Los dominios del zurdo
Hoy, en la Carpa del Encuentro, Élmer Mendoza charlará con Carlos Fortea (y nosotros nos deleitaremos). Será a las 20 horas.
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Se ha dicho muchas veces, pero pocas con tanta veracidad, que la literatura es una guía insuperable para moverse por un territorio desconocido. De la mano, por ejemplo, de Carlos Fuentes fuimos a visitar hace ya muchos años la región más transparente del aire, y si no nos perdimos en ella fue porque contábamos con su brújula.
Lo mismo que nos pasa cuando, desde hace ya también bastante tiempo, vamos a visitar junto a Élmer Mendoza la región más turbia de la sociedad, tomados esta vez de una mano zurda, la de Edgar Mendieta, al que para poderse llamar alter ego de su creador ya solo le falta, como diría Borges, trabajar como profesor en la Universidad Autónoma de Sinaloa, escribir novelas y obras de teatro, tener el reconocimiento internacional, ser Élmer Mendoza.
O a lo mejor es al revés, que lo que le falta a Élmer Mendoza para ser el Zurdo Mendieta es ser un policía descreído de la policía de Culiacán, vérselas día a día con narcotraficantes de los cuatro escalones -sicarios, mensajeros, capitanes, jefes-, sobrevivir impávido en mitad de la muerte.
Porque de eso nos habla Mendoza en sus novelas. De cómo sobrevive la gente normal en un entorno social degradado en el que el Estado, la sociedad, han sido reemplazados por el narco sin por ello quedar eliminados.
¿Cómo vives en un mundo en el que cuando ves una Hummer dando la vuelta a una esquina te cambias de calle, pero sigues yendo a la panadería y al supermercado? Esa es la pregunta que sobrenada las novelas de un escritor inmerso en la mejor tradición negra, la que no se preocupa, o no siempre lo hace, por saber quién ha sido el asesino sino por qué razones llegó a serlo. Qué falló en su familia, en su ciudad, en su país o en el mundo entero para que su destino terminara por ser la desatada violencia.
La violencia. Si hay algo que inunda los libros de Mendoza y todos sus seguidores, de lo que se ha venido llamando narcoliteratura, es una violencia que hunde sus raíces en un mundo al que el dinero circulando en masa ha corrompido hasta los tuétanos. Porque lo que el narco ha aportado a un mundo de pobreza y desigualdad es la destrucción total de la idea misma de moralidad. Ya no hay honor ni códigos, decía Élmer Mendoza en una entrevista, recordando sin duda las viejas apelaciones a los antiguos códigos de los delincuentes: no se toca a los niños ni a las mujeres, se respeta la palabra dada, todo eso que ha pasado totalmente a la historia, barrido por una ola de dinero.
En medio de todo ese mar de fango, Edgar Mendieta y sus congéneres -porque Mendoza tiene más novelas que no son parte de la serie Mendieta, pero sí son parte de la narrativa de la violencia- surfean esa ola sin intención ninguna de detenerla, conscientes de que tienen que mantener el cuello fuera mientras tratan de dar a la existencia un poco de sentido, algo de orden, un átomo de algo que pueda parecerse a la justicia.
Una justicia que, cabe imaginarlo por lo dicho a esta altura, ya no será ortodoxa. En las novelas de Élmer Mendoza apenas hay jueces, porque los delitos se castigan o premian por otros medios, porque los abogados suelen ser testaferros de los delincuentes, porque la estructura social que sostiene algo parecido a un sistema judicial se ha descompuesto. Lo que hay son, como mucho, justicieros, si por tales se entiende a quienes aplican una justicia que nace de su propio sentido moral, de su personalísima visión del mundo.
De ahí el profundo parentesco de los personajes de Mendoza con los viejos detectives de Hammett y Chandler, basado en ese sentido moral, esa visión del mundo, quizá con la notable diferencia de que el zurdo, por poner el ejemplo más tangible, no es un lobo solitario como ellos. A su alrededor pulula una nube de amigos, de amores. Cuando huyen, y huyen muchas veces, los personajes de Mendoza encuentran refugio en casas de familiares, de amigos, cuando son atacados los consuela la gente más próxima que los rodea, que puede ser incluso la inefable Ger, que le limpia la casa y le prepara el desayuno al zurdo Mendieta. Gente con relaciones afectivas, gente de amores.
