Arbeit macht frei
LOS SUTRAS DEL MAESTRO RAHNA
Recogidos por su admirador, amigo, esclavo y siervo Jesús Palacios
IV
Arbeit macht frei

Muestra clara y hasta preclara de que la Semana Negra de Gijón es lugar de sabiduría, conocimiento y hasta mero sentido común, es su estupenda exposición de cómic en esta edición. Y no sólo por la calidad y cantidad de la obra expuesta, sino por el propio lema que la aglutina y vehicula: El trabajo cansa. Ya era hora de que alguien lo dijera bien alto: ¡el trabajo cansa, joder!
El ser humano no nació para trabajar, más allá de la obligación de cumplir con aquellas necesidades básicas para su supervivencia. Si dios (con cualquiera de sus nueve mil millones de nombres, que sólo Arthur C. Clarke conocía) hubiera querido que el hombre trabajara, no le habría dado sentido y sensibilidad, inteligencia y dotes más que sobradas para disfrutar de la belleza del mundo contemplándolo sin dar ni chapa, preferentemente en pose sedente y dedicado a lo único que vale la pena: descansar sin estar cansado. Como bien decían aquellos sabios gallegos: “Camino de la cama es el mejor camino, sólo estar durmiendo es mejor que estar dormido”.
Sin embargo, la humanidad vive esclavizada bajo el yugo del trabajo, impuesto por una minoría selecta y abyecta, que para más inri se dedica con todas sus fuerzas a engañar al resto, convenciéndolo de que el trabajo es su destino, su naturaleza, una obligación tan justa como necesaria que le ennoblece y ensalza, convertida poco menos que en virtus cardinal y moral, que le libra de caer en la bajeza, la corrupción y el vicio (que se reservan para ellos). Así, los nazis, maestros de la mentira, hicieron que el lema arbeit macht frei (“el trabajo os hará libres”) pendiera como irónica guillotina sobre los prisioneros de Auschwitz, broma macabra a sabiendas de que desde luego el trabajo en el campo de exterminio les daría sin duda la libertad definitiva.
Pero todos, absolutamente todos los poderosos, sean cuales sean sus supuestas ideas e ideologías, una vez que están arriba se dedican con ahínco a vendernos regalada la idea de que trabajar nos hará felices a los que trabajamos, en lugar de a ellos, que son quienes disfrutan sin dar palo al agua, con el resultado de nuestro agotamiento, aborregamiento y explotación. “¡Hi-Ho! Silbando al trabajar…” cantaban los siete enanitos (título español) de Disney, pero poco debían silbar cuando en 1941 sus animadores se pusieron en huelga denunciando los bajos sueldos y condiciones misérrimas con los que trabajaban a destajo, sin apenas reconocimiento alguno.

Al final, Disney despidió a más de quinientos empleados huelguistas, mientras otros abandonaban amargados la productora para crear sus propios estudios, como la estupenda UPA. El supuesto creador de Mickey Mouse nunca se recuperó de aquella huelga, convirtiéndose en tiránico y feroz anticomunista. Tras su muerte, la hoy megacompañía de entretenimiento varió poco sus prácticas, sufriendo denuncias y huelgas cada cierto tiempo, por negarse, por ejemplo, a que sus artistas firmen con su propio nombre sus obras para la productora. Curioso que una empresa tan usamericana y liberal en el sentido capitalista ponga tal empeño en colectivizar a sus trabajadores, anulando su personalidad como creadores individuales para beneficiarse de ella como marca.
Por desgracia, no mucho mejor les ha ido a los regímenes teóricamente fundados en la máxima marxista: “De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”. En cuanto algunos demostraron su capacidad mayor para el engaño, el uso del poder y de la fuerza, decidieron que necesitaban el sacrificio del resto para mantenerse en su “justa” posición, corrompiendo por completo el significado original de la frase al transformarla en justificación de su propio encumbramiento. Al fin y al cabo, si los altos funcionarios del Partido tienen capacidad para que los trabajos de mierda. sucios y cansados se los chupen los demás… ¿no es su obligación y privilegio hacerlo así? O como diría Stalin: “el que vale, vale y el que no pá Siberia”.
Por no hablar de los cristianos. Será que vengo del lejano y relajado Oriente, pero a mí eso de que “el trabajo es una virtud que dignifica y ennoblece” y “una participación continua en la obra del Señor”, no me convence. Sobre todo después de leer La Biblia y que me cuenten lisa y llanamente que el trabajo no es, ni más ni menos, que una maldición lanzada por Jehová contra el género humano, por aquel mal polvo que se echaran Adán y Eva bajo el manzano. Que no nos engañen: “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente” no suena precisamente a regalo divino.
Además, ¿por qué si no celebramos tanto el advenimiento de la era de los robots y la Inteligencia Artificial? ¿No es el sueño utópico inevitablemente devenido distópico de la humanidad ser relevada del trabajo por sus esclavos cibernéticos, electrónicos y virtuales? Recordemos que el término robot nos lo regaló el checo Karel Čapek con su preclara obra teatral RUR (1920), y que este procede de la palabra eslava robota (o algo así), que significa trabajo.
La última y gran paradoja es que esta reconversión digital y cibernética está dejando sin trabajo a las masas pero no para que, como soñaran los utopistas, se dediquen al dolce far niente, el cultivo del cuerpo y el espíritu o la creación artística, sino para que se vean abocadas a la pobreza, la mera supervivencia y el hastío, gastando lo poco que tienen y les corresponde en el reparto en mantener a sus robots, sus IPhones, sus ordenadores, tablets e IAs de pago como nuevos señores de la Tierra para los que trabajar de una u otra forma (y tras los que se ocultan sus de momento verdaderos amos, hasta que sean sustituidos por sus propias creaciones artificiales).
Sí, adeptos míos. Crean lo que les dice la Semana Negra: trabajar cansa. Porque los que nunca se cansan son quienes no solo no trabajan sino quieren hacernos creer a los demás que trabajar ennoblece, que trabajar nos hace libres. Libres para comprar, para gastar, para sudar, para llorar, para enfermar y, por supuesto, libres para morir.