Será Santa la Semana, pero muy negra

«Somos hijos de generaciones donde la pobreza y el malestar se nos ocultó, se nos trato de blindar ante los dolores de la posguerra «. Así combatía Unai Sordo la fascinación por las luces y los colorines de la Movida, tan asociada a los 80 pero sin embargo ajena a su novela Al Norte. Luchas de clase, emigración y currantes son el hilo conductor de la ópera prima de a quien haya ahora solo conocíamos en su papel como sindicalista, y que es todo un asiduo, y nos consta que entusiasta, de la Semana Negra. Y sí: Al norte ha sido editada por Hoja de Lata para sorpresa de muchos, entre ellos de Esther Barbón, la presentadora del acto, que reconoció desconocer esa faceta de Sordo hasta el momento de la feliz publicación. Trata Al Norte de varias historias paralelas, unidas por el hilo conductor de las condiciones laborales. Tal vez la más distópica, pero por ello que también nos hace reflexionar sobre lo que vendrá, sea la que habla de un joven que se va a trabajar a Holanda, a una empresa donde es un algoritmo quien controla los turnos y los ritmos.
Las tramas son ficticias, pero todo lo que se cuenta, por desgracia, es estrictamente real. Tanto que Sordo usa para su ficción, por ejemplo, un informe del colectivo Arosa que le pareció tan distópico como esa historia de Xabier que hace estremecer: trabajadores bajo los designios de un algoritmo, a uso y semejanza del Gran Hermano de Orwell. Recientemente reeditado, el informe puede leerse a la par que esta novela, y advierten ambas, a la par, sobre las potencialidades malignas de las nuevas tecnologías, en un horizonte laboral la que los derechos desaparecen. Tristemente esto ya sí que no es fantasía.

Ángel de la Calle, Jordi Sempere y Anna Ruiz, los Tres Magníficos, se subieron al escenario acompañados de Pepe Gálvez para presentar La vida toda, que nos descubre la conmoción de un psicoanalista argentino exiliado a París cuya vida da un vuelco al recibir una llamada informándole que la hija que nunca fue consciente de haber tenido había dado positivo en el Banco Nacional de Datos Genéticos. Se trata de una historia escrita por Ángel de la Calle a raíz de recibir la beca Marguerite Yourcenar, mezclando dos historias diferentes pero reales.
Para comprenderlas, hay que entender un matiz. En Argentina, «hoy en día, cuando aparecen los niños robados, aparecen tipos de 50 años. Los niños desaparecidos son ya adultos de 50 años». En uno de los casos que inspiró La vida toda, el sobrino nieto aparecido tenía ya 35 y quiso reunirse en un parque de Buenos Aires donde siempre se había sentido extraño, incluso antes de saber nada. Era el lugar donde habían secuestrado a su madre biológica para desaparecerla después.
Fuerte, ¿verdad? Pues para ilustrar esta historia, o historias, De la Calle quiso a Sempere, y después, por casualidad, a Anna Ruiz. «Cuando dibujas algo que no has inventado tú, lo que tienes que hacer es creerte la historia que estás explicando», nos dijo Jordi Sempere. Para La vida toda su dibujo tenía que ser sencillo, no efectista, fácil de leer, casi un boceto. En definitiva: dibujar peor. Ese fue el ruego de De la Calle para dar forma a una historia conmovedora, brutal, injusta, muy real.

De verdad. Miren ustedes las horas que son (ya las siete y media), y no solo es que la Carpa del Encuentro no se haya vaciado ni siquiera un poquito, sino que se ha ido llenando cada vez más y más. Con la gente por los pasillos y de pie comenzó Leticia Quintanal, inasequible al desaliento, a presentar Mil cosas de Juan Tallón. Las mil cosas, o más, que tienen en la cabeza los dos protagonistas, Travis y Anne, ahogados por el ritmo de su día a día y la presión de un trabajo nunca seguro, siempre precario donde domina la sensación de tener mil cosas pendientes. Seguimos hablando de entornos laborales deshumanizados, ese día a día de un mundo donde «nadie quiere ser el pez pequeño y la vida está permanentemente a la defensiva».
La historia comenzó por un final, claro en la cabeza del autor pero aún sin personajes sin trama hasta que esta se fue dibujando y materializándose sobre el papel. «Ha leído que es un homenaje al estrés», planteó Quintanal, encontrándose con un rotundo ‘no’ de Tallón. «Es una novela estresante, sobre la vida de dos personas que gira en torno a sus trabajos; nunca desconectan, eso genera mucho estrés». De ahí el uso de los verbos, las frases muy cortas, en presente de indicativo. Una novela urgente, «que te asfixia», como el día en que se desarrolla. Es decir, un espejo incómodo que refleja el mundo en el que vivimos, muchas veces, con el convencimiento de que solo somos válidos produciendo, trabajando, sin ser.
Ante todo eso, ¿hay esperanza? Sí, pero, dice Tallón, esa solo pasa pasa «por la juventud, que, por lo que veo, está fuera de la carpa». Hombre, alguna y alguno había, para hacer honor a la verdad, pero cierto es que el mayor porcentaje de la chavalada estaba, sí… pero en los partidos de voley playa. Es lo único malo de tener el arenal a la vista de nuestros sufridos escritores, eso y la brisilla del mar. Pero es que Tallón lo tiene claro: «Somos zombis. ¿Quién sale hoy a protestar a la calle, quién se siente concernido por el malestar general? Poner un like en Facebook no va a cambiar nada, hace falta salir a la calle». El problema, apuntaba Quintanal, es que sin tiempo también eso, salir a luchar por lo nuestro, es imposible.
Complejo debate que daría para mucho más, pero el reloj que tan nervioso puso a Tallón a lo largo de toda la charla con su tictac restando el tiempo nos lo impidió. «Deseo un futuro en el que tengamos más tiempo para hacer menos cosas, y que las que hagamos tengan más sentido», nos dijo el gallego cuando ya estábamos fuera de tiempo. «Detengámonos, no saquemos enseguida el móvil del bolso». Ya con varios minutos en números rojos, pidió un aplauso que se recuerde por todos los años de la Semana Santa. Sí, de la Semana Santa. Si es que… tanto reivindicar Barrero a Jesucristo ayer estaba claro que traería consecuencias.