¿Se podría llamar sentimentales a los personajes de Élmer Mendoza? Es esta una pregunta a la que, aunque cueste trabajo combinarlo con la jungla de golpes y disparos en la que se ven inmersos, es necesario responder con un rotundo sí. Y es un sí importante porque es el que salva de la destrucción humana a unos seres arrojados a la deriva. Hemos dicho antes que no hay reglas ni códigos, ni honor ni lealtad, pero hay afectos. Aunque se expresen con esa virilidad antigua que todavía impera en algunos lugares del mundo, aunque se tengan que leer entre líneas.
Uno diría, sin conocerlo, que Mendoza es un hombre afectuoso. Solo así se comprende la mirada profunda con la que adopta cuando es necesario las razones y el punto de vista de los sicarios, de los subordinados de los grandes capos, entre los que funciona una red de apegos que no distingue el lugar que ocupan. Un mundo en el que frases como hazme un favor cobran un sentido mucho mayor que la mera devolución de deudas.
Hace falta valor para contar todo esto, y hace falta valor para contarlo así. En alguna ocasión Élmer Mendoza ha relatado que, siendo joven, preguntó a Fernando del Paso cómo podía construir su estilo, y este le contestó: tienes que tomar el toro por los cuernos.
Y Mendoza lo hizo. En el doble sentido de que lo tomó desde las dos cuestiones que todo escritor tiene que resolver al sentarse delante del teclado: qué quiero contar y cómo voy a contarlo. Como tantos y tantos narradores de raza, Mendoza respondió a la primera pregunta con un inevitable voy a contar lo que me rodea, tengo que contar lo que me rodea, y a la segunda con un voy a contarlo con las propias palabra de la gente normal que me rodea. Y si para contarlo con esas palabras me molesta o perturba la ortografía, la sintaxis, la gramática, al carajo con la ortografía, la sintaxis y la gramática.
Las novelas de Mendoza se oyen. Probablemente no es casualidad que también sea, aunque no se conozca por estos pagos, un autor teatral reconocido, es decir un artista del diálogo. Los diálogos de Mendoza son de una rapidez, de una potencia, de un fuego verbal equiparable al de los fusiles AK 47 que utilizan los narcos en sus balaceras. Para narrar la guerra se necesita de un arma de guerra.
Pero la guerra no sería la guerra si solo se contara desde la perspectiva de los soldados, y desde el primer momento Mendoza es muy consciente de que los soldados obedecen órdenes. Órdenes que provienen de un poder a la vez concreto y nebuloso. Concreto, concretísimo, porque saben que su vida depende de cumplir lealmente las órdenes -aunque para cumplirlas tengan que arriesgar esa vida-, pero nebuloso al mismo tiempo, porque al trepar por la escala que lleva a la fuente última del poder todo lo que era claro se ramifica, se pierde y se emborrona. Mendoza sabe que en la cúspide del poder, incluso en los casos en los que es posible identificarla, lo que se ve es una persona pero lo que hay detrás es una maraña de intereses. Mendoza analiza ese poder, el poder del narco y sus colusiones con el poder político, el poder político y sus colusiones con el poder del narco.
Y lo hace con frialdad de cirujano. Ahí hay candidatos presidenciales que buscan el amparo de los grandes capos en su carrera hacia el Gobierno, pero también los capos se ven sometidos a presiones diversas, son víctimas de ataques, necesitan a veces recurrir a otros para resolver sus diversos conflictos. Mendoza no simplifica, complica, para que el lector reciba una visión de la complejidad que no tendría leyendo una mera crónica periodística.
Por eso, por todo eso, se equivocaría el lector que pensara que está leyendo cosas que pasan en México: pasan en todas partes. Se distingue a la gran literatura porque lo que pasa en el pequeño pueblo del protagonista de un cuento de Faulkner nos alcanza a todos, porque las campanas siempre doblan por ti. Tanto los sicarios como los policías, tanto los políticos como los grandes capos que aparecen en sus novelas podrían estar, están, a nuestro alrededor en cualquiera de nuestros países. No tienen patria, no tienen sexo y no tienen edad, porque son cualquiera de nosotros.
Para demostrarlo, ya ha llegado a las librerías La sirena y el jubilado. No la última novela de Élmer Mendoza, por fortuna, sino la más reciente. No voy a resaltar que una novela con protagonista femenino porque los protagonistas femeninos de Mendoza son de una potencia apabullante desde hace ya años. El papel todavía echa vapor, como la famosa pistola humeante de Chandler. Los dominios del Zurdo se extienden. Aboquémonos a ellos.