En realidad, tan cerca
El país entero contuvo el aliento mientras se producía la liberación de Beatriz Arteaga Roshen. Corrió el rumor de que la policía había recibido un chivatazo anónimo. Nadie confirmó ni desmintió. La niña apareció perfectamente sana y salva en la casita de campo de un matrimonio octogenario que llevaba cinco años en una exclusiva residencia. Los guardeses, de origen ecuatoriano y sin la menor relación con el mundo criminal, no habían desconfiado en ningún momento de las escuetas instrucciones: “es la hija de una amiga que está hospitalizada, cuidadla bien y que no salga de la finca, porque es gente muy importante y no quieren que nadie sepa dónde está la niña, por seguridad”.
‒¿Y no les extrañó ver fotos de la cría en televisión a todas horas? ‒se pasmó Ismael, incrédulo.
‒No les llega señal, están encajonados en un valle rodeado de pinares ‒explicó Leticia‒. Al parecer tienen un tocadiscos y un montón de elepés de Machín y Nino Bravo.
‒Virgen Santa… ‒resopló Barrero, cruzado de brazos y con un trujas apagado bajo el bigote‒. Vaya película, no me jodas…
‒Yo me alegro de que los pobres ancianos no se hayan enterado de nada ‒apuntó Rambal, conmovido‒. Imaginaos si les rigiera la cabeza, ver su casa involucrada en algo así, y a su propia sobrina convertida en delincuente…
‒Además, la criaron ellos ‒suspiró Arantxa, meneando la cabeza con pesar.
La Verdugo dio una chupada a su pipa de espuma de mar y exhaló una nube de humo que le envolvió el cardado. Pensaba en su hermana, que, como siempre, lo había entendido todo antes que nadie.
Solo quedaban ellos seis en la redacción de El Correo Norte, apiñados en el despacho de Barrero y con los ojos clavados en el diminuto televisor. El reloj de pared marcaba las nueve y cincuenta y dos de la noche, pero el Telediario no hacía visos de ir a terminar pronto. Las imágenes de los guardeses, con expresión espantada, se habían emitido en bucle los últimos tres cuartos de hora, intercaladas con el emotivo encuentro de la princesa Nahit Roshen y su hija, y con planos fijos de la fachada del “Santísimo Remedio”, un asilo de postín al final de Recoletos.
‒Espero que dejen en paz a los pobres viejos ‒masculló Margarita, con la pipa entre los dientes‒. Sería de tener muy poca vergüenza ir a molestarlos, pero la prensa de este país hace rato que perdió el oremus.
‒Calla, calla, que van a conectar ‒exclamó Rambal, haciendo aspavientos‒. Qué mona la reportera… Mira, Margolles, te ha copiado la gabardina…
La sufrida corresponsal luchaba a brazo partido por su propio hueco, frente al portal del lujoso bloque de la Avenida Olivares. Tras una semana rarísima de calor sofocante, noviembre se había espabilado por fin, soplando sobre la ciudad un frío gélido y una llovizna implacable. Al fondo, bajo el toldo del edificio, un escuchimizado portero de mediana edad aguardaba con aire marcial y cargado de dignidad, como si todo aquel oprobio no fuera con él ni con la finca que custodiaba. La reportera interrumpió su relato sobre aquel “ostentoso nido de amor” e informó de la llegada de un montón de coches de policía, que se sumaron con escándalo de sirenas a las unidades ya presentes.
‒Vaya despliegue… ‒canturreó Ismael‒. Cómo se nota que el pez es gordo…
‒Los peces ‒apostilló Margarita‒. Y veremos si no se van de rositas. Mira, acabo de ver a Sepúlveda de refilón. ¿Es Bauluz el que está subido a un árbol?
‒Mientras me traiga fotos, como si se sube a un camello ‒ladró Barrero.
‒¿Sabéis lo que me tiene a mí enajenada perdida? ‒dijo Arantxa, de pronto.
‒¿Ese tinte violeta que te echas?
‒Es rubio lavanda, jefe ‒corrigió ella con dulzura‒. No, hablo de la abuela, la Pensha-Banu, acuartelada en su suite del Supreme desde hace décadas, que ha tenido el cuajo de no ofrecer ni un céntimo por el rescate de su nieta…
‒Te digo más ‒añadió Leticia, acalorada‒. Es que no se ha molestado ni en venir a apoyar a su hija en este trance. ¡Es de piedra, esa señora!
