Ha sido extraordinario
Como un suspiro. Como el primer beso. Como un salto mortal. Así de rápido se nos ha pasado la XXXIX edición de la Semana Negra que comenzamos con tantos nervios. Figúrense: un cambio de ubicación tras tantos años en la Naval; el incordio inevitablemente asociado a cualquier mudanza, el regreso a un lugar donde habíamos felices y por tanto, siguiendo los consejos de nuestro Joaquín Sabina, no debiéramos tratar de volver. Nos sentíamos como quien cae a un abismo, si es que acaso alguien que sepa cómo es caerse a un abismo es capaz de vivir para contarlo.
Los últimos días antes de la Semana Negra, todo apuntaba al caos. Micrófonos que no sonaban, artículos que no llegaban, autores que no venían y autores que sí. Nada, en todo caso, fuera de lo normal cuando se organiza un certamen de las magnitud de esta Semana Negra, que dura diez días y cuenta con un cartel con cerca de 200 actividades y una nómina de autoras y autores que supera con holgura los 180. Hubo quien se tiró los trastos a la cabeza (tal vez debiera esta humilde servidora de ustedes hablar en primera persona) y algún grito cayó.
Pero la magia de la Semana Negra es que, aunque parezca que está próximo a derrumbarse el mundo, como si fuera un hechizo que nos lanza nuestro Rufo (este año, Rufa) al ser destapado y revelado en carne mortal, el primer día siempre se pone el contador a cero. Y, entonces, todo funciona. Esta edición hemos contado con un equipo que combinaba experiencia con juventud y este tándem se nos ha revelado con el más hermoso del mundo. Ahí tienen las fotografías en una edición en la que este A Quemarropa se ha visto ampliado en tamaño tanto, quizás, como nuestros Rufos custodios la Carpa del Encuentro. Había tanto que contar, con la palabra o con el objetivo; tanto y tan hermoso.
¡Tanto! No han sido pocos los escritores que han agotado sus libros en las casetas de firmas (y hasta en las librerías). Alguno ha llegado a dejarse la muñeca con casi dos horas de encuentro con sus lectores. Hemos tenido a nuestros tres directores juntos, tan diferentes pero a la vez tan unidos; comandantes en distintos tiempos de un barco que solo navega diez días al año pero que nunca pierde el rumbo. Nos hemos reído, también; y hasta olido las patillas de ilustres personalidades en el podcast Todo al Negro 2030, pero también reflexionado; y cantado los goles de un Mundial que tal vez, quién sabe, termine en victoria, como aquel de 2010 en que la Semana Negra también encontró su casa en L’Arbeyal. Y, por supuesto, también hemos alzado la voz contra las injusticias. Como siempre hicimos, como haremos siempre.
Qué podría contarles. Que ha sido extraordinario, pero es que no hay año que no lo sea. Desde aquella primera edición en El Musel que hoy nos mira de frente, al otro lado de la mar. Y eso… la mar. Han sido tantos escritores cuantos se han cautivado al presentar sus libros mirando al mar que hasta quienes no nos sorprendemos con él nos hemos emocionado oliendo el salitre en los días en que se revolvía y el petricor después de la lluvia que, por supuesto, también quiso venir a saludarnos en alguna ocasión. Hoy la XXXIX Semana Negra termina y ya avanzamos, con calma pero a paso firme, directos hacia nuestra cuarenta edición. Quién nos lo iba a decir cuando tantas veces nos dieron por muertos. ¡Cuarenta años! A por ellos vamos. Hasta entonces, sigan leyendo aún, todavía, siempre, como decía Ángel González en el último verso de su Porvenir. Porque de eso es lo que va todo esto: de resistir, armados con la más poderosa de las razones: la palabra.
¡Hasta 2027!