Cambiar de piel
CRÓNICAS REPTILIANAS X
Redactadas por el agente Sobek
(alias humano: Jesús Palacios)
En fin, hoy termina la Semana Negra de Gijón y con ella termina también mi presente misión. No veía llegar el momento para deshacerme de mi inútil huésped humano. Cambiar por fin de piel, volver a lucir, al menos hasta que el Consejo de Orión y los Grandes Arcontes decidan mi próximo destino, mis suaves, tersas y relucientes escamas. Nadie que no sea reptiliano sabe lo mucho que se echa de menos nuestro escudo queratinoso, tan agradecido lo mismo con frío que con calor, sobre tierra, bajo el agua o sobre una roca de playa tomando el sol.
Me retiro a nuestra base secreta de Mu, en aguas del Pacífico, lo más lejos posible de aquí, después de haber dejado instrucciones pertinentes a las autoridades Anunnaki de esta zona, región Atlante de nuestro reino de las sombras, gobierno secreto del planeta. Espero que mi informe haya establecido claramente que la Semana Negra supone un auténtico peligro para nuestros planes de dominación. Un corpúsculo de humanos humanistas que no ven con buenos ojos nuestras reformas liberales progresivas y progresistas de su sociedad, encaminadas sin embargo a asegurar su futuro como especie. Bien es cierto que única y exclusivamente como criaturas destinadas a convertirse en nuestro ganado y sustento, fuente de alimentación —del ser humano se aprovecha todo— y fuerza de trabajo esclava a nuestro servicio. ¿Se puede desear algo mejor?
Sin embargo, permanecer tantos días pegado a la grasienta piel de la criatura humana conocida como Jesús Palacios no deja de tener sus efectos secundarios. Cuando un reptiliano se mimetiza exteriormente por completo con su huésped, sufre también una cierta identificación íntima con su psique interna y mecanismos emocionales. Algo que nuestros lagartoterapeutas conocen como el Síndrome de estrés mamífero postraumático, para resistir lo cual somos entrenados y preparados todos los agentes de campo, como yo mismo. Pero, a pesar de ello, reconozco en mí algunos síntomas inequívocos de su influencia.
Ha llegado a agradarme caminar sobre dos piernas, el roce con otros humanos de piel caliente y sudorosa. El sonido de esa cosa que llaman música y que, habitualmente, nos repele. La capacidad para sonreír y gesticular, su forma de estrecharse las manos, sus costumbres gregarias, en especial esa que llaman “vermut” o “aperitivo”, consistente en tomar abundantes bebidas destiladas y maceradas, acompañadas de pinchos alimenticios, mientras se grita, se discute, se ríe y, en general, se alcanza ese curioso estado, entre el bienestar y la náusea, conocido como ebriedad. Es fácil, aunque profundamente molesto, que un reptiliano padezca, hasta cierto punto y siempre a su gélida manera, algo similar a los sentimientos propios de estos subdesarrollados mamíferos: amistad, afecto, impulsos protectores hacia los más débiles, atracción sexual, pena por quienes sufren o han fallecido, ansia de contacto, altruismo, deseos de justicia universal, de igualdad, fraternidad y libertad, con esperanzas siempre puestas en un futuro mejor. De todo esto hay exceso y abundancia en la Semana Negra de Gijón, de ahí su peligrosidad para nuestra reptiliana nación.
Por fortuna, en cuanto deje la piel marchita y arrugada de Palacios en cualquier oscuro rincón de la playa, y mientras me sumerja ansiosamente en la mar océana de la que todos procedemos, estas emociones irán desapareciendo rápidamente, diluyéndose en el líquido elemento. Junto a ellas también desaparecerán otras igualmente humanas y menos agradables: el odio al diferente, el ansia de poder y dominación, el egoísmo, la competitividad desaforada, el sádico disfrute de humillar y destruir a los demás, la avaricia por acumular, el afán por poseer y consumir hasta el exceso excrementicio, la codicia, el orgullo, la pedantería y la necesidad irracional de creer en entes ficticios superiores que justifiquen y exijan en su nombre el abuso y sacrificio de los demás: dios, patria, honor, ideología, nación, nobleza… Todo aquello, en definitiva, que los reptiliamos potenciamos en la Tierra para asegurar nuestro presente y futuro dominio mundial.
Así que, aunque pierda algo que nunca tuve ni quise tener en realidad, me limpiaré también de toda la mugre emocional, moral y espiritual de esta especie maldita. No fue la serpiente la que tentó al hombre en el Paraíso, no. Fue ella la que escapó por los pelos que no tiene de convertirse en abyecto ser humano, corroído por una pasión eternamente insatisfecha de poder y posesión. Por eso, mientras me arranco la piel de Palacios a tiras, os dejo dos reflexiones. Una para los terrestres: cuiden de reductos como la Semana Negra, donde todavía queda y se cultiva lo mejor de su cultura y su naturaleza. Otra, para mis en el fondo ingenuos congéneres saurianos: ¡Lagarto, lagarto, reptilianos! No dejemos que estar infiltrados entre ellos acabe convirtiéndonos también en humanos, demasiado humanos. Hisssss Hisssss.