En un país muy lejano
Margarita Verdugo colgó el teléfono, anotó varias cosas en su cuaderno de tapas de cuero, hizo girar la silla con un ademán enérgico y se encaró con el resto.
‒Muy bien, silencio todos ‒exclamó. Las máquinas de escribir enmudecieron al instante. En El Correo Norte, la Verdugo tenía tanta autoridad, o quizá más, que el director‒. ¡Barrero! ¡Mueve el culo hasta aquí!
El aludido se puso en pie con un gruñido de esfuerzo. Lo vieron avanzar como un oso cabreado a través de la cristalera biselada. Abrió la puerta de un tirón, encarnando perfectamente al tirano que le gustaba fingir que era.
‒¿Qué coño pasa ahora? Que sea bueno, Verdugo, que no estoy de humor.
‒¡Ja! Paren las rotativas… ‒espetó ella con descaro. Tras sacudir la cabeza, resignada, se cruzó de brazos y volvió a dirigirse a la redacción en pleno‒. Corsino no da ni la hora, así que habrá que juntar cabezas. Margolles, bonita, ¿más detalles?
‒El revuelo que había en el parque, el ataque de nervios de la hija de Arteaga…
‒Hijastra ‒puntualizó Leticia Ruiz‒. El matiz es importante.
‒Hijastra, sí ‒concedió Arantxa‒. Lo dicho, salvo lo que os he contado ya y el asunto del jardinero que se hizo humo…
‒Pero, a ver ‒interrumpió Sepúlveda, rascándose la barba‒, que el tipo se largara no significa nada. Si la policía ya había hablado con él, ¿para qué quedarse?
‒Coincido ‒apuntó Barrero‒. No creo que puedas rascar nada ahí, Miss Marple.
Arantxa arqueó las cejas.
‒Pues seguro que no, Monsieur Poirot, pero ya es casualidad que el novio de la hijastra sea sobrino del floricultor escapista…
‒¿Eso lo sabes por tu madero?
‒Eso lo sé por Ibáñez, que…
‒… tiene una fuente, sí ‒recitaron todos a coro.
‒A todo esto, ¿dónde se meten él y Bauluz? ‒inquirió el director, ceñudo.
‒Poniendo oreja y objetivo ‒explicó Navarro‒. Les han dado un chivatazo sobre el Canciller alemán.
‒Ah, bueno, mientras sea el alemán y no el de Tegucigalpa… ‒ladró Barrero, esforzándose por esconder su conformidad‒. ¡Aquí hay alguno que no pisa redacción ni a tiros!
‒Miguel, te va a subir la tensión con tanto alarido ‒regañó Margarita‒. Con la hijastra olvidaos de hablar, porque Arteaga la ha mandado a Segovia con su madre.
‒Tiempo muerto, os lo suplico ‒gimió Ismael, cada vez más despistado‒. ¿Un croquis sobre esa familia, podría ser?
‒Hijo, de verdad, es que es salirnos del fútbol y te suena todo a chino‒suspiró Rambal, apoyado en uno de los archivadores‒. Atiende. Gonzalo Arteaga, siendo todavía jugador de rugby, se casó con Rosario del Amo, que era una niña bien. Tuvieron una hija, Adriana, que toca el violonchelo en la Sinfónica. Cuando llevaba unos diez años casado, Arteaga se encaprichó de una modelo que le presentaron en una fiesta, Esther Miranda. Dejó a la mujer y se casó con la modelo, el divorcio fue sonadísimo. La modelo, a su vez, había tenido una niña con un torero de segunda que nunca quiso formalizar con ella.
‒Y esa niña es la tal Paulina, la que tiene un novio de Guinea y estaba en el parque ‒aventuró Ismael.
‒Muy bien, Shayne, te veo brillante esta mañana ‒concedió Sepúlveda, burlón‒. Procede, Alberto, lo cuentas de lujo.
‒Gracias, majo. Sigo. Con la suplente duró menos que con la titular, porque, ya retirado del deporte y metido en negocios varios, se lio con su secretaria, Natalia Cueto.
