¡Multitudes abarrotando la Carpa del Encuentro!

2026-07-10

Luego diréis que somos cinco o seis

La mesa redonda que inauguró la jornada en la Carpa del Encuentro se llamaba El mal en buena compañía y, realmente, aunque mal hubiera poco, de buena compañía íbamos sobradas. A Claudia Neira, moderadora del encuentro, y a servidora se nos ocurrió exactamente la misma broma: a mi al empezar esta crónica, a ella al arrancar la  mesa. Pero es que nos la habían dejado botando con este tándem de lujo: Claudia Piñeiro, Rosa Montero y Berna González Harbour se juntaron para hablar de lo incómodo, «lo que no se quiere mirar y no se nombra». Comenzó a hablar Rosa Montero, habitual de este festival desde tiempos inmemoriales ya que, como recordó, «yo he venido desde que éramos pequeñitas, la Semana Negra y yo». Este año cambiamos de ubicación y ella, encantada: «¡Qué maravilla que por primera vez veo el mar desde la mesa!». Pero al lío:  el porqué de Montero a la hora de hablar del dolor es, en el fondo, «darle al mal y al bien un sentido que no tienen».

Después, Claudia Piñeiro reconoció que la creación literaria tiene la misma categoría que los sueños, son una imagen que se instala en el subconsciente. Dice que cuando tiene una idea, si se le olvida en unos días, es que esta no  estaba llamada a ser una novela; si sí, entonces adelante. Si aceptamos la mayor, entonces habrá que reconocer que quien quiera que haya hecho el Nuevo Testamento tuvo una idea muy buena. Y es que para Berna González esta es la «mejor novela negra de la Historia». ¿No se lo creen? «Tenemos a Dios que mandó a Abraham matar a su hijo, ¿puede haber más mal que ese? Hay ciudades enteras que cayeron bajo la ira de Dios, las plagas…» Ocurre porque «el mal es consustancial a la esencia humana», y escribir ayuda a comprenderlo.

Bien. Puestas las cartas sobre la mesa, tocaba entonces hablar del bien. Y, contra todo pronóstico, el apasionamiento de las ponentes se redujo mucho. «Si todo fuera un happy end no nos interesaría», decía Piñeiro, poniendo como ejemplo el maravilloso clásico de Las brujas, de Roald Dahl, y por extensión toda la obra del medio británico medio noruego, «que nunca te va a dar un bien total». Por eso nos gustaba (y gusta) tanto. Dahl nos descubrió que en la literatura infantil podían romperse perfectamente los límites hasta entonces impuestos para el género, pero para encontrar el perfecto  juicio entre el bien y el mal todo buen escritor debiera marcarse límites. Todas y cada una de nuestras potentes tienen los suyos propios. Así acabó la charla: hablando de las autolimitaciones cuando se narra el mal. «Yo tengo límites con respecto a no hacer daños a personas», nos dijo Piñeiro, que llegó a cambiar el nombre de uno de los personajes de Tuya por similitud con el mote de de su hija: Lali y Luli. «Puse que esta chica cuando crece no quiere que le llamen más Luli. Cuando se lo dije, me respondió: ‘ay, ¡pero que no era para tanto, mamá!». Rosa Montero confesó que, al hacer su ‘artefacto literario’ -que no novela- La ridícula idea de no volver a verte eliminó una de las escenas al pensar que a su pareja fallecida, Pablo, no le gustaría. «El resto ya me pilla lejos». Menos diplomática, Berna González Harbour  reconoció ‘vengarse’ de quien le hace mal retratándole, tiempo después, en sus novelas. ¡Trío de reinas!

19:00. Presentación: Mañana matarán a Daniel, de Aroa Moreno Durán. Con Ana González.

Para Aroa Moreno Durán era un «deber moral» recuperar la historia de Xosé Humberto Baena, alias Daniel, uno de los últimos fusilados del franquismo, el 27 de septiembre de 1975. El escenario de la ejecución era un lugar que la autora de Mañana matarán a Daniel  (Penguin Random House) conocía, pero no así la historia que ocultaba. Es por eso que en la novela, una de las finalistas al premio Rodolfo Walsh de no ficción de esta XXXIX Semana Negra, no pudo evitar introducir una parte personal. Que surgió, además, por casualidad, al visitar una parte aledaña al campo de tiro de Hoyo de Manzanares, como un sitio que siempre había frecuentado sin conocer su historia. Ese día, desde Tintalibre le pidieron que escribiera una carta abierta a alguien que hubiese militado en el FRAP. Al documentarse, encontró que tres militantes de aquella organización habían sido fusilados, en 1975, precisamente en aquel lugar.

