Desayuno con diamantes
El bueno de Fernando Marías me informó un día que mi novela Tendríamos que haber venido solos era negra y que lo suficientemente buena como para que me inviten a la Semana Negra de Gijón. Así fue que un día de julio de 2012 me encontré desayunando solito en una mesa del Hotel Don Manuel, con los ojos abiertos de susto y alegría, como un chico mirando por primera vez una noria. Fue antes de que pudiera revolver el café con leche que alguien me tocó la espalda. Cuando me di vuelta, vi a una señora en silla de ruedas que me preguntó si no me importaba que se sentara a mi lado, dado lo completo del aforo. Sí, claro, dije temblando ante la figura de Ana María Matute.
Ahí empezó la fiesta, conociendo y desconociéndolo todo, ante la sombra, la magia y las historias dentro de esa gran Historia de Paco Taibo II y sus múltiples secuaces.
En aquel desayuno, la Matute me dejó una definición sobre los premios literarios que yo usaría siempre, pero de manera invertida para definir la Semana Negra. Ella dijo: “Los premios no hacen escritores pero hacen lectores”. Yo, por mi parte, creo que la Semana Negra no hace lectores pero hace escritores. Compartiendo anecdotario con primeras espadas de la literatura nacional e internacional, y con primerizos y anónimos como yo, me fui haciendo a la idea de las gracias y desgracias de nuestro gremio, a los crímenes y a las desvelaciones de tan diversa fauna.
Después de aquel julio, empecé a escribir escuchando más a esas voces sabias que me aconsejaban fijarme menos en la expectativa de lo escrito, entregarme más a la fiesta de las palabras registradas dulcemente, unas tras otras, como en una ceremonia del presente total.
Por esto y por mucho menos, mi deseo: larga vida a la querida Semana Negra de Gijón. Y largas muertes en nuestras páginas, claro.