Poesía, novela, relatos, vida

Con una reivindicación a favor de las bibliotecas públicas, a través de las cuales conoció él a Cristina Fernández Cubas, dio Rafael Gutiérrez Testón el pistoletazo de salida a la programación del último día en la Carpa del Encuentro. La autora, que nos visitó con Lo que no se ve (Tusquets), se ha convertido en referente de muchas generaciones de mujeres ‘cuentistas’ -en el mejor sentido del término-, creadoras de un género en auge hoy pero no tanto cuando ella empezó a practicarlo. «Yo empecé a escribir relatos en un momento en que presentarse a una editorial con un libro de relatos era casi cometer un crimen», nos contaba ayer. Su tabla de salvación fue la recientemente fallecida Beatriz de Moura, editora de Tusquets, quien, al leer sus cuentos, «cambió la palabra raro, no se entiende, por asombroso». Desde entonces ha hecho muchas más cosas, pero siempre acaba volviendo. Los relatos son su puerto seguro… o no tanto, ya que, según Cubas, lo hermoso del cuento es que en él «siempre estás en la cuerda floja».
Confesa amiga de sus lectores, a los que prefiere llamar ‘cómplices’, y consciente de su parecido físico con Bette Davis, Fernández Cuebas presenta por primera vez un título que no coincide con el del ningún relato presente en la publicación. Buen analista de sus relatos a tenor de la armonía que reinaba entre ambos, Gutiérrez Testón valoró precisamente «el territorio de las sombras», es decir, lo que no se ve, como el hilo conductor de todos los relatos. No sin antes lamentarse del calor imponente que reinaba en la Carpa del Encuentro (ya iba cocinándose la tormenta eléctrica que caería de noche), la escritora catalana dijo emocionarse de muy diversas formas cuando escribía relatos, esperando lo propio de quienes, después, los abordamos desde el otro lado. Hace bien en contar con ello.

¡Lo lleva barato!
Mientras hacíamos tiempo para recibir a Luis García Montero, Ángel de la Calle se calzó las botas de vendedor ambulante para rematar los escasísimos packs de libros a 20 euros. No se le da mal: vendió dos de tres, arengando a las masas por el justo método de poner en entredicho el interés lector de las mismas. Eso es cortar la pana y el resto, tonterías.

Nervios, emoción, tensión, cabría decir que hasta excitación se traslucía de toda esta masa letrada al subirse al estrado Luis García Montero y Juan Cruz Ruiz. Escasos dos minutos tardaron en activarse los micrófonos y ya sonaron los pitos exigiendo celeridad. Calma, que ya llegan. Dos titanes de las letras que, sin embargo, encajan en toda esta juerga como una mano en un guante, porque desde hace muchos años son grandes amigos de esta Semana Negra en la que llegaron a coincidir con Juan Cueto (emocionante recuerdo de su tocayo para empezar), o con José Emilio Pacheco, con Juan Gelman… tantos que ya no están. La mejor edad (Tusquets) parte de un recuerdo a Ángel González, entre otras cosas, porque, tal y como nos explicaba García Montero, el ovetense, «incluso en época de derrotas, no renunciaba a sus ideas, lo que le permitía siempre mantener la esperanza».
Recordaba el poeta -ahora también novelista- todas las conversaciones sostenidas con el poeta, muchas de ellas sobre la Guerra Civil y plagadas de anécdotas como aquella que contaba González de un 14 de abril en que, yendo de la mano con su hermano, «se encontraron con una profesora y esta le dijo ‘Hasta mañana, Angelín, si Dios quiere’, y su hermano, muy orgulloso de la España que se haba puesto en marcha, le contestó: ‘No, mañana ya no será lo que Dios quiera’». Amigo y maestro, poeta implicado y con criterio, y con el que tendría mucho que hablar Montero en este país en el que, «habiendo conseguido mucho si nos comparamos con cómo estábamos en 975, cuando murió Franco», aún queda mucho por hacer. García Montero reivindicó la memoria como «un faro de conciencia para no perder todo eso. En el mundo, y en Europa se pueden perder muchas cosas, porque estamos en un mundo de neoliberales que, en realidad, son neoabsolutistas que están traicionando la cultura de la ilustración en la que nos hemos formado».
Y sigue: «Ahora la libertad no es el respeto a las conciencias, sino la libertad del más fuerte para hacer lo que le de la gana: invadir un país, provocar un genocidio. La igualdad no es ya el derecho a convivir en el respeto a la diversidad, sino: ‘yo tengo una identidad y la homologo como una identidad por la que todo el mundo tiene que estar a mi servicio’. Y me parece que esa es una deriva cultural muy peligrosa a la que tenemos que reaccionar (…) La igualdad no es la homogeneización del más poderoso, sino la convivencia en el respeto a la diversidad». Citamos literalmente para que entiendan ustedes por qué es tan importante la Semana Negra: para que se sientan, altas y claras, palabras así.
Pero volvamos a la novela. Una obra construida en la segunda persona del plural, en el ‘nosotros’: solo hay hecho literario cuando un lector lee; el éxito de un poema no es entender el amor el poeta sino sentirse interpelado por él. Le seguiríamos contando más, pero abruma cambiar la forma de las palabras precisas y certeras de Montero. Solo léanlo. Solo una anécdota y una referencia más. La primera: Almudena Grandes le corrigió algunos fragmentos del primer borrador de una novela que, tras su muerte, quedó sin cambiar; solo fue cuando Montero sintió que se repetía en la poesía, ya sin Almudena, que lo retomó todo de la mano de Juan Cerezo, «mi Almudeno segundo». Ahí está. Y, ahora, la cita: «La democracia en la lectura, en el amor y en lo publico se funda en la conciencia de que todos necesitamos cuidar y todos necesitamos ser cuidados». Olé, olé y olé.

