Aquí, donde siguen pasando cosas

2026-07-11

Dos titanes de la fotografía llegados, felizmente, a la Semana Negra desde Argentina se dieron cita ayer en una emocionante charla, a cargo del Aula de Cultura El Comercio, y que recuperó los momentos más especiales de la carrera de quien retratase, durante muchos años, la Semana Negra de Xixón. Daniel Mordzinski abrió su corazón, y sus emociones, con Alejandro Meter, quien definió su obra como un lugar «donde convive la literatura, el humor, la imaginación y el paso del tiempo», «que además de coleccionar imágenes ha sabido preservar la memoria de quienes han escrito algunos de los libros más importantes de nuestro tiempo».

Un emotivo vídeo con las fotos de Mordzinski a lo largo de años de historia de la Semana Negra, in memoriam de Luis Sepúlveda, dio inicio a esta charla emocionante en la que pudimos disfrutar no  solo de la mirada privilegiada, sino también de la palabra, de un fotógrafo de escritores para el que «el pasado es un lugar donde siguen pasando cosas. En esta tarde tan asturiana, tan europea y tan universal siguen pasando cosas». Mordzinski llegó por primera vez a la Semana Negra hace 37 años y ahora la ve floreciente. «Es como un faro invita a la gente a pasear por sus orillas», dice. El corazón, que no nos entraba en el pecho. La garganta en un nudo.

Sabe cómo  llegar, Mordzinski. Son muchos años desnudando el alma a quienes se dedican precisamente a abrirla. El argentino nos dijo que, aunque sonase a tango malo, «el primer escritor al que fotografié fue José Luis Borges». Fue en 1977, recién acabada la secundaria. Desde entonces hasta ahora no ha hecho otra cosa más, y por su cámara han pasado todos los grandes escritores y escritoras del mundo. Gran parte de ellos aquí, en la Semana Negra. Pero también más allá. Cuenta Mordzinski: «He hecho fotos que estaban no al borde del ridículo, pero sí de la intimidad. El problema está en el pie de foto, no en la foto. Vivimos en una época en que es muy fácil juzgar y cancelar; esas fotos las publico en libros, pero no en la prensa». Por ejemplo, en el año 2010 fotografió a Gabriel García Márquez por última vez, pocos meses antes de fallecer. Es una instantánea que no respeta las normas de la composición, que aplasta a Gabo contra el margen de la foto, pero mirando hacia la luz. Esa fue la que se publicó, no así unas un poco posteriores, que le sacó dormido, «como muerto». No se publicaron en su día, porque haberlo hecho en su fallecimiento hubiera sido engañar. Pronto saldrán a la luz.

Del arte humano, a la ¿inteligencia artificial. Un conversatorio entre Javier Fernández y Alba Rodríguez abordó Los retos de una generación ante la IA. Una auténtica «revolución social», tal y como la definió Fernández. «El potencial de la IA es enorme. Es un multiplicador de capacidades, para lo bueno  y lo malo. Si tus capacidades básicas son nulas no te ayudan; si son negativas, van en negativo, pero sin en positivo, las multiplica». No se debe, pues, ignorar que existe, que en el caso de las escuelas los alumnos la usan. «Pero hay que aprender a manejarla». No perder la capacidad de expresarnos, de hacer cálculos. «No debemos usar la IA para ahorrarnos trabajo; lo que nos tiene es que aprender a llegar más lejos». Ahora bien, ¿cómo hacerlo? Ese es el ‘quid’. Y aún no tenemos la repuesta.

A continuación, Jonás Fernández protagonizó la charla Política migratoria europea, acompañado de Beatriz Mayo. El eurodiputado comenzó explicando la realidad de la política europea, en los últimos años con una alta composición de representantes de las derechas como las del PP «y más allá», lo que necesariamente implica una modulación de las políticas en ese sentido. «Las discusiones en Bruselas son más difíciles de leer, porque casi todo hay que negociarlo, y uno no percibe el conflicto político». Ese ‘no saber quién es el malo’ hace que no siempre se sepa centrar el debate, hasta el punto de que «ni siquiera en los periódicos nacionales de primer nivel se sabe informar bien sobre él». Menos mal que Fernández sí que sabe divulgar lo que ocurre más allá de los Pirineos, y lo hace con gusto. ¡La Semana Negra elige con mucho gusto a sus sospechosos habituales!

El último Transgresoras de la temporada glosó la figura de Isabel Oyarzábal, de la mano de Eva Cosculluela. Pero el acto empezó… ¡sin la ponente! Cosculluela, que acababa de finalizar su presentación en la Carpa del Encuentro, no acababa de llegar, y ahí que tuvo nuestra Dulce Gallego que salir al ruedo para hacer tiempo, explicando  que el ciclo Transgresoras nació ya en tiempos de Ángel de la Calle como director de la Semana Negra. Por fin acabó llegando Cosculluela, quien eligió como protagonista de su charla a Isabel Oyarzábal (1878-1974). Malagueña, de buena familia e interna, desde niña, en un convento, decidió hacerse actriz con ventipocos años. Calculen: un escándalo. Fue solo el inicio de la biografía de una mujer valiente, impulsada por su madre, modernísima (y escocesa), que acabó siendo una de las fundadoras del Lyceum Club Femenino. Previamente, ya había liderado junto a Julia Peguero y Benita Asas el movimiento por el voto de la mujer, en plenos tiempos de la dictadura de Primo de Rivera. Acabó exiliada, claro. Historia de este país nuestro.

