Dibujar la vida
La Semana Negra de este 2024 abre sus puertas en la estela del cartel que para la ocasión ha realizado Edmond Baudoin. Una obra que responde a las características definitorias de su creador, cuya sensibilidad y talento le convierten por derecho propio en una de las firmas más inclasificables y valiosas del llamado noveno arte.
El pincel o el rotulador se mueven sobre el papel, depositan su mensaje, lo construyen como un gesto que no va a desaparecer, que va a permanecer, que se va a tocar, rozar o fusionar con otros. Sobre la superficie blanca, los trazos intentan reproducir lo que la memoria de la mirada dicta a la mano. Su movimiento define signos, forma figuras que, incluso en su estatismo original, parecen agitarse internamente. En la obra de Edmond Baudoin, las rocas, los árboles, los pequeños muros de piedras, las montañas que rodean Niza, los lagos canadienses, siempre están en relación con el hombre; forman parte de una coreografía en expansión hacia continuas interrelaciones. En sus viñetas, los niños, los chavales de los suburbios, los ancianos y, sobre todo, las mujeres se nos representan muchas veces como en una animación suspendida, en un brevísimo relato del movimiento, del cambio. Hasta las cabezas se abren para poder mostrar lo que sucede dentro de ellas, o para indicarnos el flujo de pensamientos, ilusiones, miedos, angustias y obsesiones que circula entre el interior de las personas y el mundo exterior, en ambas direcciones.
¿Cómo reflejar el mar, las olas siempre en continua variación? Quizás con la conversión de la página en una gran viñeta en la que el cuerpo femenino se metamorfosea en una tierna tensión entre la búsqueda de la propia identidad y el deseo de estallar y volar, para ser tantos otros, y otras, como sea posible.
El pincel o el rotulador se mueven sobre una superficie en blanco, sobre una representación del silencio en la que el trazo, el punto, la mancha, la línea recta, curva, o angulada emiten un sonido propio, cuyo eco la mano y la mirada captan. Vista y tacto se convierten en oído que recibe el estímulo que pide una respuesta para continuar, para corregir, para complementar la música del dibujo.
1999. Julio. Gijón. Semana Negra. Es de noche. El orbayu desmenuza el agua sobre el recinto ferial. En la carpa principal, el escenario de debates, charlas y presentaciones se ha disfrazado con una gran tela blanca que se levanta en forma de pantalla o de lienzo de cuadro en blanco. Cuando se hace el silencio, se inicia la performance. La estilizada figura, casi solo silueta bajo las luces, de Carol Vanni, escenógrafa, bailarina y escritora, inicia el movimiento de su cuerpo. La tela ya no es blanca, la mano de Edmond Baudoin danza pinceladas negras sobre ella, en tierna lucha para recrear el movimiento de Carol, o, mejor dicho, la historia que aquel sugiere. El diálogo está abierto, los ojos desean que el tiempo ralentice su paso, que no se nos escape el fluido que une la expresión del cuerpo femenino y la mano del dibujante, que esta sucesión de momentos no encuentre su final. La voz de Jacques Brel se añade a la hasta ahora muda conversación, y los agridulces fantasmas de la añoranza, la ingenuidad o el presentimiento del dolor se desprenden de la canción Mon enfance. Hacia el final de esta, Carol se ha escondido detrás de la tela y solo se ve un brazo. Baudoin dibuja una flor que sale de la mano de ella. La misma mano que, cuando Brel canta con dolor «Et la guerre arriva», rasga el papel con una grieta que es un grito que rompe el dibujo y paraliza al dibujante.
2024. Gijón, de nuevo. Edmond Baudoin realiza el cartel de la Semana Negra. Para ello ha escogido una las imágenes más emblemáticas y con más significado de la ciudad: la escultura de Ramón Muriedas La madre del emigrante. Baudoin hace que la imagen de La Muyerona ocupe la centralidad del cartel, extendiendo su mano hacia adelante, como lo hacía el brazo de Carol Vanni al final de la performance 25 años atrás. Ese mismo presentimiento del dolor de la canción de Brel es ahora una realidad en la escultura de Muriedas, que el trazo del autor francés recrea. Aquel grito con que finalizaba aquella performance a la par que se rasgaba el dibujo, está también presente, aunque mudo, en el rostro y el gesto de La LLoca del Rinconín, mientras también se rasgaba algo en el interior de la madre que contempla alejarse a sus hijos e hijas. Pero Baudoin ha decidido añadir algo más al cartel, una figura en la esquina inferior derecha, que mira hacia quien contempla el cartel. ¿Se trata de un/a refugiado/a? ¿Nos está hablando Baudoin de que aquellos hijos e hijas que emigraban desde acá entonces son ahora quienes mueren en el Mediterráneo tratando de llegar a Europa o que son refugiados/as en su propia tierra como palestinos y palestinas? Edmond no nos da la respuesta, tan solo plantea las preguntas para que quien mira las resuelva. Para eso es el arte.