Cartas sobre la mesa
Arturo Hermida esbozó una sonrisa cuando sus ojos se posaron en el nombre, escrito en cursiva, del penúltimo buzón. “J. I. Valencia”. No era mala idea para una mujer que vivía sola. Cualquiera hubiera dado por hecho que allí residía un José Ignacio, por ejemplo. A nadie se le habría ocurrido asociar aquellas iniciales con Juana Inés.
Tras su gratuita y ociosa reflexión, el inspector inició el ascenso de las cuatro vueltas de escalera. Repasó mentalmente las preguntas que pensaba hacer. Los buenos ciudadanos de Noega lo ignoraban, claro, pero en las dos principales comisarías, se tenía un respeto casi reverencial por la inquilina de Robledal 114, ático 1ª, en la esquina del parque Las Letras. Arturo Hermida no quería ni imaginar la reacción del público si se llegara a saber que, tanto Corsino, el comisario de Marqués Rivas, como Arriola, el de Barrio Nuevo, solían confiar asuntos privados y laborales a una vidente.
El llamador, en forma de mano sujetando una esfera, había perdido todo su brillo, dando una idea de la cantidad de visitas que se recibían en aquella casa. La propia Inés abrió la puerta, dando paso a Hermida con un mudo ademán. Era un piso viejo, con todo el encanto de un carromato zíngaro. Un pasillo interminable los condujo, a través de media docena de cortinajes, a la sala de estar, al fondo. Raídas alfombras de colores; lámparas de flecos aquí y allá; plantas colgantes en macetas de macramé; un butacón verde de cuadros junto a la pequeña ventana; y un enorme mueble de caoba atestado de libros, figuritas de búhos y duendes. En el centro de la estancia, una mesa camilla con mantel hasta el suelo, y sendas sillas de respaldo de mimbre, enfrentadas. En un rincón, sobre un escabel, un gatazo blanco de pelo largo, observando con sus ojos azules.
‒Mishi… mishi… ‒canturreó Hermida. Los felinos eran su única debilidad‒. Hola, minino…
‒No se moleste, inspector, es sorda ‒atajó Inés, sentándose y haciendo un gesto invitador‒. Bien, dígame en qué puedo ayudar esta vez a la policía de Noega.
‒¿Cómo sabe que no vengo a título personal?
Inés Valencia compuso exactamente la mueca que se le dedica a un niño pequeño que intenta engañar a un adulto mediante un ardid tan ingenuo como burdo.
‒Inspector, por favor ‒canturreó‒. Eso ya no me sorprende de Corsino, ni de Arriola, que alguna vez ha caído “por mera curiosidad”.
Remarcó aquellas comillas en el aire, con sus largos dedos llenos de anillos.
‒Pero ¿usted? ‒siguió, sin piedad alguna‒. Usted no cree en nada, Arturo.
Durante un segundo le indignó aquel trato innecesariamente familiar que no habría tolerado a nadie. Pasado ese breve lapso, hubo de admitir una extraña satisfacción. Inés Valencia encarnaba todo lo que le molestaba del ser humano: superchería, manipulación, teatralidad… Pero, por alguna razón, aquella mujer de pelo azabache y ojos verdes, con edad para ser su hija, le atraía de un modo misterioso, casi ofensivo. Albergaba serias sospechas de que ella lo sabía, pero ninguno de los dos habría admitido nunca tales extremos. Había un muro de respeto entre ambos. A lo mejor solo era miedo.
‒Pongamos las cartas sobre la mesa ‒propuso Hermida, tratando de sacudirse sus vagas reflexiones‒. Nunca mejor dicho…
‒¿Quiere saber lo que yo sé?
