La izquierda no es woke
LOS SUTRAS DEL MAESTRO RAHNA
Recogidos por su admirador, amigo, esclavo y siervo Jesús Palacios
V
La izquierda no es woke
Para Pablo Vázquez

No hace falta ser un sabio de Oriente, aunque yo por supuesto lo soy (más oriental que sabio, eso sí), para darse cuenta de que el gran Enemigo de la humanidad, con bíblica y satánica mayúscula capitular, hacia el que señala constantemente la Semana Negra son los Estados Unidos y su actual presidente, Donald Trump. Viendo el estado de la situación global, no es para menos. Sin embargo, los grandes sabios tenemos como obligación matizar, ponderar y profundizar para llegar al corazón de las cosas, descubriendo las verdaderas raíces del Mal. Porque aunque ahora mismo nos resulte difícil de creer, Otros Estados Unidos fueron posibles, llegando incluso a pre-existir e iluminar al mundo con su sabiduría. Más o menos.
Podríamos decir que la culpa de todo la tienen los franceses. Pero como todas las sentencias que pueden pasar por lo que ahora llamamos memes (pocas veces algo más que pamemas y memeces), no sería cierta ni justa del todo. Los franceses, sobre todo a partir de los años sesenta del pasado siglo, se dejaron arrastrar por una pasión desmedida por el lenguaje y sus artificios, hasta el punto de construir no uno, sino varios sistemas filosóficos que se aplicaron a deconstruir y reconstruir el mundo a imagen y semejanza de su poética (pues de eso se trata, más que de un sistema filosófico), lanzándose a una orgía filológica con raíces en la versión formalista rusa del marxismo científico, pero también en el puro placer estético de inventar conceptos, neologismos, estructuras lingüísticas que deben más al arte y al artificio que a la especulación filosófica en sentido estricto. Hasta aquí, poco o nada que objetar. El problema surge cuando estas filosofías y filósofos, vacas sagradas como Derrida, Foucault, Deleuze, Lévi-Strauss o Barthes, desembarcan en el Nuevo Mundo: en la universidad estadounidense, donde se les indigestan a varias generaciones de académicos, intelectuales, artistas y filósofos, alimentando una versión pueril y simplista del estructuralismo, el postestructuralismo y el postmodernismo.

Sokal y Bricmont contra los impostores intelectuales
Los estadounidenses, con ese entusiasmo desmedido que les caracteriza, que refleja cierto sentimiento de inferioridad intelectual respecto a Europa en general y a Francia en particular, adoptaron los discursos intelectuales esotéricos de estos filósofos franceses, decidiendo que era necesario aplicarlos a la realidad. Poner en práctica lo que son elucubraciones que, sin carecer de valor y partiendo de una revisión justa y necesaria de las certezas inoperantes o superadas de los sistemas filosóficos, políticos y sociales anteriores, acaban por perderse y perdernos en un universo hermético que imita, de forma discutible cuando no errónea —recordemos el escándalo provocado por Alan Sokal y Jean Bricmont con sus Imposturas intelectuales en 1997—, los conceptos de la física cuántica y las especulaciones científicas de vanguardia, sin atenerse a su significado real, sino básicamente por su efecto estético, sirviéndose de ellos como instrumento para dotar a sus tesis de un aparente y generalmente falso sustento científico.
El hecho es que una cultura progresista, liberal (en sentido político y social) y de izquierdas estadounidense, hasta entonces joven y viva, en constante evolución, que estaba transformado la percepción de un mundo en movimiento continuo, abrazó con fervor estas filosofías inescrutables, con su terminología abstrusa y supuestas intenciones deconstructivas respecto a todo lo anterior, sin comprender su dimensión literaria, poética y lúdica, dispuesta a poner en práctica ideas y conceptos abstractos difícilmente aplicables a una praxis, una realpolitik, coherente y útil.

La universidad estadounidense y su intelligentsia se vio infectada por el virus francés. Feministas, liberales, neo-marxistas, ecologistas, colectivos étnicos o queer, hasta entonces ligados a combativos movimientos contraculturales y de izquierda autóctonos, a la tradición de beatniks, diggers, hippies y yippies, al anarquismo libertario, a la revolución de la liberación sexual, la psicodelia y la legalización de las drogas, al underground y la utilización revolucionaria de las estéticas del Pop y la cultura de masas, a la tradición anti-autoritaria de los Trascendentalistas y Thoreau… En definitiva, a una serie de aportes progresistas acordes con la juventud de la nación estadounidense, con su carácter, paisaje y dimensiones —sin obviar el enfrentamiento violento con sus opuestos ideológicos—, renunciaron a su naturaleza para abrazar otra que venía de un continente viejo y agotado. Difícilmente podía salir algo bueno de que las venas abiertas de Estados Unidos se vieran infectadas por el virus de la filosofía francesa, con sus esotéricas versiones del psicoanálisis, Lacan a la cabeza, y su marxismo separado de la lucha de clases y la cultura popular, ejemplificado por intelectuales exquisitos como Badiou.
El fenómeno woke es producto en buena parte de este torpe afrancesamiento. En su corazón, laten sueños, ideas y logros de la contracultura estadounidense que no pueden ni deben cuestionarse, sino todo lo contrario. Pero están tan ocultos, aplastados por la hermética verborrea franchute y la traumática imposibilidad de poner en práctica ideales irrealizables sin llevar a la autodestrucción, que ha propiciado la caída de Estados Unidos en manos de precisamente aquellos de quienes querían salvarlas: Donald Trump y los suyos. Es decir, las élites empresariales gerontocráticas, capitalistas, teocráticas e imperialistas (manipuladas por el nuevo feudalismo tecnodigital), acelerando el hundimiento del Occidente democrático.

Buscando desesperadamente a Susan (Neiman)
No es extraño que muchos veteranos izquierdistas que encuentran en la Semana Negra cobijo y solaz, se sientan profundamente decepcionados por la nueva izquierda. Pero por eso mismo, debemos mirar más allá de tópicos y simplismos, sin dejarnos contagiar por las conspiranoias que debemos combatir, sin convertirnos en reflejo invertido pero complementario de quienes son nuestros verdaderos enemigos. Repitan todos conmigo este mantra, que le robo sin pudor a Susan Neiman: “La izquierda no es woke. La izquierda no es woke. Izquierda no es woke. Izquierda no woke. No woke… La izquierda no es woke. La izquierda no es…” Y así, hasta que se haga realidad.