La poco conocida vida de la pintora Rosario Weiss, hijastra de Goya, por medio de las palabras del hombre que la amó, Juan Antonio Rascón, es el argumento de La hija, de Sergio del Molino. Lo presentó con Rafael Gutiérrez Testón, quien alabó la voz narrativa, en este caso doble. «Lo peligroso de escribir imitando al siglo XIX es que es una imitación», concretó Molino, quien para resolver el entuerto decidió usar un tono del presente pero con gotitas decimonónicas. De esta forma se va desarrollando la historia del amor no correspondido, y perdido, de Rascón por Weiss.
Una mujer cuya cara está en la sala 62 A del Museo del Prado, en el cuadro titulado La Atención. Detrás de la pintura, justo entre ella y el mismo lienzo, el enigma. Del Molino visitó muchas veces esa sala para dar forma a la historia, y aún hoy habla con absoluta fascinación de ese retrato donde Weiss, contra el uso de la época, sale descocada. Los códigos están alterados, viste de Diana cazadora y con el pelo suelto… y la autora de todo es eso es ella misma, que es así como se quiere pintar. «Una mujer a la que le importa tres carajos lo que digan de ella, que tiene mucho que contar».
Sergio del Molino la contó y nosotros lo celebramos. A partir de todo eso, la historia: dramas actuales como la soledad, como el drama, la precariedad en un mundo «donde nadie sabe cómo funcionar» y en el que, por primera vez, los artistas tienen que hacerse a la calle para buscar compradores. Nos decía ayer el autor que con este libro trataba de «comprender la trastienda de la historia de España». Y no es solo que lo haya conseguido… es que nosotros ahora la podemos entender también.

Uno de los momentos más esperados, el del encuentro de la italiana Barbara Baraldi. con el público de la Semana Negra, llegaría a las 20.30 horas. Acompañada de Rafa González y de Óscar, nuestro increíble traductor, explicó cómo quiso mantener el anonimato en sus primeras novelas, publicadas con seudónimo, y solo cuando empezó a ganar premios decidió llamarse con su verdadero nombre. Aurora en la oscuridad, la primera parte de la tetralogía de Aurora Scalvati, que junto a Los asesinos del tarot ha sido publicada en España por Malpaso, nació de uno de los peores momentos de la vida de la autora. En 2012 vivía en el epicentro del terremoto de Emilia-Romaña y perdió todo lo que tenía, teniendo que vivir en un coche por un tiempo.
Scalvati es, por tanto, una suerte de alter ego, siempre en conflicto, bipolar, muy real. El retrato de problemas de la sociedad actual occidental como la salud mental, que destacó entusiásticamente nuestro Rafa, quedó refrendado por la afirmación de la autora de que, para ella, «la novela negra, el thriller, es la mejor forma de reflejar la sociedad actual». «A través de ella se puede hablar de los problemas de la sociedad y de los personajes; y además tiene misterio, que los lectores se entretengan y que se metan en las novelas». Dice Baraldi que todas las historias en que se inspira están basadas en hechos reales, por más que puedan parecer inverosímiles; también en su fascinación por el tarot, más jodorowskiana que mística. Y es que ya saben que la realidad supera a la ficción. Aquí, en Italia y en la luna.