Ana González, a cargo de la presentación, definió esa parte en primera persona como, curiosamente, más próxima a la crónica, versus la verosimilitud transmitida por la ficción. «He creado un híbrido», respondió la autora; una historia a caballo entre la novela y el ensayo. La parte de ficción surgió de la necesidad de «ponerlos a ellos a caminar por Madrid» para volver a la vida a «tres hombres que mataron y que murieron». Porque… ¿mataron? «Hay muchas dudas, muchas fisuras. Cuando los detienen a ellos, detienen a mucha más gente; los someten a un juicio sumarísimo después de cambiar la ley a última hora para que los abogados no tuvieran tiempo de preparar la defensa. No fue un proceso limpio, fue un teatro». Es por eso que hoy en día es imposible tratar de adivinar la realidad». Buena novela esta que es, además, una reivindicación. «A las mujeres nos han permitido escribir de nuestras cositas: de la maternidad, de nuestras memorias… pero ¿y qué pasa si queremos hacer un libro político?» Pues aquí lo tienen. Y habrá muchos más.

La presentación de El agente suizo, de Enrique Faes Díaz, congregó a un importante número de personas que pudieron ser testigos de cómo la realidad, a veces, supera a la ficción. Cuatro años de investigación y una docena de archivos visitados han dado como resultado un libro detallado y preciso sobre el caso de Georges Laurent Rivara, «uno de tantos viajantes de la gran banca suiza que entraba en España dos veces al año, captando capitales para llevárselos a Suiza a petición de sus clientes». Al agente suizo le detuvieron en Barcelona, en 1958, momento en el que salió a la luz «una historia con los grandes ingredientes de la novela: dolor, un daño no sabemos si intencionado, un enigma». Y un cuerpo policial, por cierto, que les sorprenderá. Ocurre, dice Faes, que «hay una hipertrofia, y con razón, de centrarse en la Brigada Político Social, que se dedicó a perseguir al ‘enemigo interno’ durante años». Pero hubo otros cuerpos, como la Brigada de Investigación Criminal de Barcelona, que poco tuvieron que ver: policías que organizan cinefórums, un comisario que acaba en la DEA…

Sí, amigos, esto va en serio. Y pintan bastos para el «pobre George» -porque Faes, después de haber convivido con él cuatro años, ya le trata con familiaridad»-, a pesar de que él ya llevaba cinco años aquí haciendo lo mismo que, mucho antes, también habían hecho otros muchos compañeros. Pero que será todo un escándalo. En España y en Suiza. «Aquí está prohibidísimo sacar divisas del estado, porque la gestión franquista de la economía es un desastre y no hay un solo dólar para pagar lo que se debe; y en Suiza lo que preocupa es que alguien pueda haber violado el secreto bancario». Las consecuencias fueron terribles, pero como siempre suele ocurrir, tal vez no en la dirección correcta. Después de que hasta 872 nombres llegaron a ser publicados en el Boletín Oficial del Estado, Rivara sufrió una suerte de muerte civil con un final muy poco feliz. Faes pudo llegar a conocer a su hijo, que con El agente suizo ha roto ahora «un tabú familiar, que dividió a la familia durante décadas». Qué necesario es contar las cosas.

Redoble de tambores para recibir como se merece al flamante ganador del primer premio Domingo Villar-Semana Negra a la trayectoria, Lorenzo Silva, quien recibió de manos de Miguel Barrero una reproducción dorada del primer Rufo que tuvo en la Semana Negra. El patrocinio de la Empresa Municipal de Aguas de este galardón hizo que, justo después, se subiesen al estrado el concejal de urbanismo y festejos Jesús Martínez Salvador y el gerente de la EMA, Vidal Gago, para entregarle una reproducción de las Letronas de Xixón. Martínez Salvador instó a Silva a que ambientase una de las aventuras de Chamorro y Belvilacqua en Gijón, y acabó entregándole las Letronas tras la mención a aquella bellísima dedicatoria de Villar que decía: «A Beatriz, mi amor, que me acerca el mar con sus ojos». «Disfrútalo con los tuyos propios hoy, Lorenzo, todo lo que este mar Cantábrico nos ofrece aquí», dijo Martínez Salvador. Nada tuvo que envidiarle, en cuanto a afectos, Vidal Gago, seguidor de «sus reflexiones, siempre ponderadas, en XL Semanal», y que cree a Silva crediticio del tratamiento de ‘sir’.


