Un artículo de:
Olga Lobo
Publicado el:
2024-07-09

El recuerdo de Osvoldo

¿Quién anda por ahí?

—Tenemos unas tres denuncias, pero seguro que hay más. —Talita apuró el paso y Lucía la siguió—. Es todo muy raro, porque es la confitería que más vende de la ciudad y, casualmente, las únicas cajas que tienen cucarachas son de clientes que no han pagado el pedido, por lo que técnicamente no son suyas. ¡Te caerías de culo si te enseñara la lista de morosos de la confitería, y son todos de familia bien, eh!

—Cuanta más pasta tienen…

—Denunciarlo no les servirá de nada, pero los niveles de colesterol de Suárez pueden mejorar si se da un paseo en bici para tomarle declaración a esa urraca.

Lucía no había encontrado la manera de convencer a Natalia de que su hipótesis era verosímil. Pero estaba decidida a que su amiga no subiera al tren sin valorar al menos su teoría. Habían subido por el puente y ya estaban por la mitad de Carlos Marx. No le quedaba mucho tiempo.

—Cómo me gustan los trenes—dijo Lucía, poniendo en marcha su plan— ¿te acuerdas cuando íbamos de vacaciones a casa de tu abuela? ¿y que nos íbamos a jugar a las vías? ¿y a la estación abandonada? ¿te acuerdas? — Natalia la miró de reojo, sospechando de este inopinado arrebato de nostalgia.

—Mientras la abuela hacía la siesta ¿te acuerdas? — insistió Lucía bajo la mirada de una Natalia determinada a no bajar la guardia— cuando jugábamos a las estatuas o … ay sí ¿te acuerdas cuando llevamos a pasear al caracol a las vías porque nos daba pena? Pobre, Osvaldo lo llamábamos ¿no? terminó mal esa historia…

Natalia terminó por ceder y rieron juntas, aunque no por mucho tiempo. La inspectora no moderaba la cadencia de su marcha y Lucía se debatía con bolso y carpeta para seguirle el ritmo. Hasta entonces no se habían dado cuenta de que las estaba siguiendo. Ni bien comprendió que iban a Sanz Crespo, había decidido adelantarlas y echar a correr, rodear por el Palacio de justicia e instalarse cerca del café dentro de la estación, desde donde podría dominar el hall y observarlas cuando llegaran. No era cuestión de arriesgarse a estropear su hasta entonces implacable pero discreto hostigamiento.