¿Y la solución? Pregunten a la escritora
Hay coches que huelen a muerto antes de abrir las puertas. El que apareció al amanecer en la playa de Poniente estaba encallado en la arena baja, justo donde el agua empieza a retirarse cuando cambia la marea, cerca del espigón. Era un sedán gris, corriente, de esos que se confunden con el paisaje urbano de cualquier ciudad del norte. Tenía las ventanillas delanteras bajadas y los faros todavía encendidos, arrojando una luz mortecina contra las rocas cubiertas de verdín.
García llegó antes que las asistencias. No le gustaba el olor del mar a esa hora, denso y mezclado con el combustible que flotaba en el agua. Se subió los cuellos de la gabardina para protegerse del viento del Cantábrico y se acercó a la ventanilla del conductor. El interior estaba vacío, salvo por una libreta de notas empapada sobre el asiento del copiloto y una cámara fotográfica con el objetivo roto en el suelo.
—No hay huellas visibles —dijo un agente joven, que venía corriendo desde el paseo, con las botas hundidas en la arena húmeda—. La marea ha borrado todo lo que hubiera antes de las cinco de la mañana. Si alguien salió de aquí a pie, el agua ya se ha encargado de limpiar su rastro.
García no contestó. Observó el retrovisor roto y la marca de salitre que empezaba a secarse sobre el capó. En ciudades así, los secretos no se entierran. Se tiran al agua a la espera de que el fondo del mar haga el trabajo sucio, pero el mar siempre acaba por devolver lo que no le pertenece en forma de chatarra o de cadáveres. Tarde o temprano lo hace. Siempre lo hace.
Pasó un dedo por el salpicadero. Había una tarjeta de visita arrugada, de una librería de viejo del centro de la ciudad, con la dirección borrada por el agua. Ese era el verdadero problema del oficio; que cada pista abría tres interrogantes nuevos y ninguno llevaba a una respuesta limpia. La realidad nunca se parecía a las novelas policíacas que la gente leía en los cafés para entretener las tardes de lluvia. Aquí los motivos eran siempre más prosaicos, más sucios y, desde luego, mucho menos elegantes.
Para cuando llegó la grúa, el sol ya cortaba las nubes grises con una luz anémica, pero suficiente para animar a algunos a dar un primer paseo mañanero. El metal del coche crujió al ser arrastrado fuera de la arena, dejando un surco profundo que la siguiente ola tardaría apenas unos minutos en rellenar. García se dio la vuelta, encendió un cigarrillo protegiendo la llama con la mano y empezó a caminar hacia el paseo. El caso quedaría abierto, como tantos otros, archivado en una carpeta gris a la espera de que alguien, en algún despacho, decidiera hacer algo al respecto.
¿Hacer qué? ¿Cómo sigue? ¿Y el culpable? ¿Y la víctima? ¿Qué pasa con García? Llamen a la escritora, ella sabrá la solución y, quizá, algún día, escriba la historia completa.