Cuántas historias caben en una planta

Arantza Margolles Beran

Arantza Margolles Beran

2026-07-08

 

«¿No ez incdeíble cuántaz cozaz caben en un lápiz?», decía un ilusionadísimo Guille, el hermano de Mafalda, grafito en mano, después de pintar el pasillo de su casa con los mil mundos que, en efecto, caben en un lápiz, pero también (y no por ello menos importante) en la cabeza del niño que lo sujeta. Caben tantas cosas en un lápiz, o en un bolígrafo; tanto cabe en la literatura entera que es inabarcable, y sorprendentes las pasiones que de ella pueden llegar a surgir. Les cuento que hace un tiempo nos hicimos en esta, la unidad familiar de quien esto les escribe, con una casita de pueblo, con mucho que arreglar y una finquita respetable (especialmente grande durante el tiempo estival, cuando hay que segar semanalmente), siguiendo esa dinámica que ya empezara cuando la pandemia de volver al rural. Tendencia esta que analizaremos, por cierto, hoy en la Semana Negra, a las 19 horas y en la Carpa de la Palabra, con la mesa redonda De la Asturias rural al mundo: proyectos artísticos y culturales con identidad propia, en la que, moderados por Vanessa Gutiérrez, intervendrán  Constantino Menéndez Kos, Nieves González Nievesita y Pablo Canal El Sidru. Y mañana también, en la correspondiente bajo el título Salir de la ciudad, en el Espacio A Quemarropa, a las 18 horas, con Marta del Riego Anta, Luis Artigue  y Óscar Reboiras.

Volvemos al rural, en efecto, y -siempre que no  nos encontremos, como el protagonista de Los asquerosos (Blackie Books), de Santiago Lorenzo, con unos vecinos indeseables- también a los tiempos calmos que nos curan de la Cronofobia de la que el otro día nos vino a hablar Sergio Fanjul. A mi, particularmente, las jornadas de teletrabajo en el pueblo me cunden más (a pesar de las precarias opciones de conexión a Internet o por teléfono que aún tienen nuestros pueblos) y puedo dedicarme a aficiones hasta ahora impensables. La jardinería, por ejemplo; importante giro de los acontecimientos en la vida de quien cuenta en su haber con la muerte de varios cactus y no pocos geranios. Que otra relación más sana con la botánica era posible lo aprendí no en el jardín, sino en la cama, releyendo, en los primeros meses de obras en la casa, la inquietante Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay.

En el clásico australiano, reeditado recientemente por Impedimenta, la autora cuenta con un detalle tal el olor y la delicadeza de las rosas La France (el primer híbrido del té, nacidas en 1867 del ingenio de Jean-Baptiste Guillot) que me obsesioné con conseguir un ejemplar de esta rosa bellísima, tarea que no fue tan difícil como parecía en un primer momento. Cuidar ese rosal es revivir, a diario, las emociones que sentí al leer la novela; recordar, ejercitar la cabeza, disfrutar doble. Volver, en definitiva, a un lugar (los libros también lo son) donde fui feliz. Son muchos los libros que, en los últimos años, han versado sobre las propiedades salutíferas de las plantas para nuestra salud mental, con rigor pero sin olvidar la lírica. Se me viene a la cabeza, por ejemplo, Al verde d’El Cierru, premio Máximo Fuertes Acevedo d’Ensayu en 2025, en el que Iris Díaz Trancho traza sus memorias familiares en torno a cada especie presente en su jardín.

Muy cerca de nuestras fronteras pero más allá de los Pirineos, Vidya Narine nos ha puesto los dientes largos con Orquideísta, una novela breve pero intensa, publicada por Las Afueras, en torno a esta caprichosa flor y todas sus variedades; trufada con fragmentos de la historia, casi de ciencia ficción, del descubrimiento y creación de estas extrañas plantas cuyo cuidado sobrepasa todos los límites del sentido común. Volviendo a las rosas, la multipremiada Valérie Perrin ha visto publicada en España su Cambiar el agua de las floresen la que las rosas son solo aparentemente un personaje secundario pero sobre el que se vertebra una historia dinámica, entretenida y muy adictiva.

Las mujeres, como ven, predominan en esta literatura floral. No es ninguna sorpresa si sabemos que el género femenino lleva estando ahí toda la vida, aunque para ello se hayan tenido que travestir. Me refiero a Jeanne Baret, quien fue compañera (por favor, ¡dejen de llamarnos amantes!) del botánico Philibert Commerson y ella misma botánica aunque su época la forzase a serlo tras la fachada de ama de llaves de Commerson. En 1765, cuando su compañero fue invitado a acompañar a Louis-Antoine de Bougainville a la circunnavegación del mundo encargada por la corona francesa, Baret también se subió al barco, si bien se cuenta que travestida para no levantar la suspicacia de los marineros. A Commerson se ha atribuido históricamente la investigación de todas las maravillosas especies florales que se descubrieron en aquel viaje, incluida la famosísima buganvilla, así nombrada en homenaje al comandante de la misión. Lo cierto, sin embargo, es que la mayor parte del trabajo lo hizo la propia Jeanne: ella recogió la mayor parte de las plantas, que fueron miles; las catalogó y las describió mientras Commerson, aquejado por una severa úlcera, muy incapacitante, se retorcía de dolor en la cama. ¿No es increíble cuántas historias caben en una planta?