Estamos que lo tiramos

¡Arranca la tarde! Y no podía ser de mejor manera que charlando de un proyecto que ya va para largo pero cuyo futuro está muy cerca. Se juntaron, en la Carpa del Encuentro, y bajo la batuta de Sandra F. Lombardía, Montserrat López Moro, Gilberto Villoria y Aitor M. Valdajos en torno a la mesa redonda Centro de Arte Tabacalera: la transformación cultural de Gijón. «Pocos edificios hay como este en nuestro país, de dos mil años», dijo López Moro, concejala de Cultura, Museos e Industrias Creativas. Allí llegó a trabajar el 10% de la población gijonesa y, cerrado desde principios del siglo XXI, cuando Foro llegó al poder ya tenía un proyecto sobre la mesa que su equipo de gobierno se ha encargado de consolidar. «Ahora ya es una realidad». Pero, ¿qué hacer?
Necesariamente, dice Moro, un proyecto de ciudad. Por su parte, Gilberto Villoria, concejal de Infraestructuras Urbanas y Rurales, espacio expositivo de importancia y renombre internacional. Para ello hubo que modificar la Ley de Usos, y adjudicar las obras de adecuación del espacio a un centro expositivo, algo «muy ambicioso». «Vamos a dejar espacios urbanizados por 1500 metros más». Distribuidos en torno a un espacio central y una entrada desde la plaza del Lavaderu, Cimavilla se conectará con el Cerro desde ese punto, abriéndose «posibles usos futuros» que Villoria no concretó pero indicó serían «para los vecinos de Cimavilla». Finalmente, el director de la Fundación Municipal de Cultura concretó más el proyecto, prometiendo espacios transversales, «para acoger conciertos, espectáculos de artes escénicas, producciones medias»… el Plan de Usos incorporará a Tabacalera soluciones a los déficits en los espacios culturales que hasta ahora había tenido la ciudad de Gijón.

Vamos con la literatura. Pero hagámoslo, para aprovechar bien lo mucho y bueno que tenemos por aquí. Concretamente, a Luis García Jambrina, Lorenzo Silva, Jesús Ruiz Mantilla y Aroa Moreno Durán. Moderados por Claudia Neira, dispusiéronse a contar cómo la novela ha contado históricamente a los dictadores y a sus víctimas, no en vano la mesa se llama Novelas de dictadura. Y por empezar con cómo llamar a las cosas: ¿ficción criminal o novela negra? Bueno. habrá que esperar para dirimir la pregunta, porque aquí cada participante ha venido a hablar de su libro. El que gira en torno al asesinato de Miguel Campins, comandante militar de Granada, en el caso de Lorenzo Silva, con su novela Con nadie. Vida y destino del general Campins Para Silva, «sin el presupuesto criminal, las dictaduras no se entienden; por él tienen esos efectos devastadores». Luis García Jambrina, como previa a la presentación de El último caso de Unamuno, que será dentro de unas horas, hizo también una breve introducción en torno al argumento de la Salamanca ocupada por el fascio. Más centrado en una época más reciente por su libro Franco y yo, Jesús Ruiz Mantilla nos hizo ver que «los personajes que vivimos en una democracia, pero que nos lo hemos construido». Pero, yendo al tema planteado, «hoy en día corremos el riesgo de volver al crimen», dijo. Y es que no lo tenemos tan lejos: miren, si no, cómo de reciente es la historia que Aroa Moreno Durán refleja en su Mañana matarán a Daniel. Obras sobre dictadores, en dictaduras, para entender por qué no queremos volver ahí.

Está claro que la gente de hoy en día no lee. Nada de nada
¿Cómo de bien hay que escribir para entusiasmar a Rosa Montero? Pregúntenselo a Eva Cosculluela, que con El club de las modernas ha hecho emocionarse a nuestra flamante premio Celsius (y a Ana González, que también estaba en la mesa) por, entre otras cosas, su final conmovedor. Se trata de una aproximación a la historia del Madrid Lyceum Club Femenino, una asociación de mujeres en busca de su espacio propio que fue creada en 1926. Hoy se considera la primera agrupación feminista de España, pero tuvo que ser inscrita como una entidad «artística y cultural» alejada de cualquier tipo de política, única vía para conseguir tener la aprobación gubernamental.
Fueron impulsoras, entre otras muchas cosas, de una Casa e los niños que hiciera de guardería para los hijos de las mujeres obreras, o del Comité de libros para el Ciego, una biblioteca de libros escritos en braille que llegó a tener un espacio en la Biblioteca Nacional. «Fue transgresor y revolucionario haberlo hecho hace cien años». Estas mujeres, que fueron más de 500 y entre las que se encontraba María Teresa León, consideraban que la cultura era el motor que llevaría al progreso del país. Acompañar a mujeres, también, en su formación obstétrica y maternal, o la creación de clubes de lectura para promover la «cultura real y de formación».