‒Esa señora sabía de sobra quién estaba detrás de todo ‒opinó la Verdugo.
‒¡Margolles, mira a tu hombre, qué guapo sale! ‒palmoteó Rambal, señalando al subinspector Cotoya, que surgía de uno de los coches policiales y parlamentaba con el inspector Hermida junto a un parterre. O´Donnel y Leyva, sus homólogos de la segunda comisaría de Noega, se les unieron al cabo de medio minuto.
‒Así me gusta, Barrio Nuevo y Marqués Rivas colaborando siempre, como buenos amigos ‒sonrió Barrero, socarrón.
‒Parece que van a entrar ya ‒murmuró Ismael, inclinándose hacia la pantalla.
A una señal de Arturo Hermida, varios agentes desaparecieron en el interior del edificio. Leticia tomaba notas a toda velocidad en uno de sus cuadernos, farfullando por lo bajo, tachando y dibujando flechas de un margen a otro.
‒Tranquila, Ruiz, que le vas a prender fuego al papel… ‒se mofó Rambal.
‒A mí déjame adelantar trabajo, que me da que nos van a tener aquí hasta mañana.
‒Eso como hay Dios que sí ‒asintió Barrero, con perversa satisfacción.
Tras casi diez minutos de espera, los agentes fueron saliendo del lujoso portal, llevando escoltados a los detenidos. Primero, el as del deporte, cabizbajo, ceñudo, la cabeza encajada entre aquellos hombros de gigante venido a menos. Detrás, la antigua secretaria, con actitud desafiante pero muerta de miedo, tratando de controlar el temblor de la barbilla, furiosa contra la lluvia que le aplastaba las ondas del pelo y le arruinaba el maquillaje. La joven reportera apenas lograba contener su emoción de novata.
‒… y salen finalmente: Gonzalo Arteaga, padre de la pequeña Beatriz; y Natalia Cueto, su ex esposa y cómplice en el secuestro. Al parecer, la pareja, que mantendría una aventura desde finales del pasado año, habría realizado un importante desfalco en las empresas de Arteaga, tratando de inyectar capital y cubrir deudas mediante el cuantioso rescate que esperaban obtener de la abuela materna de la niña, Golnar Roshen, viuda de Rotam Roshen, antiguo Pensha de Nuhurdistán. Según fuentes cercanas a la familia, Beatriz no ha sufrido daño alguno y se encuentra ya con su madre, la princesa Nahit, tras haber permanecido retenida en una finca de Valleblanco, propiedad de los ancianos tíos de Natalia Cueto, ajenos a los hechos. La pequeña habría estado bajo el cuidado de Néstor Gualpa y María Rosa Cedeño, originarios de Ecuador, que jamás sospecharon…
‒Bueno, pues aquí está todo el pescado vendido ‒declaró Barrero, apagando el televisor y descolgando su abrigo del perchero‒. Servidor se va a casa a cenar con la parienta y vuelve, así que no se me entretengan. Esto tiene que estar listo para la edición de mañana. Los demás ya están avisados. Ismael y Rambal, vosotros podéis ir ahuecando.
‒Sí, hombre, lo que faltaba ‒espetó Alberto, ofendido‒. Luego vengo mañana y me tenéis el archivo hecho un sindiós.
‒Yo invito a unas tortillas en el Bambino, que tenéis que reponer fuerzas ‒anunció Ismael‒. Pero paga Barrero.
‒Tócate los pies…
El ascensor, para variar, estaba averiado, así que bajaron los cuatro pisos ensayando titulares. No cerraron con llave. No iban a tardar en volver.
‒Verdugo, ¿te pido un taxi?
‒¿Para qué, Miguel? ¿Me ves cara de sueño, o algo?
‒Pues yo estoy que me caigo, mayormente ‒admitió Leticia, luchando contra un bostezo.
‒Ay, amiga ‒suspiró Arantxa‒. ¿No queríamos ser de Sucesos? Esto por hablar. Nos espera otra Semana Negra…