Ases del Humor
LOS SUTRAS DEL MAESTRO RAHNA
Recogidos por su admirador, amigo, esclavo y siervo Jesús Palacios
VIII
Ases del Humor
De sabios es reconocer que vivimos tiempos oscuros. De hecho, uno de los motivos por los que dejé mi cómodo y ascético retiro bajo el ficus magníficus de mis antepasados bodhisattvas, viajando hasta tierras semaneras y asturianas, es, precisamente, tratar de entender el nuevo mundo en qué vivimos, al borde del abismo, en crisis perpetua y a punto ya del cataclismo. Pero una vez dicho esto, es también de sabios y muy sabios, contemplar esta deriva hacia el apocalipsis o el bíblico Armagedón, con todo el sentido del humor que seamos capaces de invocar e incluso más.
Hoy, vivimos una cultura del dramón, la farsa sentimental (o sea, la historia repetida) y la tragedia perpetuas, enemiga del color y del calor, de la sensualidad y la frivolidad, pero, sobre todo, enemiga jurada del humor. Se imponen tanto desde el cine y las series como más aún desde la literatura, especialmente la negra y criminal, la seriedad del burro y la impostura filosófica, pseudopolítica y social. Sustituyendo la acción real por la vicaria (propia casi de la vicaría episcopal), la intervención material por la protesta virtual y digital, se pretende disimular la cobardía, pereza e inacción que cunden entre el ciudadano emasculado, sometido a continua vejación sin que se le ofrezcan a cambio instrumentos o posibilidad real alguna de cambiar la situación.
No deja de ser curioso el auge (por otro lado eterno) del género de horror, y el declive (al menos en sus formas clásicas y modernas de ficción: literatura, cine, sitcoms, teatro, cómic…) del humor. Se nos dice desde todos los medios institucionales, oficiosos y oficiales que hay que tener muy en cuenta los límites del humor —pero… ¿quién limita al limitante? El limitador que bien limite lo que se debe limitar y lo que no, buen limitador será—, que hay cosas de las que no se puede uno reír, que existen temas cuya naturaleza moral es tal que no se pueden con humor cuestionar. Se insiste en que esto no es censura, mientras se impone la bestia interior de la autocensura y se condena al ostracismo a quienes no cumplen los requisitos exigidos. Lo llamamos cancelación y con eso disimulamos, como si así no se vulnerara la libertad de expresión.
La pasada Feria del Libro de Madrid, para mayor choteo, tuvo precisamente como lema “El humor”. Pasé por allí de viaje hacia la Semana Negra y les puedo jurar que no tuvo nada de divertida. El único género en el que realmente han destacado hasta lo excelso los españoles, el humor, nuestro humor (permítanme que deje de lado mis ropajes orientales) esperpéntico, negrorrealista, chusco, picaresco, desvergonzado, sicalíptico y satírico, no conoce hoy más que una colección literaria: La risa floja, de la asturiana editorial Pez de Plata.

Gracias a ella, no sólo autores españoles actuales como Sergi Escolano, Julio Rodríguez, Camilo de Ory, Pachi Poncela o Iván Humanes, entre otros, pueden seguir los senderos de La codorniz, sino que hemos podido recuperar también la figura seminal, fundamental y fundacional del pionero Juan Pérez Zúñiga, con sus delirantes Viajes morrocotudos, ilustrados por su amigo, el genial Xaudaró, publicados en 1901. Parodia desquiciada de Verne y sus viajes extraordinarios, cuya inventiva lingüística, satírica y jocosa adelanta el Surrealismo, a los Hermanos Marx, los Monty Python, Aterriza como puedas y Amanece que no es poco.
Se me dirá, claro, que el humor son ahora los memes y diretes de internet y sus redes sociales para pescar mentes imberbes y otras que ya peinan canas. Pero este humor es sobre todo pueril, tontón e inofensivo, por un lado, y por el otro burdo y basto, insultante y ofensivo. Lo más divertido que podemos encontrar en internet son, curiosamente, los chistes, viñetas, tiras y gags de artistas, películas, tebeos y sitcoms de antaño.
Aunque quien más triunfa en nuestro cine vuelve a ser el esperpéntico Torrente, la intelligentsia lo condena sin comprender lo sano de su existencia iconoclasta. Si bien sobreviven a duras penas revistas satíricas de izquierda, tan meritorias como la Mongolia de nuestro querido Darío Adanti, o tan decadentes como El Jueves, tantas veces muerto y resucitado, estas limitan sus dardos a una sola mitad del país, descuidando meter en cintura a sus correligionarios cuando también se lo merecen. Es difícil hacer humor libre cuando de la subversión se pasa a la subvención. Quizá lo más cercano a ello sea la labor desopilante de El Mundo Today… Aunque a veces sus noticias inventadas palidecen ante las auténticas de telediarios y periódicos “normales”.
La cosa y el caso es que no sólo se está perdiendo el sentido del humor, mal visto y condenado por los cleros tanto eclesiásticos como laicos, tanto desde la derechona más recalcitrante y fachendosa como desde la izquierda buenista más pacata y moralista, sino también nuestra capacidad para entenderlo. Son muchos quienes ya no captan la ironía, el retruécano, la sátira, las metáforas, la paradoja, el oxímoron, el absurdo surrealista como instrumentos para evidenciar el absurdo aún mayor y mucho peor de la realidad que nos oprime. El humor negro está por completo desterrado, y en el chiste que denuncia por medio de la sátira, la ironía, la parodia o la hipérbole el racismo o el machismo, se ve, precisamente, racismo y machismo, porque ya no se sabe ni se puede comprender su nivel de sutileza. ¿Qué nos dice eso de la relación actual entre el chiste y el inconsciente individual y colectivo? San Segismundo Freud nos coja confesados.

Humor contra Terror, por el gran Miguel Gila
Para los sabios que estudiamos a lo largo de nuestra existencia monástica y ascética los sagrados textos del TBO y el Din Dan, del DDT y el Mortadelo, de La codorniz y el Por favor, que nos cultivamos con las caricaturas y chistes gráficos de Xaudaró, K-Hito y Castelao, o de Perich, Summers, Forges, Mingote y el gran Gila; en los diálogos absurdos de Tip y Coll; en las páginas cargadas de intención de Tono, Mihura y Jardiel; en el cine de Berlanga y Azcona, por no hablar de la herencia satírica y social de la picaresca, el esperpento de Valle-Inclán o el sicalíptico sainete picante y teatral, este nuevo mundo que tanto se esfuerza por mantener el ceño fruncido, por criticar, censurar y condenar todo lo que suene a divertido, empeñado en hacerse intolerante a fuerza de tolerar solo aquello con lo que ya está de acuerdo, en excluir a base de inclusión y en imponer el orden al desorden del humor, es un mundo extraño, oscuro y perverso.
No dejemos morir la revolución por falta de sentido del humor. No solo hubo un gran Marx, Carlos el alemán, sino también otro, Groucho, junto a sus gloriosos hermanos. El uno sin el otro, nunca podrá cambiar el mundo. Juntos, quizá lo puedan todo o, por lo menos, nos lo harán más divertido. Dejemos que el fantasma del humor recorra Europa. Quizá sea nuestro deber y salvación.

La revolución siempre necesitará a Marx.