Pero yo les pregunto… ¿de dónde sale tanta gente? Verán: es que, mientras la cola para las firmas de Luis García Montero alcanzaba mayestática longitud, sin embargo la Carpa del Encuentro no se vació ni un ápice al marcharse nuestro ilustre director del Instituto Cervantes. Todo lo contrario: estaba hasta los topes para asistir a la charla que César Iglesias, autor de las memorias dialogadas con De Silva, Lo que queda a la espalda, y Vanessa Gutiérrez sostuvieron con el ex presidente del Principado de Asturias Pedro de Silva. La memoria dialogada sirvió, en parte, como excusa para… ¿lo adivinan? En efecto: ¡para regalar otro libro! Sí: la entrega de la novela Una semana muy negra, de Pedro de Silva, fue tangencial a lo contingente, que era recuperar las memorias de quien fuera presidente del Principado de Asturias entre 1983 y 1991.
«Yo ñací en 1980 n’Urbies, nel valle del Caudal, nuna familia estrictamente marcada pola minería, combinada siempre con una economía de subsistencia doméstica agroganadera, que a veces vien a ser una forma de corresponder a la tierra a la que pertenecemos», introdujo Vanessa Gutiérrez, consejera de Cultura, «más que una dedicación rentable». Esto vino a explicar por qué Gutiérrez, como tanta gente, se debe deudora de la estructura administrativa y legal que fue generándose en aquella década en que De Silva fue presidente.
Una historia que ahora se cuenta en Lo que queda a la espalda, un tomo de casi mil páginas en las que De Silva charla con César Iglesias sobre toda una trayectoria vital que va enlazada irreversiblemente a la historia de Asturias. «Estas cosas me intimidan», reconoció De Silva sobre esto de andar presentando las memorias de uno, algo que le hace pensar en sí mismo como «un personaje casi fenecido». «Mi fe en Asturias es mi fe en el trabajo de Asturias. Tenemos que sacar todo el partido de lo que podamos obtener de nosotros mismos en el trabajo individual y en el colectivo», reflexionaría, más adelante, de Silva, que rechaza la vanagloria gratuita. «Solo con el trabajo, dice, nos construiremos».
En estas, de repente, silencioso como un gato y sorpresivamente, apareció Barrero. A un extremo de la mesa, nuestro director explicó que, cuando hace unos meses Pedro de Silva le riñó porque su Una semana muy negra no se podía encontrar en la Semana Negra. Pues dicho y hecho: aquí está la novela, con prólogo de Ismael Piñera Tarque, que procede a subirse a una mesa que empieza ya a quedarse pequeña. Lo que también se nos quedó corto, al finalizar, fue el número de libros, porque volaron. Vimos a gente que se llevaba sus buenos cuatro o cinco ejemplares. Así es como debe ser: que las letras vuelen.