Finalizada la entrega de galardones, comenzó el conversatorio de Silva con Javier Sánchez Zapatero y Lorenzo R. Garrido, amigos y conocedores de la obra del autor. Quien, por cierto, hasta ahora no había dicho ni mu. Ahora sí. «La palabra que más me gusta pronunciar es ‘gracias’. Gracias a la semana Negra por invitarme tantas veces». Vino por primera vez en 1998 y desde entonces solo ha faltado un par de años, siempre por estrictos motivos personales. Emocionado, Silva quiso recordar también a quienes pusieron «los cimientos» de todo este maravilloso lío. A sus maestros, a sus padres. Y, por supuesto, también a Domingo Villar, a quien agradeció haber existido. «Coincidimos en muchos sitios, he reído, comido, bebido con Domingo Villar. Quiero agradecerle la calidez, la luz. Aunque nos haya dejado, sigue aquí: yo venía ayer desde Madrid con un libro suyo en las manos, La playa de los ahogados…».

Precursor del boom del género policiaco con Noviembre sin violetas (1991), cuando escribir «era una actividad privada y sometida al escrutinio solo de familia y amigos». Lejos de intentar exponer un género por entonces marginal, solo buscaba hacer un homenaje a Raymond Chandler. Cuatro años después llegó la primera entrega de «desafío creativo, llevar más allá lo que había hecho antes; algo más centrado en el género». Lo concibió en su día como una novela experimental, sin vocación de éxito. Y aquí estamos hoy, en una Carpa del Encuentro en la que no cabe ni un solo alfiler. ¿No ven todo lo que se puede llegar a conseguir cuando se hacen las cosas con pasión?

Otra obra de vocación experimental, y sin vergüenza de serlo, es Ciudadano Riego, de Tito Montero, que el cineasta presentó a continuación en compañía de Ángel de la Calle -quien afirmó estar ante «una piedra para seguir construyendo una nación»; «uno de los libros más importantes del año»- y Pablo Batalla. Nuestro emérito (el segundo, no el primero), historiador de formación, «erudición sobre Riego y esta época, y la pasión; es un ensayo que transmite muy bien el rigor de una persona que se conoce muy bien un tema, un ensayo de combate». Y es que Riego es una de esas figuras fundamentales para la historia no de Asturias, sino del mundo, que, sin embargo, no se conoce demasiado. No  tanto, desde luego, como Pelayo.

Montero recordó que hasta Alejandro Dumas, en sus memorias, se acordó de Riego Pero sostiene que, realmente, «no es tan importante conocerlo como conocerlo bien, y para entender nuestro presente político, lo que se nos viene encima en cuanto a pérdida de derechos democráticos». El ejemplo de Riego es para el realizador «el muro de contención contra la ilustración oscura que viene de Estados Unidos». Un «libro parte de una pulsión de descubrimiento, en base a notas al pie deslavazadas», grueso y necesario, que también se fija en el ejemplo de otro asturiano ejemplar: Flórez Estrada. Léanlo.

Llegamos ya al final. Pero antes de dar paso a la noche donde todos los gatos son pardos y se espantan (o se quedan a bailotearla) de la música que este año ha vuelto a sonar en la Semana Negra. «El periodista de esta novela es un cabrón. Ser un cabrón en el Siglo de Oro era la forma más pura y genuina de ser español», nos introdujo Luis Artigue a presentar al Isidoro Montemayor de El reino de los hombres sin amor, de Alfonso Mateo-Sagasta. Que, por cierto, no lo considera especialmente cabrón, sino más bien «un superviviente».

La tercera saga de Montemayor nos lleva al otoño de 1615 para conocer una pura historia de espías. «Mi ambición era escribir una historia total», reconoció Mateo-Sagasta. Los tiempos del duque de Lerma, gran «cohechista» (ojo: la palabra, nos advierte Artigue, no  existe) y reformista de un sistema político que, a partir de ahora, se hará en torno  a consejos; un mundo de intercambio de princesas como si de monedas se tratase y equilibrios de poder. «Ese es el trasfondo político», decía Mateo-Sagasta, de una historia que les enganchará. Prometido.