«Es increíble que en diez años pudieran hacer tanto», dijo Montero cuando ya se acercaba el final de la charla. Y es que esta iniciativa tan poco conocida -«¡qué manera de robarnos el pasado!»- desapareció tan poco llegó la Guerra Civil. Un ejemplo, en todo caso, para un presente que amenaza retrocesos. «Tenemos que seguir dejándonos la piel en defendernos», propuso Cosculluela y nosotros, ¿qué les voy a decir?, lo secundamos.

Llega el turno ahora de conocer (o reconocer, después de la introducción de hace un rato) El último caso de Unamuno, la nueva novela de Luis García Jambrina, que es, para Miguel Ángel Santamarina, «uno de los mejores escritores de España». Si es que en A Quemarropa nos sabemos lo que hacemos, y por eso en esta edición le hemos hecho colaborador del periódico. Pero vamos allá: esta novela nos lleva, en efecto, a los últimos años de Unamuno, en el otoño de 1936. Es, por tanto, la última de una saga que fueron el resultado de muchos años anhelando escribir algo sobre el insigne escritor. En este caso, la historia nos lleva a Salamanca, pero concretamente a la de una época en la que la tensión se cortaba con un cuchillo; llena de militares nazis y de fascistas.
El suicidio de un catedrático de Derecho vehiculará la trama. Un caso real, que nunca se acabó de investigar. Tanto da, porque, como dice Jambrina, «en la novela podemos llegar a atestados sin necesidad de documentarlo todo», aunque sí se deba hacer en pos de la verosimilitud. Después, el autor quiso romper una lanza en torno a la polémica sobre la postura real del escritor ante el Alzamiento. «Si alguien era republicano era él. Pero no de la república que estaba viendo. Era muy heterodoxo, muy anarquista, pero muy de orden»; por eso en un primer momento aprobó el golpe de estado, «muy erróneamente». «La realidad sustantiva de Unamuno era la palabra crítica, el pensamiento», dice quien ya es un experto en esta figura cuya trilogía se cierra aquí. O no…

Un dedo menos, de Antonia Lassa, fue presentado por Lorenzo R. Garrido, quien afirmó que esta novela, segunda parte de Llevar en la piel, con la que la autora, heterónimo por cierto de Luisa Etxenike, ganó hace dos años el Memorial Silverio Cañada) era «mucho más negra que la anterior». En ella, la aparición de un cadáver desfigurado en el cementerio de Polloe, en San Sebastián nos lleva a una trama que analiza las complejas relaciones familiares. «En esta novela negra, el asesino es alguien que en su momento fue víctima de algo que le arruinó la vida», nos adelanta Etxenike… o Lassa, a saber.
Estamos, por tanto, también ante una novela de venganza. Y de violencias, en plural. También una animal, por medio de una reflexión sobre las peleas clandestinas de perros: «La novela se echa a la calle, mira lo que está pasando, nos permite criticar lo que está pasando». Autora muy sensible a la forma, trata de equilibrar mediante el lenguaje el mundo exterior y el interior. Aquí, dice, «hay mucho diálogo, muchas bocas, muchos personajes con biografías distintas». Al ser una novela más coral que su primera parte, donde la oralidad está más presente, hay más acentos, distintos tonos…

La colección Saturnalia, la nueva apuesta de Pez de Plata que lleva la marca de Jesús Palacios, fue presentada por nuestro querido compañero aquemarropero y su editor, Jorge Salvador Galindo. Esta apuesta es una de las hijas (otra más) de la Semana Negra. Aquí comenzó a fraguarse esta coleccion de «literatura de cuneta». ¿Y qué es esto, exactamente? Dejemos que Palacios nos lo explique: aquella «que no sea canónica, sino mirando a los márgenes, a los extremos; buscando etos libros que nos han divertido pero que, por alguna razón, han caído en el olvido bajo la tremenda masa de lo que se denomina mainstream». Son autores que se salen de los márgenes y desafían la pureza.
Beberán, pues, de colecciones como Contraseñas (Anagrama), Sellos Infmos (Tusuets), que trabajaban este tipo de literatura «excéntrica», que no se rinda ante ningún tópico . «Saturnalia es mi colección X, no porque sea pornográfica sino porque es excéntrica, exótica, excesiva». Se saldrá de lo trillado, lo que no quiere decir que nos haga salirnos de la zona de confort. ¿Qué es eso de irnos de donde estamos a gusto? No caigan en la trampa. Saturnalia, como las fiestas de solsticio de invierno de las que toma su nombre, promete dar una vuelta de tuerca, subvertir el mundo editorial. Promete, ¿verdad?

