De lobos, referentes y revolución

Domingo agitado pero no revuelto aunque un tanto revolucionario en un Espacio AQ que dio cabida en la medida de lo imposible a presentaciones y actividades tan variopintas como espectaculares. Comenzamos dando caza junto a Norman Fernández a una esquiva pieza de literatura dibujada, ensayo en formato de cómic o historieta entre la no-ficción y el reportaje en primera persona, con la presentación de La espera (Garbuix Books), donde su autor, el periodista e ilustrador Mario Trigo, intenta atrapar ni más ni menos que al lobo ibérico en plena naturaleza, para comprender cómo y por qué se ha convertido en el animal más polémico, amado y odiado de la fauna hispana.
Hacia 2015, la revista de viajes y naturaleza Altair envió a Trigo a Riaño para seguir y documentar los avistamientos de una manada lobuna y esta experiencia se ha convertido en La espera. Trigo, fascinado desde siempre por el lobo como mito y personaje literario, desde Verne o Jack London hasta Angela Carter, ofrece un retrato sensible a la par que objetivo de la vida del lobo salvaje, de su relación con la manada, con la caza y la crianza, amén de con el ser humano. Al mismo tiempo, su autor convierte La espera en una suerte de crónica lobuna del pueblo de Riaño, cuya memoria está tan íntimamente ligada a este animal, a través sobre todo del tema de la espera en sí: espera a que aparezca o no el lobo, a que se le dé o no caza, espera en los puestos de vigilancia rurales, metáfora de esa espera constante que es la vida misma.

A continuación, Dulce Gallego se trajo de la mano a Rocío Álvarez, Eva Tirado y Ariadna Moneo, en representación de la asociación Mar de Niebla, que explicó con detalle su proyecto de integración ciudadana en el barrio de La Calzada, que incluirá la creación de un centro comunitario con comedores sociales y múltiples actividades de formación e información para jóvenes, tanto en cuestiones profesionales como culturales, a fin de dinamizar el barrio y a sus vecinos, creando nuevas oportunidades de trabajo, ocio, cultura y activismo social. Un lugar de encuentro, convivencia e intercambio, tan justo como necesario.

Llegó después el turno para la literatura y lo hizo con una figura fundamental y casi fundacional dentro de la SN, la de la escritora asturiana Laura Castañón, que durante años formara parte esencial del equipo de la Semana, pero que en esta ocasión vino, como en otras anteriores, con un nuevo libro bajo el brazo: su novela La geometría de la memoria (Alt Autores Editorial). “Geometría” que no “Geografía” como los duendes digitales se han empeñado estos días en retitular el libro enredando lo suyo. Contó Laura con un introductor de lujo, el librero a la par que erudito lector y amante de las letras (sobre todo de las buenas) Rafael Gutiérrez Testón. Juntos abordaron el meollo de esta historia de mujeres de distintas épocas y lugares, que se van entrelazando saltando a través del tiempo y el espacio, para documentar por medio de la ficción un momento histórico que abarca desde la Asturias de la Revolución del 34 y la posguerra hasta prácticamente el día de hoy, siguiendo el retorcido hilo de la memoria, sin el cual acabaríamos todos por perecer a manos de algún nuevo Minotauro.
En La geometría de la memoria, Laura Castañón nos enfrenta con el hecho de que mucho de lo que dimos por supuesto durante la Transición y después no es tan seguro ni fiable. Acude a la memoria familiar de sus orígenes en la Cuenca Minera, aunque sea a través de un pueblo ficticio que no obstante bien pudiera ser real, rescatando episodios tan emotivos como aquel del “pan de la mina” que ofrecían los mineros a sus hijos a la vuelta del pozo, cuando volvían vivos, para reflexionar así sobre la construcción de la identidad y la necesidad de conservar los lazos históricos con el pasado. A lo largo de una charla por la que se asomaron Manuel Vicent, Juan José Millás o Ana Frank y su diario, quedó claro que si no queremos que nos pase como a Elsa, una de las protagonistas de la novela, sorprendida mientras anda rebozando pescado por la imagen televisiva de su hija en una manifestación de extrema derecha, más vale que nos pongamos las pilas y no dejemos caer en el olvido de dónde venimos, ligando así nuestra experiencia individual a la colectiva y construyendo no solo memoria, sino también futuro.

