De gurús, letras y frixuelos
Estaba yo haciendo frixuelos y me ha dado por pensar que odio a los gurús. Los de la vida y los de cualquier parte de ella. Esa gente que dice tener todo el conocimiento y todas las respuestas y que, además, promete enseñarte a hacer las cosas bien. En general, desconfío de la gente que parece saber lo que está haciendo, porque tengo el convencimiento de que, en realidad, todos fingimos saberlo pero en el fondo solo vamos tirando.
Cuando yo quise aprender a hacer frixuelos acudí a mi madre. No porque ella presumiera de hacerlos muy bien, sino porque yo he comido sus frixuelos y son, por supuesto, los mejores del mundo. Así que fui y le pedí que me enseñara. Ya ves tú, como si algo así pudiera enseñarse realmente. Como si yo pudiera aspirar a hacer, algún día, los frixuelos de mi madre. La cosa es que cuando le pedí la receta, me explicó con amor, paciencia y detalle maternal:
—Pues no sé. Esto más o menos. Así, a ojo.
¿Pero cómo que «así a ojo»? ¡Yo no puedo trabajar con un «así a ojo», madre! Yo necesito instrucciones precisas, necesito exactitud, necesito… Certezas. Saber que lo estoy haciendo bien y, si no es así, dónde está el error medible y aplicar la rectificación cuantificada.
Pues nada, mi madre no sabe desgranar el proceso, la proporcionalidad de los ingredientes, las temperaturas ni tiempos de cocción. Ni que la clara de huevo es un aglutinante, ni que la glutenina (que es una proteína de la harina) se hidrata de forma uniforme al reposar varias horas ni que las amilasas descomponen el almidón si la masa se guarda en frío. Ha de ser, y es la única conclusión lógica, que mi madre no sabe hacer frixuelos.
Hice lo único posible: acudí a internet. Encontré cientos y leí decenas de recetas donde enseñaban, con las instrucciones precisas que yo quería, cómo se hacen los frixuelos. Lo intenté y fracasé más veces que recetas existen. Gordos, quemados, insípidos o todo a la vez. Un desastre culinario, una vergüenza para Asturias, una deshonra para mi estirpe.
—¿Qué hago mal, mamá?
Se encogió de hombros.
—Es práctica, nena, solo eso. Práctica y que te guste cocinar. De todas formas —añadió—, ¿probaste con otra sartén?
Era cierto. Mi madre no enseña a hacer frixuelos en internet porque no puede detallar su receta ni sabe nada de aglutinantes ni de las amilasas. Pero mi madre me enseñó a hacer frixuelos, no como ella, sino como yo. Encontré mi sartén. Fui cambiando la receta hasta dar, a ojo, con la mía. Y he practicado mucho. Y me salen unos frixuelos increíbles.
Tengo una amiga que quiere escribir. Ha hecho varios cursos con expertos, algunos presenciales y otros tantos por internet. En el último lleva más de tres años y dice que cree que cada vez escribe peor. Lo que antes disfrutaba ahora le agobia, le causa tensión y frustración. Casi podría decirse que «le encantaba escribir hasta que aprendió a escribir».
Su profesor les prometió enseñarles a escribir best-sellers, a organizar una trama (y un montón de subtramas) con un mapeado completo, a hacer un worldbuilding impecable, a desarrollar varias estructuras perfectas (y con buen marketing) con su número preciso de giros, anticipaciones y estereotipos. Les ofreció una receta perfecta y un montón de saber teórico. Y mi amiga ahora se bloquea cada vez que se sienta frente al ordenador porque no es capaz de dibujar el mapa completo antes de empezar a contar una historia; se apena porque no consigue recordar qué era un epíteto y qué una metonimia, como si hiciera falta tan hondo conocimiento para coger la pluma.
Lo peor es que aquí, el gurú de las letras, les hace creer (a todas las personas de sus cursos, no solo a mi amiga), que el fallo está en ellos, porque «no saben escribir».
Ella ha perdido la pasión, las ganas, el amor que tenía por las letras. La enorme satisfacción que sentía cuando conseguía escribir algo, por pequeño o “insignificante” que pudiera parecer. Ella que empezó a hacer estos cursos porque se creía buena —y lo es— y quería ser mejor, ahora se siente incapaz y pequeñita. Dice que lo va a dejar.
—Lo hago mal, Jessica.
Yo quería decirle que, en realidad, escribir bien es igual que hacer frixuelos (sospecho que, un poco, como todo en la vida): práctica. Práctica y que te guste escribir. Pero algo se apoderó de mí. Me encogí de hombros y le dije:
—Yo iría a ver a tu profesor con una buena sartén.