Asomarnos a la realidad tras las trincheras de la Guerra Civil es el objeto del libro de este año de la Colección Avance-Semana Negra, El trazo a la intemperie. Dibujos de Mariano Moré en el periódico CNT (1937), en el cual Ramón Lluís Bande (De la Piedra Producciones) se adentra en esta interesante figura, y en los dibujo que hizo para el periódico en el frente de Asturias en un breve espacio de tiempo. Con el apoyo de la Dirección de Memoria Democrática del Principado de Asturias, el libro regalo se introdujo con la presencia de nuestro director, Miguel Barrero y de Begoña Collado, secretaria general de Memoria Democrática.
Parte interesante de la charla fue la biográfica, impartida por la nieta del artista, Covadonga Valdés Moré, quien nos explicó que su abuelo nació en 1899, algo que, al parecer, le fastidiaba mucho, porque «él quería ser un hombre moderno, del siglo XX». Muy sereno, con gran capacidad de observación del natural, dejó de publicar dibujos en CNT cuando la carestía de papel acortó el periódico a solo una página. Hasta entonces, «le venían a buscar para llevarle a sitios distintos, pero era tan minucioso que tuvieron que renunciar a dibujar la situación geográfica; para no dar pistas, y para centrarse en las personas». Por cierto: era la primera guerra que Moré retrataba con su lápiz, porque también había estado en Marruecos.

Paez que nun hai manera, la xente sigue ensin lleer un res (semeya: Alejandro Meter)
Bande, responsable de la edición, lleó una emocionante intervención na que dixo que «les imáxene nun muerren cuando dexa de mirales el so tiempu». Poro, esti llibru nun pretende sacar estos debuxos del escaezu nel que nunca nun tuvo, pero sí cuntalos con una narrativa distinta, nuna suerte de montaxe más que de llibru, dando llugar, diz el cineasta, a una «modernidad sorprendente. Mariano Moré entiende que debuxar ye escoyer, saber qué ye esencial. Hai una ética del debuxu na obra de Moré; de tar dientro de la historia ensin convertila». Nun venerar les ruines, sinon dexar que les ruines vuelvan a falar, ye l’oxetu d’El trazo a la intemperie. «Mirar ye, siempres, un actu políticu», defendió.

El director regalando llibros. ¡Sedrá por perres!
«Nun vos manquéis», alvirtió Barrero, quiciás esmolecíu por posibles denuncies por daños y prexuicios, a los presentes a la hora de recoyer los llibros, y Bande dio unes instrucciones precises -d’eso él sabe muncho-, pa que la xente se colocase de forma y manera de que pudieren servinos de portada pal A Quemarropa. ¡Ai! Pero ye que taba acutada yá pa los premiaos. Qué difícil se lo pon a una tar arrodiada de tantu talentu, tanto de quienes lo piensen como los que lo executen al traviés de la so cámara: ¡nun hai ónde meter tantes semeyes maraviyoses!
Por cierto (y pasamos de nuevo de bilingües, como fue este interesante acto, al castellano, para ir abriendo boca para el genio de Úbeda): a la salida del acto, un señor salía corriendo del recinto semanero echando pestes sobre una Memoria Histórica «que, casualmente, nunca sirve para traer charlas sobre Franco». Vaya por Dios, pero si precisamente hace un rato tuvimos una sobre dictaduras donde se habló del ínclito Paco. Menos mal que, con el tremendo enfado, no pareció darse cuenta de que algunos ponentes estaban hablando en asturiano. Ya hubiéramos hecho Pleno al 15.


Quien pusiera un día voz al himno de la Semana Negra, nuestro querido Joaquín Sabina, fue homenajeado en el último acto de la Carpa del Encuentro (¿o sería mejor decir el primero de su parte nocturna y musical, antes de Jeff Espinoza y Ramon Arroyo?), Sabina y Gijón: cosas del azar que son bonitas. A cargo de Jesús Martínez Salvador, que hizo las veces de conductor, contó con el acompañamiento musical de José Taboada interpretando piezas del de Úbeda. Todo, y en competencia directa con el partido de la Selección, y antes y después de las intervenciones de Miguel R. Acebedo, quien fuera responsable de festejos en Gijón de 1980 a 1999 y J.J. Medina, histórico y ponderado periodista musical de la ciudad. Y hasta hubo sorpresa: a todos los presentes se les entregó gratis el libro Sabina y Gijón, con prólogo de Javier Cuevas.

Nuestro querido Matilla no se pierde una
«Lo mío con Gijón es una cosa sin sentido», dijo Sabina en 1996, al anunciar la gira Contigo, una de tantas que cubrió JJ Medina… y en las que estuvo, por supuesto, Miguel R. Acebedo. «Sabina era un hombre que, hasta 19 días y 500 noches, cantaba muy bien», contaba Medina, «Él solo se ocupó de destrozar su voz». Es lo que tiene ser una auténtica estrella de rock. Por su parte, Acebedo quiso recordar que ya en 1978 Sabina actuaba en Gijón, concretamente en el Café Concierto de Paco Currás, Felipe del Campo y Bottamino. Eso sí: sin mucho éxito, hasta el punto de que después de sus giras Currás tenía que contratar a Jerónimo Granda para compensar. Difíciles inicios para un artista sensible, que llegó a retirarse de un escenario llorando al pensar que su público, que en realidad estaba contemplando a un excéntrico mendigo que pasaba por allí, se reía de él.
De modo que puede decirse que Currás, y Gijón, fue clave en los inicios de su carrera para que no lo diera todo por perdido. Y luego, además, la Semana Negra… ¿cómo no nos iba a querer tanto?
