No te imaginas quién soy
Enedina a medianueche
Lo que vio le arrancó el poco aliento que sus viejos pulmones eran capaces de retener. Un pasillo largo con centenares de puertas a cada lado, una oscuridad al fondo que impedía ver dónde terminaba aquel camino. Las puertas no eran iguales. Las había de madera añeja, como las que pueden verse en los viejos castillos que había visitado de excursión con el IMSERSO. Otras eran gruesas chapas de acero con remaches del tamaño de un posavasos. Una, macabra y absurda, chorreaba sangre. A la vieja se le pusieron los pelos como escarpias, y no fue quién a levantar la voz.
—¿Te gusta tu nuevo hogar?
El hombre seguía sonriendo, pero solo con la boca. En sus ojos no había lugar a la diversión. Acarició con la punta de unos dedos largos y pálidos la puerta que tenía más cerca: una de tablones repujados con arabescos de oro y plata.
—Necesitamos más voces, Enedina. Te necesitamos a ti.
La vieja bajó la mirada y se encontró con la almohada. ¿Se había vuelto al fin loca? Su sobrina llevaba tiempo diciéndole que se le estaba yendo la cabeza, pero Enedina siempre tuvo claro que eran manías de jóvenes. Ella estaba cuerda y la chiquilla tan solo quería poder controlarle la cuenta del banco, aunque en ella solo entrara una magra pensión de viudedad que apenas daba para pagar la mierda de residencia donde la habían metido.
Dio un paso atrás y comenzó a escuchar un susurro que salía de la puerta que quedaba a su derecha. Alguien sufría. Alguien lloraba. Alguien pronunciaba su nombre. Apenas entendía lo que decía aquella voz, pero el corazón se le encogió como cuando recordaba a la figura de su padre llegar de noche tras una juerga en el chigre de Mon. Reunió valor y preguntó al hombre de traje:
—¿Quién eres? —Susurró con voz queda.
—¿No te lo imaginas?