La de Operación Noticia, lo último de Fritz Glockner, fue una presentación tan típica como atípico puede ser el estar en Gijón hablando de un libro sobre México que apenas si allí está echando a rodar. Pero no nos importa, porque esta Semana Negra lleva décadas abierta a lo que Glöckner quiera contarnos y, además, según nos explicó Taibo, este también, como todos sus libros, gira en torno al problema nacional mexicano del crimen de estado. Un problema universal, pero continuo y preocupante en el país donde ambos residen. Así como Veinte de cobre relataba el asesinato de su padre en la guerrilla, y entre medias otras muchas obras, llega ahora Operación Noticia para hablarnos del asesinato de Manuel Buendía, el periodista más leído de México y autor de ‘Red Privada’, «columna de chisme, de reflexión política de alto nivel, donde que explicaba los meandros de poder»
Así nos lo explicó Taibo, que de eso sabe mucho, tanto que se hizo tributario de los cariños del presentado al acabar su, como siempre, espléndida intervención: «¡Tener un hermano mayor como el pinche Paco es un poco de la chingada!», reconoció. Y es que los viejos amigos hablaron largo y tendido sobre la pertinencia de esta obra en la que Taibo temía que Glöckner cayera en un profundo síndrome de Estocolmo hacia «un periodista cuya característica no es fácil de definir: se mueve en la proximidad del Estado, tiene como interlocutores a ministros del gobierno pero que mantiene, en términos generales, un espíritu crítico y, además, es, el que pisa los callos indeseados»; «un hombre de traje, corbata, pistola y relaciones con amigos indeseables». « Investigar periodísticamente significa entrar en la cabeza de un investigado», advirtió Taibo, quien creyó que su amigo estaba doblemente perdido al descubrir que elegía para hablar «la más peligrosa de las firmas: la segunda persona».
Pero no. Glöckner consiguió mantener la distancia correcta y de ahí nació esta novela mejor que recomendable, presentada por dos formidables oradores. Acabaron su charla citando a Cecilia, la esposa del buen Fritz: «Hoy somos la nostalgia del pasado. ¿Qué nostalgias dejó de contar Manuel Buendía?» En semejante momento romántico estábamos cuando Taibo descubrió que en la nueva Carpa del Encuentro ya no estaba la campanita de siempre y, con razón, nos riñó. Habrá que arreglarlo, ¿no? Tomen nota. Y de la investigación irrepetible de Glöckner, también.

En estas se nos hizo de noche. Y cuando ya los gatos eran pardos llegó el turno de cerrar la jornada literaria con la entrega del catálogo de Trabajar cansa. Ojo: el acto generó aplausos antes de empezar, en el preciso momento en que se colocó en el estrado la bandera palestina, símbolo que esa nos acompaña en esta XXXIX Semana Negra, hoy y siempre. «¡Vamos a regalar libros!», proclamó Ángel de la Calle, uno de los autores antologados junto a Elena Mistrello, Elías Taño y Alfonso López y Miguelanxo Prado, que no pudieron estar físicamente pero sí sobre el papel.
La obra, que se publica contra los discursos hegemónicos y hace suya una narrativa propia con el objeto de exponer la realidad de un mundo laboral dominado por la precariedad y unas cifras terribles. «En el primer cuatrimestre del año 2026, en el estado español se ha producido un récord de gente que muere en el trabajo. Eso quiere decir que en la época de mayor desarrollo técnico y tecnológico de la historia de la humanidad es cuando más gente muere en el trabajo», dijo, certero, Norman Fernández, antes de dar paso a los autores.
La primera fue Elena Mistrello, que aborda en su obra conjunta con Tiziana Baccaro el Síndrome Italia, que afecta a las trabajadoras de los cuidados. La historia de la rumana Basilica, producto de una investigación muy minuciosa, sirve para mostrar los efectos del síndrome y entrelazar la cuestión del trabajo con la del género. «Es una historia de clase», afirmó Mistrello, quien subrayó la potencia que puede tener el cómic para contar algo para lo que las palabras no llegan.
Elías Taño, que mañana presentará en la Semana Negra su obra Garafía, nos adelantó el argumento de la misma: la historia de su abuelo emigrado a la octava isla canaria, Venezuela, y su abuela, que se quedó en Gran Canaria, convirtiéndose en una de esas mujeres que por medio de prácticas colectivistas, de un anarquismo primitivo, consiguieron sobrevivir a una época oscura en Canarias y todo el país.
Finalmente, Ángel de la Calle explicó cómo llegó a relatar gráficamente la épica de la Huelgona, la primera que hizo «que un ministro de Franco vaya a hablar con los trabajadores sin pasar antes por el sindicato». Para ello, por encargo de Comisiones Obreras, contó con la ayuda del historiador Rubén Vega. Cerró recordando a Tina la de la Juécara, que «no estuvo en la Semana Negra, porque murió en 1976, y el gobierno prohibió que la gente saliera a la calle a acompañar al entierro… pero ese día se agotaron las flores en todas las floristerías de Asturias».
Pepe Gálvez sería el último en tomar la palabra. Calificó el libro, que después se entregó como un «libro de cultura de combate, de cultura crítica. Pone en evidencia cómo la cultura hegemónica ha ocultado dos elementos: las condiciones en que la clase obrera realiza su trabajo, y el otro, la creatividad del trabajo». No solo el capital es el que crea bienes. Los obreros y las obreras, los primeros. Y nosotros, en esta Semana Negra tan generosa que regalamos libros por doquier, también. Nos lo quitaron de las manos y fuimos felices. Ahora sí.