‒Todo muy original, como puedes ver ‒apuntó Navarro, sacando punta a un lápiz con ansia casi homicida.
‒Natalia se quedó preñada. Con ella tuvo a Alvarito, que tiene unos once años y ya apunta maneras de cabrón con pintas. Es la viva imagen de su padre, vaya…
‒Pero la niña pequeña, la del secuestro… esa no es hija de la secretaria ‒dedujo Ismael, intentando seguir el hilo.
‒Chico, estás que te sales ‒se pasmó Rambal‒. No, desde luego. La pequeña, que se llama Beatriz en honor a la abuela de Arteaga, es hija suya y de su cuarta mujer, a la que conoció en una cena de gala en París y por la que mandó a hacer puñetas a la precedente. Esta señora, su actual y esperemos que definitiva esposa, es nada menos que Nahit Roshen, hija del antiguo Penshah de Nuhurdistán. Si nos haces el favor de continuar, Ruiz de mi alma… Pero resume, por Dios, que no son horas.
‒Al Penshah lo destituyó su hermano tras una revolución sangrienta ‒relató Leticia‒. La ayuda prometida por unos y otros nunca llegó y Rotam, el soberano depuesto, se fue al exilio con su mujer y sus cuatro hijos…
‒… de los cuales, solo queda Nahit ‒siguió Navarro, incapaz de contenerse‒. Uno de los varones estampó su Aston Martin contra una fuente, en Niza. El otro apareció flotando año y medio después en el Sena. A la tercera la encontró una doncella del Hotel Supreme con un frasco de pastillas vacío en la mano. Eso fue hace… ¿dos veranos?
‒Tres ‒corrigió Barrero, que seguía apoyado en la puerta, sin perder ripio.
‒Nuhurdistán sigue siendo un país con una situación bastante convulsa ‒remató Margarita‒. Cuando murió Rostam en noviembre pasado, Nahit pasó a ser Valiahnu, o sea, heredera. Esto, en realidad, no va a ninguna parte, porque lo único en lo que todos los clanes están de acuerdo es en no aceptar que una mujer pueda ser digna del trono.
‒Pero bueno, nadie piensa que el motivo de llevarse a esa niña sea político ni religioso ‒declaró Arantxa‒. Es mucho más creíble que la fortuna que los Roshen hicieron en su día con las minas de nisarita haya tenido algo que ver.
‒¿Y pensáis que la hijastra de Arteaga está de verdad metida en el ajo? ‒se sorprendió Ismael‒. Pero si es una cría…
‒Una cría con gustos caros, con un padre que siempre la ha rechazado, un padrastro autoritario y un novio que la familia detesta ‒enumeró Leticia‒. A lo mejor tienen planeada la fuga y una boda en Las Bahamas.
‒O a lo mejor solo es una chiquilla que se despistó haciendo de niñera de su hermanastra de cinco años ‒sugirió Navarro encogiéndose de hombros‒. Qui sait?
‒Nosotros no, desde luego ‒protestó Barrero‒. Y exijo que lo sepamos rapidito, así que ya estáis todos rompiéndoos los cuernos. Quiero revolviendo hasta a los de Necrológicas y a la flor de loto de Recetas. Como si os tengo que mandar a Nuhurdistán.
‒En el último mundial los eliminó Bélgica en cuartos ‒dijo de pronto Ismael. Hubo un par de segundos de desconcierto‒. Digo, por si sirve el dato.
‒La madre que me parió… ‒masculló Barrero, dando un portazo.
Rambal revisaba carpetas a toda velocidad. De pronto, hizo una mueca de triunfo.
‒Os encantará saber que tenemos teléfono y dirección de la mejor amiga de Nahit Roshen. Os doy pistas: mediana edad, ermitaña, escritora de novela negra…
Margolles y Ruiz se miraron, atónitas.
‒Victoria Gassling ‒exclamaron a dúo.
‒Bingo ‒remató el de Archivos, lanzando un dosier sobre la mesa‒. Hay que ver, niñas, el equipazo que hacemos.