Libros sagrados
LOS SUTRAS DEL MAESTRO RAHNA
Recogidos por su admirador, amigo, esclavo y siervo Jesús Palacios
IX
Libros sagrados
Una de las lecciones básicas, mis pequeños saltamontes, que hemos todos de aprender, es que el Conocimiento exige un esfuerzo que solo unos pocos elegidos están dispuestos a hacer, en este siglo XXI de pereza digital: leer. Y, por supuesto, comprar libros. Obviamente, no todos los libros son iguales y leer per se, no nos hace mejores, como decía cierta señorita youtuber que alcanzó notoria y breve fama por su preclara inteligencia. Pero no leer, sí que nos hace peores, aunque algunos no lo crean, pues nos priva no solo de sabiduría, que en el fondo es lo de menos (lo dice un sabio oriental, ojo), sino del acceso a todo un mundo de sensaciones, aventuras, placeres y vivencias que de otra forma nos sería siempre ajeno. O dicho en plata: ustedes se lo pierden.
Por ello, siguiendo una tradición propia de los anteriores cronistas de este diario pionero de la prensa negra nacional, paso ahora a reseñar brevemente los textos sagrados que he ido adquiriendo estos días en los distintos templos del saber (por otro nombre: librerías) que forman parte de la Semana Negra:

En su siempre egregio y universalmente conocido Supermercado del Libro, que viene a ser como el Taj Mahal del saldo, donde se encuentra aún buena parte del pozo sin fondo de la mítica editorial Júcar, me he hecho con La mano armada del novelista, poeta y cineasta ya desaparecido Carlos Pérez Merinero, pionero de la novela negra española de los 80. Quizá su obra más salvaje, llena de violencia, pornografía y humor negro, hoy sin duda impublicable. Como hay que cumplir con lo que se predica, llevo también conmigo La estrella delta del finado Joseph Waumbaugh, que como recordarán ustedes (y si no yo se lo recuerdo), fue glosado en el segundo de nuestros sutras como máximo y seminal exponente del mejor “procedimiento policial”. Para redondear, añadí también a la cesta La felicidad de los ogros, del francés Daniel Pennac, porque una Semana Negra sin polar (o sea sin novela negra francesa, no sin la cafetería del hotel La Polar, aunque se la eche de menos), no es una Semana Negra de verdad. Y además, porque sale Aleister Crowley, otro sabio jeta occidental dándoselas de oriental. Como moi. Todas ellas, claro, en la legendaria colección Etiqueta Negra, que dirigiera el sabio semanero original: Paco Ignacio Taibo II.

Pero si hay algún contubernio de antiguos sabios arcanos, que reine sobre todos los demás, es sin duda el formado por El círculo de Lovecraft. Autores habituales de Weird Tales, la madre del terror hermoso, como Robert E. Howard, Frank Belknap Long, Robert “Pyscho” Bloch, August Derleth o Henry Kuttner, entre otros, amén del propio HPL. Todos ellos están presentes en la nueva entrega de Narraciones terroríficas. El círculo de Lovecraft (Alberto Santos Editor), dedicada a los “Seres de la noche” en las encantadoras y añejas traducciones del gran José Mallorquí, creador de El Coyote e introductor del género en España.
Como nobleza obliga, aunque en este caso no sea nobleza baturra sino astur, me llevo unos cuantos ejemplares de literatura del lugar o, al menos, escrita y publicada en el Principado: Las croquetas del señor Keller (Eolas), sentido pero no por ello menos divertido homenaje de Jorge Salvador Galindo al añorado Javier Tomeo. Ciudadano Riego, el asturiano que no quiso ser Napoleón (bestia audax), del periodista multimedia, escritor y cineasta Tito Montero, ensayo histórico e histérico, literario y visual, delicioso y vanguardista, polémico y personal. Y, por supuesto, el libro colectivo Asturias negra y criminal (Más madera), grimorio colectivo del noir literario y real asturiano que no les puede faltar si son ustedes paisanos de verdad. A todo ello hay que sumar la nueva y espléndida edición del Tina Modotti de Ángel de la Calle, exquisitamente pergeñada por el Fondo de Cultura Económica de México, novela gráfica ejemplar.

Entre las rarezas que topé paseando una y otra vez por la Semana, hay que añadir Lady L. (Círculo de lectores) del trágico Romain Gary, marido de la no menos trágica Jean Seberg, novela de amores históricos anarquistas, aristocráticos y tragicómicos, llevada a la pantalla por Peter Ustinov en 1965 con una escultural y pícara Sophia Loren, merendándose a galanes como Paul Newman o David Niven. Pero para rareza, el ensayo Ladrones de cadáveres. Una realidad extraordinaria (El desvelo ediciones) de James Moores Ball. Una historia del resurreccionismo en la Inglaterra, Irlanda y Escocia del siglo XIX, que es también la del estudio de la anatomía a través de los siglos, ligada por una legislación fatal a ladrones de cadáveres, profanadores de tumbas y asesinos convictos como los famosos e infames Burke y Hare, que sirvieran de inspiración para Stevenson, Dylan Thomas y el cine de terror. Un curioso libro, publicado originalmente en 1928, que ha resucitado en pleno siglo XXI, cuando la ciencia persigue la inmortalidad.

Otro resucitado, por las artes negras de la edición, ha sido el antaño súperventas y maestro de la literatura sicalíptica y social Eduardo Zamacois, de quien me llevo su novela fantástica, terrible, erótica y criminal El Otro (Pez de plata), al decir de cierto sabio que se lo tiene un poquitín creído, cuando en realidad pasa poco más que de escribano, sería la primera novela española moderna de terror, pero de terror de verdad. Un best-seller de 1910, que tuvo más de ocho ediciones, fue llevado al cine en 1919 (por desgracia en una cinta hoy perdida, que sería quizá también la primera película española de terror) y alabado por Emilio Carrere, Hoyos y Vinent y la crítica literaria (y cinematográfica) de la España anterior a la Guerra Civil. Guerra que obligó al liberal, humanista y progresista Zamacois a abandonar el país, muriendo casi centenario en Argentina, caído en el olvido. Hoy, la nueva colección Saturnalia, presentada ayer en la Semana, lo rescata para mostrar a las nuevas generaciones de literatura negra, fantástica y de terror que hay que recuperar el pasado y reconocer de dónde venimos para saber quiénes somos, aunque no hacia dónde vamos. Rectificar es de sabios, digo yo.