Siempre aparece usted
Victoria Gassling vivía en el 366 de la Carretera de Los Tilos, en un barrio residencial de capa caída salpicado de jardines con árboles centenarios, muros de piedra cubierta de musgo y casonas antaño magníficas venidas a menos, que luchaban con decoro por mostrar restos de su pasado esplendor. No era la primera vez que las infatigables juntaletras de El Correo Norte terminaban ante la puerta de la afamada e introvertida escritora, que empezaba a sentir cierta simpatía por Ruiz y Margolles. Quizá hiciera que semejante dúo se cruzara en una próxima novela con su personaje estrella: Arístides Montenegro, profesor de Lenguas Clásicas, agudísimo observador, amante de los buenos vinos y detective aficionado.
Gassling era lo opuesto a la imagen que cualquiera se hubiera hecho de una escritora de novela negra. Carecía de cualquier sofisticación, y se esforzaba mucho en demostrarlo. Siempre llevaba el pelo trenzado de cualquier manera, sin molestarse en ocultar con tintes sus cada vez más numerosas canas. Usaba medias gruesas de abuela, botines de goma, vestidos largos con estampados extravagantes y chaquetas de lana colorida tres o cuatro tallas mayores de lo necesario. Su vivienda era grande, atestada de muebles y recuerdos en insólita mezcla, e invadida de plantas que le daban un curioso aspecto de selva en expansión constante. Apenas tenía visitas desde la muerte en extrañas circunstancias de su amigo y mentor, el también escritor Vasco Garmendia. El caso irresoluto del viejo novelista era una espina clavada en su corazón, y también en el orgullo de las fuerzas del orden de Noega. Desde aquel trágico suceso, del que la propia escritora fuera sospechosa, solo se había relacionado con tres personas: el pelirrojo inspector O´Donnel, con quien mantenía un idilio cómodo e intermitente; y las dos entusiastas mujeres que removían sus cafés en la enorme cocina verde donde siempre las recibía.
‒Pues, aquí estamos de nuevo ‒disparó Leticia, lacónica‒. ¿Se da cuenta de que, cada vez que pasa algo en esta ciudad, siempre aparece usted?
Victoria sonrió sin disimulos, acodada en la desgastada mesa de nogal repleta de cuartillas y libros, con la vieja máquina de escribir en un extremo.
‒Bien, señoras. ¿Qué saben de la historia reciente de Nuhurdistán?
Arantxa hizo un gesto invitador a su compañera, que contenía la respiración.
‒Adelante, Ruiz, por favor.
‒Es que es fascinante ‒aseguró ella con ardor‒. Veamos… Nahit es hija de Rostam, el mayor de los Roshen, que, como sabemos todas, es una de las familias más poderosas del clan gurani. Cuando murió el antiguo Penshah, Rostam, como Valiah o príncipe heredero, pasó a ocupar el trono. El problema es que su hermano menor, Kavel, tenía los mismos planes. Intentó ganarse primero a los otros dos clanes, los jazir del norte y los dahar de la cuenca del Nisar, pero ninguno se tragó que, de repente, el hijo del difunto Darush el León hubiera renunciado a su fe nuiyya para abrazar el politeísmo ancestral. Así que tuvo la ocurrencia de escindirse de la fe mayoritaria, fundó el culto munfasi y acusó a Rostam de herejía. Al principio, los Sarda apoyaron al primogénito, pero eso no duró mucho. Por razones poco claras, los Generales acabaron pasándose al bando de Kavel. A los que no pudo ganarse fue a los Mujtáh, que siguieron oponiéndose a él y a su reforma religiosa. Kavel optó por dar matarile a varios sacerdotes, lo que convenció al resto para secundarle. Después de mucha trifulca y escabechina, Rostam, el Penshah depuesto, se largó a Francia junto a su mujer, Golnar, y sus cuatro hijos…
‒Que, salvo en el caso de la propia Nahit, tuvieron finales terribles ‒concluyó Victoria, sujetando una taza desportillada de la que emanaban vapores de jengibre‒. Pero eso, seguramente, lo conozcan ustedes con más detalle que yo. Nahit es reservada respecto a sus asuntos familiares, especialmente con los episodios trágicos.