Con una sonrisa que no se le despegaba de la cara, así estuvo Élmer Mendoza desde el inicio hasta el final de la charla que compartió con Carlos Fortea, tan distendida que hasta se arrancaría a cantar en un momento determinado. El pesimismo no es una opción para este autor habituado a vivir en circunstancias difíciles que no le importa explicar. «Mi ciudad (Culiacán) es una ciudad que está en constante conflicto», contó Mendoza, explicando que allí no es posible ir a cenar más tarde de las seis de la tarde, por seguridad. «Nosotros vivimos allí porque allí están nuestra familia, nuestros amigos». Por eso la amistad es el eje que engarza todas las obras que lo han hecho ser considerado el rey de la literatura del narco.
El Zurdo Mendieta, su personaje por antonomasia, «es un detective contemporáneo, de una gran capacidad analítica» y siempre acompañado de Gris Toledo, vive en la literatura la realidad de un país donde «las bandas tienen una antigüedad de cien años» y un gran poder desde hace sesenta, encumbradas por los partidos políticos. «A la presidenta de México ya se lo dije: ‘cómo la estamos pasando, y cómo su política antimilitarista es un fracaso’». «El poder de la literatura negra tiene que ver con eso: aunque tengamos temor, señalamos los grandes defectos que hay en la administración de justicia y las debilidades que provoca en la sociedad». Así es.
Mendoza apuntó a un presente positivo para la literatura negra. La hay, dice, «para todas las intenciones»; guste o no. «Al final, lo que uno hace es descubrirse a sí mismo, ver cómo ha crecido como lector». Nosotros hemos crecido con Elmer Mendoza y en ello seguiremos. Por muchos años más.

Ún de los momentos más «importantes y conmovedores», en palabras de Barrero, de tola XXXIX Selmana Negra foi, yá cayendo la nueche, la presentación d’El llibru futuru, de Xuan Bello. Barrero entamó recordando’l primer día que conoció a Xuan Bello, esautamente nel 2005, cuando na Semana Negra-y tocó presentar la so primer novela, Espejo, de la manu d’un escritor arrogante nel sentíu asturianu del términu que resultó ser Xuan Bello. El memu que taba a piques de convertise en compañeru y amigu y al que esautamente veinte años dempués vio por última vez tamién n’una Semana Negra.

Xuan Bello y Miguel Barrero, na Semana Negra de 2005
Tristes recuerdos que xustifiquen, en tou casu, la presentación nesta primera Semana Negra ensin Xuan del so llibru póstumu, fechu con poemes que s’alcontraron nel so ordenador. Carlos González Espina, editor d’Impronta (que, por ciertu, algamó la pasión por esi mundu trabayando como redactor d’A Quemarropa na primera edición d’esti certamen) cuntó la fondera collaboración que con él tuvo dende un primer momentu nel trabayu editorial. Ocúpase agora d’espublizar El llibru futuru, encargu de Martín López-Vega al alcontrar los poemas. Una decisión que llega xusto enantes de retirase, él y Marina Lobo, de la edición, con gran arguyu. «Sentímonos como los xugadores de fútbol cuando-yos ponen la estrella del Mundial», dixo ayeri, enantes de dar pasu a una grabación de Martín López-Vega, que nun pudo desplazase a Xixón pa participar nel actu pero sí cuntar los planes pa la prósima Selmana de les Lletres, dedicada a Bello.
José Luis García Martín -magar que con problemes de lluces que diben y veníen sobre so- definió a El llibru futuru como una obra importante, «que si no reunió en vida es porque era una persona desastrosa, muy mal gestor de su talento». También Luis García Montero y Vanessa Gutiérrez recordaron a un escritor imprescindible pero, sobre todo, amigo. Un improvisáu recitáu de les sos poemes fizo la previa perfecta pa la velada poética que diba llegar, escontra vientu y marea (lliteralmente: baxo una tormenta de les que faen historia), a la medianueche, dempués -y ensin tener que ver- de la proyeición esitosa de La libertad de los presos políticos tuvo nombre de mujer.

La película documental, cuya proyección fue organizada por la Fundación Juan Muñiz Zapico, fue presentada por Maithe García y Luz María Rodríguez Luque, una de las protagonistas del documental. Después, ahora sí, la velada poética con Luis García Montero, Fernando Beltrán y Aroa Moreno Durán. La XXXIX Semana Negra ya es historia. Y va en verso.