La rosa que nunca llegó

Dibujo: Diego C.
Tal vez es que no sea yo muy romántica: las canciones sobre amores jamás superados no me terminan de convencer, por no decir que me generan bastante inquietud. Aún adorándolo en muchos aspectos, Luis Eduardo Aute (1943-2020; lo tuvimos en la Semana Negra en 2016, pocas semanas antes del infarto cerebral que le alejó de los focos) fue maestro en esta lid. No hace falta que entre en mucho detalle con Pasaba por aquí, que vista con los ojos de hoy día nos parece digna de un stalker, de un protagonista del weird menace, porque encima pasa, pero no llama, el tío, y viste gabardina gris. Con perdón al maestro, pero una revienta de ganas de decirle que espabile y que pase página. Aún peor en las Cuatro y diez, que, aún siendo bellísima, siempre me ha parecido muy cruel, tan solo por debajo de ese Ramito de violetas de Cecilia donde (¡atención, spoiler!) era el marido quien se escondía detrás de las flores anónimas y de una ilusión inalcanzable.
Será que comparto con Taibo II (lo dijo ayer, presentando el Operación Noticia (2026) de Fritz Glöckner, en la Carpa del Encuentro) la idea de que el pasado puede ser pegajoso si no se pone la suficiente distancia de por medio. Paco se refería a la investigación histórica y yo al desamor, pero tanto da: ambos pueden agarrarse a la piel y no soltarla nunca, y, como una garrapata, quedarse ahí, por los tiempos de los tiempos, chupándonos la sangre. Ocurre también con los recuerdos de juventud, que son otra suerte de enamoriscamiento, este con la vida. La literatura, tal vez por buscar más la reflexión que el impacto, suele censurar más que la música estas obsesiones con el pasado. Advertirnos del peligro que corremos de meternos en problemas, incluso de caer en la locura, si no ponemos distancia. Quienes aman hasta la obsesión o son antagónicos con el bien, como la hostil ama de llaves de la Rebeca (1938) de Daphne du Maurier; o sufren terribles finales igual que Isabel Moncada en Los recuerdos del porvenir (1963) de Elena Garro, o acaban reparando en su error, como el Philip Marlowe desencantado de El largo adiós (1953), la obra que Raymond Chandler creía que era la mejor que jamás hubiera escrito.
En todo esto pensé ayer, cuando, yendo hacia la Semana Negra, mi desorientación crónica me llevó a salir de la avenida de la Argentina por la calle equivocada; una de la que no diré el nombre, pero que hacía años, tal vez décadas, que no pisaba. Anduve yo enamoriscada, en el siglo pasado, de un rapaz de mi clase, llamémoslo X; espigado y muy guapo, moreno con pinchos de gomina, cañón y a la última con su chupa de No Fear y su cartera con cadena. Quise creer que el sentimiento era mutuo y más de una tarde nos despedimos aquí, en el portal de su casa. La última de todas, supongo que sería viernes, me prometió una rosa, y durante todo el fin de semana me imaginé yo como sería esa flor: si sería roja o, mejor, blanca; si tendría el tallo largo o más bien corto. Pero el lunes no llegó, ni el martes, y la inconsistencia de los amores adolescentes hizo que yo me olvidase pronto de aquella ilusión.
X me confesó años más tarde que se le había olvidado la promesa por el subidón de pastis del finde. Por aquel entonces el MDMA, barato y rápido, se conseguía fácil, y quien se hacía una Mitsubishi era el rey que nunca podría llegar a ser sin droga. Una evasión fácil para los chavales de un barrio obrero donde la prosperidad ni estaba ni se le esperaba. Fácil, sí, tanto como peligrosa. X no llegó a tiempo de poder ser atendido en Mar de Niebla, el proyecto que hoy, por alguna razón que se me escapa (o no), atacan los fascistas, añorantes de los tiempos en los que la irrealidad ataba en una eterna pesadilla a los jóvenes en situación de exclusión social. Unos tiempos más seguros, aseguran; más hermosos. ¡Más seguros! Tal vez sea porque confunden el ser más joven con el ser más feliz, o, más pragmáticamente, porque alguno de ellos se lucraba de la circunstancia. Ayer, en la Semana Negra, Rocío Álvarez nos explicó todo el bien que hace la solidaridad e instituciones como la suya; el trabajo que, a lo largo de más de veinte años, ha ido sacando adelante a chavales como X. Pero él no llegó, ya les digo: para cuando la asociación se fundó, en 2004, creo que ya había pisado la cárcel y, aunque allí le enseñaron -tal vez a la fuerza- a no usar con tanta alegría la navaja, se adentró, como Chabela, en un infierno de alcohol del que, sospecho que aún no ha debido salir. No es ficción: eran los años 90. Ah, no. El desamor, o se supera, o te lleva a caminos que no deben ser.