‒Sorpréndame una vez más con su don. Porque, sí, en efecto, parece que usted siempre sabe algo…
Sobre el mantel de lino crudo había un tapete color burdeos con lunas y estrellas doradas. En el centro del mismo, una bola de cristal reluciente. A un lado, varias gemas en bruto, sin tallar: amatista, jade, citrino, obsidiana, ojo de tigre, cuarzo. Al otro, un pequeño candelabro de tres brazos, con velas blancas, y un tarot de naipes gruesos y acartonados que parecía haber pasado de mano en mano durante generaciones. Inés, que permanecía sentada con el cuerpo ligeramente ladeado, las piernas cruzadas y las manos enlazadas sobre la rodilla, cerró los ojos e inclinó a su vez la cabeza, como si tratara de escuchar ecos lejanos. El inspector Hermida aprovechó para observarla sin pudor. Llevaba un vestido color esmeralda, aterciopelado. Las mangas eran largas y ceñidas, con pequeños botoncitos forrados de tela, de la muñeca al codo. Escote cuadrado, cintura estrecha. Bajo el ruedo de la falda, asomaban los famosos botines negros de Inés, tan viejos como relucientes, con sus tacones arqueados, sus cordones entrelazados en remaches de latón y su tira de encaje púrpura abrazándole los tobillos. Parecían una reliquia victoriana. En medio del silencio, resonaba implacable y lejano el péndulo de un reloj de pared. La gata persa de Inés miraba a Hermida desde el rincón, con una expresión malévola de diosa antigua.
La vidente, de pronto, enderezó la espalda y abrió los ojos, con un suspiro. Tomó el mazo de cartas de su derecha y empezó a barajar de un modo hipnótico, sin llegar a desplegarlas nunca sobre la mesa.
‒Esas personas de las que llegaron a sospechar… olvídense de ellas ‒decretó, negando con la cabeza‒. Nadie de piel oscura está implicado en este caso.
‒Lo sabemos ‒confirmó el inspector, escueto.
‒Olviden también los complots desde tierras lejanas ‒añadió la cartomante‒. La pobre princesa en el exilio no es una amenaza para nadie.
‒Entendido ‒asintió Hermida, que jamás había considerado siquiera aquellas absurdas teorías, alimentadas por la prensa sensacionalista.
Las manos de Inés se detuvieron.
‒Han encontrado algo, ¿verdad? ‒inquirió, aunque sin rastro de duda‒. Algo de la niña. Veo tela color verde y margaritas. Unas cintas blancas, o amarillas. Es algo suyo, porque lleva su nombre escrito.
‒Una bolsa de esas de la merienda que bordan las madres para los chiquillos ‒explicó el inspector.
‒Esta no la bordó la madre, sino la hermana ‒corrigió Inés‒. Una hermana que no es hermana, pero que adora a la chiquilla como si lo fuera.
‒Paulina…
‒No ha tenido nada que ver ‒zanjó Inés, casi molesta ante la mera posibilidad‒. No, se han equivocado desde el principio. Ellos han sabido aprovechar el caos. ¿Por qué no se buscó a la mujer rubia?
Hermida parpadeó, confuso.
‒Pero acaba usted de decir que Paulina no…
‒La otra mujer rubia ‒interrumpió la vidente‒. La otra, la que habló con Baltasar.
‒¿Baltasar? ‒exclamó el inspector, alzando las cejas.
‒Baltasar, sí. Veo a los Tres Reyes, y veo a un hombre de piel oscura que no tiene culpa de nada. Baltasar. ¿No lo entiende usted, Arturo?
‒Puede… ‒respondió el aludido, repasando datos en su mente a toda velocidad.
‒Él les habló de la mujer rubia, pero ustedes no indagaron. Tendrán que volver sobre sus pasos.
‒Lo habitual ‒suspiró Hermida, disponiéndose a levantarse.
‒No pensarán que fue Moisés, ¿verdad?
El tono de Inés sonó apremiante y muy humano, sin el menor resto de artificio.
‒¿Varona, el vagabundo? No, por Dios. El hombre recoge cualquier cosa que se encuentre por ahí. Nunca sospechamos de él.
‒Bien ‒asintió la vidente, relajando los hombros. Le miró por encima de sus gafas doradas, clavándole aquellos ojos felinos‒. Busque a la mujer rubia, Arturo. Porque este cuento no sucede en un país muy lejano. Todo está cerca. Mucho más de lo que creen.