, el pistoletazo de salida a la mesa redonda Música en directo. Nuevos formatos, nuevos espacios, que giró en torno a «esa magia de escuchar tocar a alguien a tres metros de ti». Un espectáculo ahora blindado por una nueva normativa que permite celebrar conciertos de pequeño formato en locales diversos. «No es un cambio menor», defendió Vicente. «Es una decisión política que reconoce que la cultura no ocurre solamente en grandes auditorios o en festivales de verano».
Fue Antón García, director general de Normalización Lingüística, quien nos relató el proceso, no demasiado fácil, de gestación de esta ley que vino a sustituir a la de 2002. Aquella vieja normativa que «impedía algo que en cualquier otra parte del mundo era lo más normal». La pandemia y el cambio de hábitos de la sociedad, y todo lo que ello afectó a locales y músicos, fue clave para que se comenzase a hablar del tema. Pero también «cambió mucho cómo se hace música en vivo desde 2002, cuando solo nos imaginábamos música en directo en bares o pubs: ahora se suman las librerías y las bibliotecas, no solos son establecimientos hosteleros», «de acuerdo con la normativa vigente, pero siempre dando facilidades». Se dialogó con «absolutamente todos los sectores» y, aunque eso generó ciertos roces con los hosteleros de la noche, reacios a abrir la música en directo en pequeños espacios, acabó por resolverse positivamente.

Para todo ello fueron fundamentales asociaciones como Unidos por la Cultura, cuya representante, Cristina Sánchez, nos contó la gestación de su colectivo. Fue a raíz de la desaparición de Xente Xixón, una iniciativa diseñada para dinamizar la escena artística en la ciudad. Un llamamiento en redes sociales dio lugar al proyecto que ahora se materializa en ley, pero que deja aún «muchas cosas en el tintero». Aprovechó Sánchez para pedir «una red que uniese hostelería con ayuntamientos y artistas sería lo idóneo, porque hay mucha gente que no se entera de cuándo toca tal en tal sitio», y Antón García recogió el guante.
Finalmente, Emilio Rubio, propietario de La Montera Picona, dio su visión como hostelero de la problemática. Después de la pandemia acusó que era necesario «que hubiera un ambiente más distendido», y ya desde antes no tenía sentido eso de «Prohibido cantar» en los chigres. Rubio nunca comulgó con ello, y por ello, aseguraba ayer, «tenía un cajón entero de denuncias en el Ayuntamiento». Por la cultura, por nosotros mismos, deseamos que nunca se vuelva a repetir. ¡Vivan las leyes que nos hacen más libres!

Un llibru d’historia. Eso ye, según Iván Cuevas, El motor de la historia, y parez llóxicu, pero… ¿que ye esautamente eso? Yá ven que güei tamos faciéndonos constantemente entrugues d’esti tipu, dempués de la d’Artigue cola Transición. No que nos ocupa, la rempuesta tá precisamente nel propiu llibru, nel que l’autor, historiador de formación, recopila venti años de trabayos al rodiu de la identidá asturiana y a la ciencia histórica. Y lo fae «con arrogancia nel sentíu asturianu del términu», dixo Cuevas, que dedicó la mayor parte de la so intervención en lleer dellos fragmentos desti «llibru d’historia militante» que fae un analís, como «un contricante incómodu», d’estayes como l’idealismu que, según l’autor, foi ún de los grandes males del asturianismu, la historia de Conceyu Bable o
«¡Nun hai nada como tener un amigu que te presente un llibru!», agradeció Valdés xusto enantes de defender la necesidá de lleer, siempres, les notes al rodapié, anque seyan en lletra menudo y más de 500, onde tan nomes qu’hai que golpear «non como un ‘punching ball’, pero sí a la qu’hai que golpear, porque o nos golpeen ellos, o golpeamos primeru». Recordó, dempués, «que l’autocrítica sigue ensin salir nel diccionariu dela llingua asturiana» y que «l’avestruz nun ye un animal autóctonu d’Asturies, y los problemas no desaparecen metiendo la cabeza bajo tierra.»
El motor de la historia ñaz, poro, pa responder a quien piensa que la nuesa historia ye fantasía, dalgo qu’hai que facer con trabayu constante, de métodu, y claridá d’idegues. «Agora mesmo, cualquier indocumentáu analfabetu piensa que lo qu’él pueda esponer puede tener el mismo valir que tengo yo como historiador». Democratizar el drechu d’esposición nun ye lo mesmo que pensar que too tien de respetase, diz Valdés. «Si perdemos esta base, perdémoslo too» a la hora de «crear otra Asturies. Ehí tien qu’haber un compromisu y una militancia, porque’l mundu de la xente qu’opina ensin lleer puede ser mui desagradable».

