Los neologismos de hoy

Hace unos meses cayó en mis manos el curioso Nuevo diccionario de la lengua castellana, publicado en 1874 por Roque Barcia y reeditado 31 años después, al calor de la moda de las etimologías argotísticas surgida de los últimos coletazos del Realismo. Hay varios; todos auténticas joyas; también en 1905 Luis Besses cortó la pana con su Diccionario de argot español o lenguaje jergal gitano, delincuente profesional y popular, gracias al cual hoy sabemos que hace 120 años en los bajos fondos se llamaba mucló a la orina, tiberio al mucho escándalo o lirenós a los lectores (apúntensela). Pero la novedad es que el de Barcia, además del lenguaje del pueblo, incluía multitud de neologismos, que por entonces eran legión, y de términos populares. Háganse en cargo que en un mundo en cambio, y las postrimerías del siglo XIX lo fueron, son necesarias palabras nuevas para definir lo que hasta entonces no existía, o lo que, aún habiendo existido antes, ahora se contemplaba de otra forma.
El librito de Barcia incluye palabras tan sonoras como la cerdorística, que es, al parecer, la ciencia que enseña a conocer las ganancias y las pérdidas de una empresa; los churriburris (aquellos cuantos son bajos y, además, despreciables) y los cerdudos (personas de mucho pelo en el pecho); o, finalmente, la carocha, que resulta ser el excremento de la abeja reina. Importante extremo este para los apicultores ya que, al parecer, se creía que si en el fondo de la colmena se encontraban restos de carocha esto quería decir que esta ya no estaba huérfana. Hoy la palabra está en desuso por haberse demostrado la falta de cientificidad de este método, y es que parece ser que las abejas son insectos limpísimos que defecan fuera de la colmena. Salvo en el caso de la reina, eso sí, encerrada en su celda de oro, cuyo detritus es recogido por las abejas obreras y que únicamente sale fuera para aparearse o salvar la vida. Conste que hablo exclusivamente en términos entomológicos, ojo. Cualquier metáfora con la realidad de las sociedades humanas es pura coincidencia.
La historia no siempre es lineal, no va de menos a más. Tal vez si así fuera hoy en día seguiríamos sintiendo la necesidad de publicar diccionarios con los neologismos y términos grotescos de moda. Cierto es que todos los años se incorporan nuevas palabras al DLE de la RAE, pero creo que va demasiado lento para los ritmos que exige la sociedad de hoy. Lento o blanco, también. Solo unas pocas muestras: la última renovación de la RAE, en diciembre de 2025, ha incluido en el DLE términos como marcianada, milenial o turismofobia; gif, streaming o hashtag. Pero nada nos dice la Academia sobre otros términos que escuchamos día sí y día también y que a una no le acaban de encajar perfectamente con la definición del diccionario.
Ayer mismo, por ejemplo, por ejemplo, el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, apostó por la reducción de sueldo por las bajas laborales, con o sin acuerdo sindical, definiendo de cáncer que no podemos pagar el término, que ya empieza a ser manido, del absentismo laboral. Resulta un tanto confuso el uso de un término que, según la RAE, significa una «abstención deliberada de acudir al lugar donde se cumple una obligación» cuando este tiene lugar en sinonimia con el de baja temporal, es decir, aquella que «se otorga a un trabajador por un periodo de tiempo en casos de enfermedad o accidente». Ni es lo mismo ni, con mucho, es igual. Tres cuartas partes de lo mismo ocurre con los okupar, aunque aquí hay que tomar en cuenta la inconcreción de la RAE, que, cuando define el verbo okupar omite que esa acción, la de «tomar una vivienda o local deshabitados e instalarse en ellos sin el consentimiento de su propietario», lo es solo si va vehiculada por un componente ideológico y de reivindicación. Nada que ver, en todo caso, con quien deja de pagar una renta previa, ni mucho menos con quien se encuentra batallando contra una subida de alquiler ilegal. Y ya no hablemos del escalofriante concepto de prioridad nacional, que se convierte en un oxímoron tan pronto cuanto nos repugna a tantos nacionales de bien.
Reivindico, pues, que vuelva la moda de los diccionarios argotísticos y neológicos; si puede ser ambos juntos, mejor. Solo así podríamos dejar de sentirnos de la manera en que, presumo, se sentiría un apicultor de principios de siglo al consultar en el DLE de 2026 el término carocha y descubrir que hoy significa «huevos del pulgón o de otros insectos», y ya no lo que, en su criterio, había sido toda la vida de Dios: una mierda como un mojón.