Curiosamente, este tema enlazó perfectamente con la siguiente presentación. La del libro de memorias Contra el olvido, del periodista, escritor, promotor cultural y musical, director teatral e izquierdista eterno y de pro Víctor Claudín, que entró en el Espacio AQ junto a nuestro Gallo favorito, el gran Alejandro, que no quiso evitar cierta socarronería al comentar que venían de carpa en carpa y tiro porque me toca, pues Claudín y él acababan de presentar la nueva novela de este en la Carpa del Encuentro, la premiada Vivo en la oscuridad (Bohodon), y ahora tocaba presentar aquí su autobiográfico ensayo… Y menos mal que no tenía otro libro recién publicado, porque entonces tendrían que seguir saltado a la siguiente carpa sin poder ni querer remediarlo.
Claudín, que fuera representante artístico de míticas figuras de la canción protesta del Tardo-franquismo y la Transición como Paco Ibáñez, Luis Pastor o Manolo Tena y dirigió durante años el Teatro Alfil, confesó ante Gallo y el numeroso público asistente que su libro es tanto un homenaje a su padre, quien arrostrara varios años de cárcel y persecución durante el franquismo, como a su tío, Fernando Claudín, militante y dirigente comunista que acabaría enfrentado con la ortodoxia del Partido junto a Jorge Semprún. En su esencia, Claudín rememora y documenta profusamente en su libro la frustración, no exenta de culpa, de una izquierda traicionada por las perspectivas nunca del todo cumplidas de la Transición y Democracia españolas. Por haber rendido posiciones esenciales, como el marxismo o la defensa de la República, mientras la derecha franquista seguía atrincherada y encostrada en el sistema democrático. De aquellos barros estos lodos. O al revés, que nunca me aclaro. Se recordó también el crepúsculo a mediados de los 80 de las estupendas revistas culturales y políticas de la Transición, desaparecidas en su mayoría sin combate y en muchas de las cuales colaborara también Claudín, pero, sobre todo, se insistió en cómo La Movida, promovida por el PSOE, terminó con los cantautores (con excepción de los ya muy consagrados), algo que, perdonen ustedes mi sinceridad, no puedo ni pude en su momento lamentar demasiado.
Sea como fuere, la presentación terminó con una llamada a la esperanza no carente de cierto cándido pero necesario optimismo: por más que las cosas se vean cada vez peor, hay que mantener la memoria y la esperanza, la lucha y la resistencia. Al fin y al cabo, Claudín dedica estas memorias a su padre, pero con la esperanza de que su hijo las lea, para conseguir, en definitiva y como apuntó Gallo, que “se olvide el olvido”. Eso sí: dejemos ya de echar la culpa de todo al reguetón y pensemos, por ejemplo, en un reguetón de izquierdas. Si hay güevos, bro.

Llegaron después las Transgresoras y lo hicieron, cómo no, transgrediendo: colgando en la mesa los rostros de un montón de escritoras en protesta por la práctica ausencia de autoras entre las imágenes que decoran la Carpa del Encuentro, convertida así en Carpa del Desencuentro. Dicho lo cual, Chusa y Dulce pasaron a presentar a la encargada de introducir a la Transgresora del día, la periodista y escritora Ángeles Caballero, colaboradora habitual de El país, TVE, La sexta y la Cadena SER, que además de traer su nuevo libro bajo el brazo, Orfidal y caballero (Arpa), vino a glosar con entusiasmo más que justificado la figura de la escritora, novelista, periodista, realizadora, productora y, sobre todo, brillantísima guionista de Hollywood, Nora Ephron (1941-2012).
¿Cómo no caer rendidos ante la creadora de Cuando Harry encontró a Sally, Se acabó el pastel, Algo para recordar, Tienes un email e incluso, en registro bien distinto, la escalofriante Silkwood? Sin necesidad de manifestarse ruidosamente como feminista militante, Ephron hizo más que muchas por poner a la mujer profesional, independiente y creativa en el mapa del Hollywood de los 80 y los 90, además de colaborar en medios tan peculiares como la prestigios revista Esquire (o sea: “Caballero”, toma ya). Usando un humor tan ácido como ocurrente, tan ingenioso como cargado de profunda ironía y mala leche, Nora Ephron fue mucho más que una Woody Allen femenina: una figura genial, que supo darle el tartazo de no-boda definitivo a su adúltero esposo, el más que prestigioso periodista Carl Bernstein, quien junto a Woodward destapara el Watergate, capaz de reírse de todos e incluso de sí misma, manteniendo al tiempo prácticamente en secreto el cáncer que se la llevó prematuramente con 71 años.
Nora Ephron fue tan Transgresora como la que más, aunque quizá en un estilo y registro diferente, en el que también habría que incluir a otras humoristas judías tan esencialmente urbanitas y neoyorquinas como ella, como Fran Lebowitz, la también guionista y directora Elaine May o la actriz, guionista y activista sindical Fran Drescher. Autoras que animo desde aquí a que figuren entre las futuras Transgresoras que visiten, aunque sea vicariamente hablando, la SN y nuestro espacio AQ. Hay que reivindicar y mucho la gran escuela del humor femenino y feminista judío neoyorquino.
Todavía estábamos sonriendo ante algunas de las hirientes e ingeniosas frases dedicadas por Nora a su ex-marido, cuando, de repente, llegó la Revolución. El Espacio AQ se vio invadido, con nuestro beneplácito, por supuesto, por el mismísimo Fidel Castro, elevado al cuadrado, mientras la mesa de los ponentes y la carpa entera se llenaban a reventar de asturianos y cubanos hermanados no solo por el homenaje al desaparecido líder de la Revolución cubana y presidente del país hasta su muerte en 2016, así como por la presentación del libro colectivo Fidel, cien años de futuro, a cargo de varios de sus autores, en un acto tan emotivo como multitudinario, organizado por la Asociación Lázaro Cárdenas, sino por el común pasado de tantos y tantos migrantes asturianos que encontraron en la isla caribeña una segunda patria.
Unos lazos astur-cubanos que pasando por los indianos que vinieron de allá para dinamizar económicamente Asturias gracias a su fortuna hecha en Cuba, van mucho más allá de lo ideológico y político, para abarcar lo humano, cultural y hasta culinario (¡el camarada arroz con leche!). Un acto revulsivo y revolucionario que, poniendo punto final a una jornada casi literalmente A Quemarropa, increpó y se dirigió no solo a los camaradas comunistas e izquierdistas que siguen y seguirán siempre fieles a Fidel (valga la redundancia), sino incluso a una derecha española cegada por la estulticia, que no se da cuenta cabal de que Cuba sería quizás hoy España de no ser por los imperialistas estadounidenses de antaño, los mismos que hogaño ahogan a los cubanos llevándolos al abismo del hambre y la pobreza al tiempo que se burlan de los españoles celebrando la gran farsa del hundimiento del Maine, que dio pie a su invasión de la entonces aún isla española. Ya lo dijo Fidel: el enemigo es Estados Unidos. Amén.