De lo onírico a lo real

Arantza Margolles Beran

Arantza Margolles Beran

2026-07-06


¿Se dan cuenta de que en las películas y las novelas, invariablemente, el detective protagonista siempre, perp siempre, encuentra sitio a la primera? Lo apuntó ayer, al presentar Vivo en la oscuridad (Bohodón Ediciones), de Víctor Claudín, una novela negra que baja al barro de las corruptelas de la industria musical por medio del asesinato de Anabel Molino,  socialité vinculada a los más oscuros grupos de poder.Ambos saben de lo que hablan. Gallo de aparcar (o de buscar aparcamiento) durante una operación policial y Claudín del mundo de la producción musical. No en vano llegó a ser socio de Sabina y a conocer a muchos de los personajes que se mencionan en la novela. Unos se citan con nombres y apellidos, otros o no se debe o no se puede. Pero siempre entendiendo, como se dice en la novela, que  «el artista nace para rebelarse contra el esfuerzo al enfrentarse contra el trabajo programado».

Porque, como dijo Claudín, el trabajo creativo cuesta mucho esfuerzo,  muchas horas de soledad, y sólo resulta cómodo y fácil si es del gusto de uno. «Si lo haces, tienes que hacerlo en libertad», reivindicó Claudín, comenzando por estar libre de ataduras como pensar qué es lo que va a esperar el lector de su libro. Como somos un poco gatos, esos animales que quieren más a quien les ignora que a quien no, tal vez por eso nos guste tanto Claudín. Les gustará saber una cosa: su próxima obra, Miseria, ya está casi preparada para ser editada por Funambulista. La esperamos como agua de mayo.


A las siete se volvió a subir al estrado Ángel de la Calle, doblemente acompañado por Pepe Gálvez, el verdadero presentador del acto, ya que Norman Fernández se autodefinió como personaje. Y lo es, ciertamente, en La caja de Pandora, una novela gráfica sobre la Transición española. Porque, como dijo Gálvez, De la Calle es un «gran explorador de historias». Bien lo hemos ido podido comprobar en esta Semana Negra donde aún ayer presentó otra obra, La vida toda, esta como guionista.

Prolífico y militante, comprometido y en efecto un gran conector de historias all around the world y a lo Cortázar (el piropo se lo dio Gálvez), Ángel de la Calle confesó haber pedido para su charla, en realidad, a Cristina Fallarás, pero no pudo ser. Bueno, pero da igual: la cuestión es que De la Calle quería contar una historia que fuera de 1973 a 1980, y lo hizo a través de las indagaciones en torno a un Juan Ángel de la Calle, autor de cómic, que no era él pero que realmente existió, desapareciendo sin dejar rastro hace más de treinta años… como la Transición.

Será ardua tarea que nos guie a través de aquel periodo turbulento en el que ganaban y perdían los mismos de siempre. «¿Qué le pasa a un artista si pertenece a las clases subalternas?», se preguntó De la Calle para contestarse a sí mismo justo después: «Que acaba mal. Si perteneces a las privilegiadas tienes tu loft en Manhattan, te filman un documental»… Nosotros creemos saber a quien se refería; on the streets of Philadelphia, pero haga las cábalas el lector, que es más divertido. Como la confianza da asco, y como también estos encuentros frente al mar siempre van cogiendo su ritmillo y caldeándose, Norman Fernández acabó preguntando si «es Ángel de la Calle un tipo intelectualmente violento», le preguntó Norman, en referencia a aquella sentencia, real, a los DelTonos. «La violencia es revolucionaria, es la brutalidad lo que es reaccionario. Nacemos con violencia ya», contestó el emérito. Y no sabemos si fue violencia, pero desde luego sí verdad el cómo acabó el encuentro: contra las oposiciones silenciosas que llevaron al silencio; al impedirnos decir: «Eres un facha de muerda, y deberías cubrirte de mierda como debería cubrirse de mierda todo el franquismo». Pero, a pesar de eso, «los derrotados suelen ser invencibles»: ese fue el remate de Norman. Cómo se nota que se conocen bien, y que se quieren, estos dos. Y, a tenor del aplauso, que los queremos.


Socorro Suárez Lafuente fue la encargada de presentar a Monika Zgustová, autora de La traductora de haikus (Galaxia Gutenberg), una novela en la que explora el choque idiomático y psicológico del el exilio en una traductora checa que, huyendo del régimen comunista, se traslada a Estados Unidos.  El libro, afirmó la autora, toca los dos puntos clave de su obra: uno, la mujer, «porque necesitamos que se hable de nosotras, intento hacer que entre dentro del imaginario popular la mujer como víctima, porque también hubo muchas».

Otro, el exilio político, un tema que le toca de cerca por la experiencia de su familia,  de la que bebe la trama. En La traductora de haikus , la protagonista, Jana, decide estudiar japonés por el hecho de que, en ese idioma, la grafía represente una idea y no un sonido. Zgustová, ella misma traductora, ha querido hacer con esta obra un homenaje a este oficio que conecta literaturas, mundos y palabras. A la par, reflexiona también sobre Penélope, de la que dice que es «un personaje qe siempre nos han dicho que era pasivo, pero ¿es cierto que esperaba a su marido cuando finalmente no lo reconoció?», y que, además, y aunque esto no se cuente tanto, también fue reina. Y, por cierto, no de las malas.

