De lo onírico a lo real

¿Se dan cuenta de que en las películas y las novelas, invariablemente, el detective protagonista siempre, perp siempre, encuentra sitio a la primera? Lo apuntó ayer, al presentar Vivo en la oscuridad (Bohodón Ediciones), de Víctor Claudín, una novela negra que baja al barro de las corruptelas de la industria musical por medio del asesinato de Anabel Molino, socialité vinculada a los más oscuros grupos de poder.Ambos saben de lo que hablan. Gallo de aparcar (o de buscar aparcamiento) durante una operación policial y Claudín del mundo de la producción musical. No en vano llegó a ser socio de Sabina y a conocer a muchos de los personajes que se mencionan en la novela. Unos se citan con nombres y apellidos, otros o no se debe o no se puede. Pero siempre entendiendo, como se dice en la novela, que «el artista nace para rebelarse contra el esfuerzo al enfrentarse contra el trabajo programado».
Porque, como dijo Claudín, el trabajo creativo cuesta mucho esfuerzo, muchas horas de soledad, y sólo resulta cómodo y fácil si es del gusto de uno. «Si lo haces, tienes que hacerlo en libertad», reivindicó Claudín, comenzando por estar libre de ataduras como pensar qué es lo que va a esperar el lector de su libro. Como somos un poco gatos, esos animales que quieren más a quien les ignora que a quien no, tal vez por eso nos guste tanto Claudín. Les gustará saber una cosa: su próxima obra, Miseria, ya está casi preparada para ser editada por Funambulista. La esperamos como agua de mayo.

A las siete se volvió a subir al estrado Ángel de la Calle, doblemente acompañado por Pepe Gálvez, el verdadero presentador del acto, ya que Norman Fernández se autodefinió como personaje. Y lo es, ciertamente, en La caja de Pandora, una novela gráfica sobre la Transición española. Porque, como dijo Gálvez, De la Calle es un «gran explorador de historias». Bien lo hemos ido podido comprobar en esta Semana Negra donde aún ayer presentó otra obra, La vida toda, esta como guionista.
Prolífico y militante, comprometido y en efecto un gran conector de historias all around the world y a lo Cortázar (el piropo se lo dio Gálvez), Ángel de la Calle confesó haber pedido para su charla, en realidad, a Cristina Fallarás, pero no pudo ser. Bueno, pero da igual: la cuestión es que De la Calle quería contar una historia que fuera de 1973 a 1980, y lo hizo a través de las indagaciones en torno a un Juan Ángel de la Calle, autor de cómic, que no era él pero que realmente existió, desapareciendo sin dejar rastro hace más de treinta años… como la Transición.
Será ardua tarea que nos guie a través de aquel periodo turbulento en el que ganaban y perdían los mismos de siempre. «¿Qué le pasa a un artista si pertenece a las clases subalternas?», se preguntó De la Calle para contestarse a sí mismo justo después: «Que acaba mal. Si perteneces a las privilegiadas tienes tu loft en Manhattan, te filman un documental»… Nosotros creemos saber a quien se refería; on the streets of Philadelphia, pero haga las cábalas el lector, que es más divertido. Como la confianza da asco, y como también estos encuentros frente al mar siempre van cogiendo su ritmillo y caldeándose, Norman Fernández acabó preguntando si «es Ángel de la Calle un tipo intelectualmente violento», le preguntó Norman, en referencia a aquella sentencia, real, a los DelTonos. «La violencia es revolucionaria, es la brutalidad lo que es reaccionario. Nacemos con violencia ya», contestó el emérito. Y no sabemos si fue violencia, pero desde luego sí verdad el cómo acabó el encuentro: contra las oposiciones silenciosas que llevaron al silencio; al impedirnos decir: «Eres un facha de muerda, y deberías cubrirte de mierda como debería cubrirse de mierda todo el franquismo». Pero, a pesar de eso, «los derrotados suelen ser invencibles»: ese fue el remate de Norman. Cómo se nota que se conocen bien, y que se quieren, estos dos. Y, a tenor del aplauso, que los queremos.

Socorro Suárez Lafuente fue la encargada de presentar a Monika Zgustová, autora de La traductora de haikus (Galaxia Gutenberg), una novela en la que explora el choque idiomático y psicológico del el exilio en una traductora checa que, huyendo del régimen comunista, se traslada a Estados Unidos. El libro, afirmó la autora, toca los dos puntos clave de su obra: uno, la mujer, «porque necesitamos que se hable de nosotras, intento hacer que entre dentro del imaginario popular la mujer como víctima, porque también hubo muchas».
Otro, el exilio político, un tema que le toca de cerca por la experiencia de su familia, de la que bebe la trama. En La traductora de haikus , la protagonista, Jana, decide estudiar japonés por el hecho de que, en ese idioma, la grafía represente una idea y no un sonido. Zgustová, ella misma traductora, ha querido hacer con esta obra un homenaje a este oficio que conecta literaturas, mundos y palabras. A la par, reflexiona también sobre Penélope, de la que dice que es «un personaje qe siempre nos han dicho que era pasivo, pero ¿es cierto que esperaba a su marido cuando finalmente no lo reconoció?», y que, además, y aunque esto no se cuente tanto, también fue reina. Y, por cierto, no de las malas.



Y la tarde fue cayendo, y llegó la noche, y, con ella, también Las fronteras (Siruela), la distopía en la que Carolina Sarmiento imagina un mundo al borde de la destrucción, extremo que solo se podrá evitar reservando un espacio exclusivo para la naturaleza, lo que obligará a desplazar a parte de la humanidad. Un libro «muy rítmico, muy visual, con un tono que enseguida te atrapa»: así lo definió el conductor del acto, Igor Paskual, «un Miguel Delibes a la inversa; con una visión de la naturaleza posmoderna, sin romanticismos».