‒¿Cómo se conocieron? ‒indagó Arantxa.
‒Era una de mis lectoras ‒respondió Gassling sin un atisbo de vanidad‒. Al parecer siempre le han fascinado las historias sobre crímenes.
‒Entonces, ¿coincidieron en algún evento literario, una firma de libros, o… ? ‒insistió Leticia.
‒En una de las ediciones del Festival de Novela Negra, aquí mismo, en Noega. Seré franca, ni siquiera la reconocí. No sabía gran cosa sobre la revolución munfasi, ni mucho menos sobre el matrimonio de la princesa exiliada de Nuhurdistán con nuestro… héroe deportivo local.
A ninguna de las reporteras se le escapó el tono desdeñoso con el que la Gassling pronunció aquellas últimas palabras.
‒¿Conoce a Arteaga?
‒Lo he visto dos o tres veces. En celebraciones de amigos a las que Nahit me invitaba.
‒¿Y no le cae bien? ‒sondeó Ruiz, con una sonrisa beatífica.
‒Eso sería quedarnos cortas ‒admitió la escritora‒. Nahit tuvo una educación exquisita. Fue a los mejores colegios de Suiza; a la Universidad de Zahidar, en Ishmal; y, por supuesto, a la Sorbona. Gonzalo es un cateto que fue capaz en su día de correr, patear balones y acostarse con todo lo que se movía. Tiene la misma conversación que el naranjo enano de mi porche.
‒Pero es bastante hábil en los negocios… ‒sugirió Arantxa.
Victoria Gassling hizo una mueca de lo más elocuente.
‒El que es un hacha en los negocios es su socio, Jaime Morán. Gonzalo pone su imagen. Todo el mundo quiere conocerlo, apretar esa manaza de gorila, cenar con él y oírle contar sus batallitas de vieja gloria ‒espetó la novelista, encendiendo un Helmar. Le temblaron ligeramente las manos mientras se llevaba el cigarrillo a los labios‒. Es un grandísimo zopenco, y eso cuando está sobrio. Cuando bebe es insoportable.
Las reporteras se inclinaron hacia delante sin poder evitarlo.
‒¿Es violento? ¿Usted lo ha visto?
‒¿Maltrata a Nahit o a los niños? ¿Le ha contado ella algo?
‒A ver, señoras, calma ‒impuso Victoria, forzando una sonrisa‒. Yo jamás he visto nada, salvo a Gonzalo conteniéndose para no gritar y llevándose a su mujer bien agarrada del brazo, casi a rastras. Más que suficiente para mí, pero no lo bastante como para que a ella la tomara nadie en serio, ¿verdad? Nahit nunca me ha dicho nada directamente, pero les puedo asegurar que su matrimonio no es feliz. Ya no la era cuando la conocí, y ella nunca se ha tomado la molestia de fingir otra cosa.
‒¿Había mala relación entre los hijos, o con las anteriores esposas de Arteaga?
La Gassling soltó una risotada mordaz.
‒El cabrón ese nunca pudo soportar a Paulina, porque no es suya. ¿Sus otras mujeres? ¿Cuántos casos conocen en los que todas se lleven bien? Da que pensar, ¿no les parece? Son como un club de damnificadas.
Margolles y Ruiz se miraron, intrigadas.
‒¿Cree que Nahit querría hablar con nosotras? Sabemos bien que rehúye a la prensa, y nadie la ha visto desde el secuestro de Beatriz, hace tres semanas…
‒Apenas sale de casa, pero sabe cómo hacerlo sin que la sigan ‒sonrió Victoria‒. Les puedo asegurar que cada martes y viernes acude puntual a una cita en una esquina del parque Las Letras. Allí se ve con alguien que la conoce mejor que yo. Un edificio burdeos, en la tercera planta…
Leticia revisaba sus notas, frenética, pero a Arantxa no le hizo falta.
‒Inés Valencia ‒exclamó‒. La vidente.