La investigación sobre el germen asturiano del 11-M llevó a Leticia Álvarez, actual directora de El Comercio, a ganar el Premio Ortega y Gasset de Periodismo y ahora a presentar en esta Semana Negra su Trashorras (Editorial Debate), para el que se hizo acompañar por Alejandro M. Gallo. Una investigación posterior a que la periodista desvelase la trama asturiana del 11-M, lo que propició que durante un tiempo tanto ella como El Comercio estuvieran vetadas por el propio José Emilio Suárez Trashorras, «el avilesino que puso en manos de una célula terrorista marroquí 200 kilos de dinamita empleados en la masacre del 11-M», y hasta por su madre. Detrás del individuo había una familia organizada, estructurada, que protegía a quien no dejaba de ser un ser querido, explicó Álvarez. Es de entender. El Comercio había descubierto no  solo la trama del 11-M, sino que tres años antes, en 2001, ya traficaba con dinamita, algo que ponía en evidencia que, si el sistema no hubiera fallado entonces, tal vez no se hubiera facilitado la masacre.
Se refiere Álvarez de la Operación Pipol, que implicó a gran parte de los después procesados del 11-M. Por entonces, la situación de confidente infirió a Trashorras cierto estatus, tal vez alguna legitimidad dentro del submundo criminal; pero lo más grave fue que la investigación pasase por alto la aparición de dinamita en una operación antidroga. Pero todo había empezado mucho antes. La participación del avilesino había virado, como tantas otras, desde el fracaso en los estudios hasta los primeros trapicheos, un factor común para terroristas de uno y otro lado; recordaba Gallo, por ejemplo, los paralelismos con uno de los asesinos de la matanza de Atocha o de no pocos etarras. Era Trashorras, para Álvarez, un personaje similar a los de Historias del Kronen, que partió de tener casa, posibilidades para estudiar o trabajar, pero prefirió «vivir la vida banal, superficial, por encima de tus recursos». «A mi me llamaba  mis amigos plusmarquista», comenta la periodista que le dijo Trashorras: lo llevaba todo de marca; cualquier cosa, con tal de obtener dinero y mantener ese tren de lujo, era válida. El resultado fue el mayor atentado de la historia  de Europa, casi 200 muertos. Para aprender… y no olvidar.
Orfidal y Caballero , de Ángeles Caballero, contó con la presencia de la autora -recién llegada de hablar de Nora Ephron en el Espacio de A Quemarropa: ¡cuánto se corre de una carpa a otra en este festival!- y la presentación de Mercedes Villa. Se trata de la historia de la propia vida de la autora, autodefinida como «una mujer con carro de la compra que escribe» que ya habíamos conocido en Los parques de atracciones también cierran , en el que abordó el paso a ser cuidadora de sus padres, pero que ahora se enfrenta a la crianza de unos hijos adolescentes. Cuidado, en todo caso. Cuidados. Con drama, sí, pero sobre todo con ironía y humor, que a Caballero le sobra. «Si no lo tuviera, dedicándome al periodismo político, ya las cajas de orfidales hubieran volado», nos dijo, a la par que reconoció no pensar en exceso cuánto se exponía o no en sus libros. Manuel Jabois, «un comodín extraordinario», le dijo una vez que, de hacerlo, acabaría por no  escribir.
La periodista definió su libro como  «un diario donde no solo hablo de periodismo, sino de mi relación con el feminismo; mi relación con las redes sociales», con todo su hate, y un lugar donde habla «de lo que me emociona, de lo que me gusta, de lo que me hace resistir». Y se acabó con un desideratum: «Mañana hay que celebrarlo todo, y, si no, lo lloraremos todo». Se refería a ese Transgresoras que se dedicará a Tina Modotti, lo primero, y a la posible victoria de España con Portugal, después. ¡Hay tiempo para todo!

 

Y la tarde fue cayendo, y llegó la noche, y, con ella, también Las fronteras (Siruela), la distopía en la que Carolina Sarmiento imagina un mundo al borde de la destrucción, extremo que solo se podrá evitar reservando un espacio exclusivo para la naturaleza, lo que obligará a desplazar a parte de la humanidad. Un libro «muy rítmico, muy visual, con un tono que enseguida te atrapa»: así lo definió el conductor del acto, Igor Paskual, «un Miguel Delibes a la inversa; con una visión de la naturaleza posmoderna, sin romanticismos».

La temática, la naturaleza, es algo que la autora confesó que le atrae. Ya en Vresno tuvo un papel importante y ahora alcanza el protagonismo. ¿Cuál es la utopía de Las fronteras«Que todos los gobiernos se pongan de acuerdo para quitarse del yo y dar un paso adelante a favor de la tierra, que es desocupar la mitad del planeta». Esa utopía tiene como consecuencia la desaparición de un pueblo y de los humanos; la recuperación de la naturaleza… sin embargo, la estructuración de los personajes, apuntaba Paskual, se asemeja a un western en lo ambiguo de sus personajes. «Todas las fronteras son lugares de ambigüedad, me gusta que transiten por esa dualidad moral», explicó Sarmiento. También la que separa lo onírico de lo real, ese lugar al que, ya llegada la oscuridad sobre la playa del Arbeyal, estamos a punto de llegar. Finaliza ya la jornada en la Carpa del Encuentro. Mañana más libros para soñar, para aprender, para militar, para gozarla.