El mordaz analís d’Ícaro Obeso Muñiz sobre’l modelu d’ordenación del territoriu n’Asturies y de cómo la especulación y ñ’urbanismu ensin control pueden acabar teniendo grandes consecuencies llámase Un casino en plena selva (La Fabriquina). Presentólo Sofía Castañón, autodisculpada previamente por nun saber esautamente qué fase ta a piques de xugase nel Mundial, porque «soi republicana n’esto del deporte rei». Tanto da, porque equí de lo que venimos a falar ye, en realidá, de construyir y facer país. «Hubo un conflictu equí, n’El Musel, va unos años, a cuenta de la empresa EBHI», desplicó Ícaro, que recurre a la canción de Nacho Vegas na que se fala d’ello y de la que vien el títulu. A Obeso-y recordó’l casu al tratu que se da al urbanismu asturianu.

Y ye que «munches veces les coses se faen a cachinos, a saltos, ensin pensar nel futuru», afirma, especialmente pensando na fastera central, onde, por mor de l’accesibilidá de les autopistes, les coses se ponen cerca de los enllaces y non onde debieren corresponder. D’eso y d’una forma bien divulgativa va Un casino en plena selva. Púnxose sobre la mesa especialmente el casu de Xove, un barriu cambiante: en tiempos de la neñez de Nacho Vegas, que fae’l prólogu, yera «el pueblu»; güei, la llei ye la contaminación y la industria. Una interesante conversación que a bon seguru queda tamién plasmada n’un llibru necesariu.

Turno para la trilogía El barco de las ánimas, de Eduardo Bastos, subinspector de policía en su vida civil y escritor en la incivil, que se ha completado con La crisálida del hombre lobo. Ayer le presentó Miguel Ángel de Rus (M.A.R. Editor: en efecto, son sus propias iniciales). Contaba Bastos que cada una de las partes de la trilogía está escrita de forma diferente, con tiempos distintos. La nueva entrega se desarrolla entre solo cuatro paredes, con el objetivo de explicarle al lector cómo es una investigación policial. Son obras tan documentadas que, según Bastos, por haberlas escrito bien podrían convalidarle los tres cursos de criminología.

Pero a veces para convalidar hay que someterse a ciertas pruebas. Y De Rus está dispuesto a hacérselas a su escritor, ya que durante unos breves minutos se llegaron a enzarzar en una discusión sobre la víctima de la novela: para De Rus es también cómplice; Bastos, como buen policía, la defiende a capa y espada. Una novela procedimental de un escritor que se autoconfiesa «muy maniático» a la hora de serlo. Y que se quedará, por cierto, para la siguiente mesa: quédense ustedes aquí y se lo contamos.

En el preciso momento en el que España marcó el primer tanto frente a Bélgica en el partido de cuartos de final, como «Ahora no tenemos picas de Flandes, pero sí que metemos goles, lo que indica que en nuestros dominios sigue sin ponerse el sol», afirmó, contundente, Miguel Ángel de Rus, que, en efecto, no se levantó de la butaca, igual que Eduardo Bastos. La misión, ahora, es presentar la antología España Noir (M.A.R. Editor). Y para ello se incorpora otro de los autores. Jesus Salviejo ambienta su relato en un mundo marginal donde el mal es cotidiano. La novedad es que es un guardia civil el que se enfrenta con su padre, una relación difícil «que ha forjado un código moral extraordinariamente sólido» frente a la crueldad del progenitor.

Por su parte, Eduardo Bastos rememora el llamado crimen de la etiqueta, en Vallecas, en el que se encontró un cadáver con las manos atadas por bridas, y, entre ambas, la etiqueta de un bazar. Quiere Bastos con su novela también hacer un tributo a Sin City. «Un escritor, lo que hace, es rellenar los huecos de la historia en su imaginación». En el caso real, ocurrido en 2022, se llegó a capturar a los responsables, pero lo que hace Bastos en su relato es intentar construir qué fue lo que pasó antes del hallazgo del cadáver.

De Rus, plenamente conocido de que el asesinato de Carrero Blanco fue encargado por el presidente de los Estados Unidos, Kissinger. «Me parece imposible que ETA hiciera ese crimen», afirma. Es de eso de lo que va su relato, porque ocurre que, además de editor, también es autor. Con la petición de «aplausos para las estrellas» acabó la noche en la Carpa de la Palabra. Mañana, más.