«Paco Álvarez y yo escribimos de muertos, pero diferentes», dexara dicho Rafa Valdés n’acabando la so charra pa dexar el tarrén preparáu pa la siguiente: la de, n’efectu, Paco Álvarez col so Coses que facer en Xixón cuando tas muertu. Presentólo Enrique Faes, que’l xueves 9 va presentar tamién, na Carpa del Encuentro y a les 19.30 hores, el so El agente suizo. Nada que ver l’unu col otru, anque la ficción que fae Álvarez nesta novela ‘asturian noir’, ganadora del Premiu de Novela Curtia Andrés Solar, ta tan basada na realidá que bien podría tar nominada, tamién, al Rodolfo Walsh. Por casu, la Semana Negra ta bien presente nesti llibru qu’encaxa perfectamente nel conceptu de novela negra. Lo ye «casi canónica», afirmó Faes: «tien enigma, misteriu, dolor intencionáu, hasta resolución de dilemas morales pol camín».
La cuestión, sobremanera dempués del amistosu rifirrafe ente Luis Artigue y Pepo Sanz, ye si Álvarez acepta o non esa etiqueta. Y bueno: sí, pero con matices. «Ye una novela negra, pero ye otres coses; una novela memorialista d’un Xixón noventeru», dixo l’autor, periodista como formación y que, por cierto, estrenóse como tal nesti mesmu A Quemarropa. Y sitúa la novela, concretamente, nel 1992, l’añu de la Expo y de les Olimpiades, cuando’l focu taba puestu en toes partes sacante n’Asturies o Xixón. Olaya Mallada, alter ego de Paco Álvarez y protagonista de la novela, ye una periodista d’El Comercio que tenta d’investigar un crime asocedíu na Ciudá Promocional de Tremañes, y eso conforma, evidentemente, la simiente base d’una novela negra. Pero tamién quier Álvarez emponderar una dómina muerta yá pal periodismu: esa na que «teníemos que dir a buscar la noticia a un requexu ocultu».
Tamos, poro, ante una autoficción y una metalliteratura na qu’apaecen personaxes reales, persones reconocibles. «Sirvióme p’axustar cuentes col mio pasáu», cuntábanos esti illustre de Pumarín -comparte barriu de nacencia y crecimientu con Faes, asina que bien podemos dicir que ye un barriu de xente bona-. Álvarez afirmó buscar, na lliteratura, «el complementu que me falta en cada momento»: la épica de Lluvia d’agostu; los viaxes a Italia en Los xardinos de la lluna. «Los llibros, a los escritores, ayúdennos a escapar del tiempu y el llugar del que te toca vivir n’esi momentu». Qué decir. Que más razón qu’un santu.

La última presentación del día fue la de Animales enfermos, de Rafael Novoa, muy bien acompañado por Rafa Gutiérrez Testón. El gijonés lleva escribiendo desde que recuerda, y está preparando ya su próxima novela. De momento, Animales enfermos, su primera novela, nos hace viajar a Irlanda para investigar la desaparición de la estudiante Úna Lambert. Es una obra introspectiva, con escenarios ajustados a esos personajes, que no prescinde del humor. «Yo escribí una novela, y todos dicen que es novela negra», afirmó Novoa, con expresión de incredulidad. ¡Pero vaya! ¿Qué les pasará a todos nuestros autores de esta Carpa de la Palabra hoy para tener este síndrome del impostor del ‘roman noir’?
Algo habrá. La cuestión es que, aunque Novoa dice que ha hecho una novela más de sugerir, también «se mete en terrenos muy escabrosos, es perturbadora, no es amable. Tiene un comienzo muy potente, muy fuerte», dijo quien se inspira en las obras de Faulkner, Stendhal, Sholojov, Vargas Llosa, Mankell, Juan Madrid o Chandler. En los temas sociales, el pasado de los personajes y, sobre todo, en el ambiente, estará la respuesta del misterio. Ya saben dónde apuntar.