Era solo un perro
Se nos fue en silencio, como él era, sin querer estorbar. Necio siempre, se negó a irse cuando los que entienden pensaban que lo haría y vivió, a plato puesto y con todos los caprichos que solo se le dan a quien ya nada espera, casi un año y medio más del terrible diagnóstico: perro aquejado de varios cánceres; quince años cumplidos; si fuera humano sería octogenario, o tal vez nonagenario; nada que hacer; proponer sacrificio. No ocurrió entonces, ni tampoco al siguiente enero, pero sí este próximo pasado, y su ausencia, aunque esperada, nos cubrió de hielo. Luego llegó la primavera, y después el verano, y el calor fue derritiendo la pena y cerrando la brecha que esa dilatación, la que convierte el presente en pasado, nos abrió en el corazón.
Así fueron los últimos meses, los primeros sin Kazán. A pesar del nombre, poco se parecía el nuestro al de James Oliver Curwood: en vez de orejas apuntadas hacia el cielo las tenía rechonchas y colgantes, marrones y blandas, a semejanza de dos filetes empanados; prefería el delicioso olor de las boñigas de caballo a correr por la nieve y difícilmente hubiera aguantado sereno una noche de ayuno en el Gran Norte canadiense, donde no hay carne de pollo ni trocitos de queso que robar. Pero era nuestro Kazán, que es lo único que importa. Este, o debiera decir ya aquel, beagle testarudo que nació, bendita casualidad, pocos días antes de que arrancase la XXIII Semana Negra, la última que se celebró en L’Arbeyal antes de ahora.
No había llegado yo a reparar en esa coincidencia aún cuando, el otro día, me senté en la terraza del Silver Café para hacer tiempo a que empezase todo el mogollón semanero. Absorta en mis cavilaciones y en la lectura de Gerda Taro. Fotógrafa en la guerra de España, uno de los libros que se presentarán en esta edición (será, concretamente, el martes 7, en la Carpa de la Palabra, a las 18.30 horas, con servidora de ustedes en charla con Fernando Olmeda, su autor), no reparé en que tenía vecinos hasta que un lamento me sacó de la concentración. Al levantar la vista, allí estaba: un beagle de orejas fileteables, con la cara marrón y blanca invadida de canas y esa expresión de juez adusto que también tenía Kazán. Rabo en alto -ni tan siquiera en su peor momento he visto jamás a un beagle con el rabo agachado- y mirándome con sus ojos redondos, perlas negras y bobaliconas, implorando (Diosselopagueaustedmuchasvecesseñoraporfavor) un trozo de tortilla.
Son solo perros, dicen. O decían, quiero creer. Lo serán, tal vez, pero cuánto nos sanan el alma. Cómo nos obligan a vivir, los muy cabrones. A salir adelante. Tal vez por eso en los últimos años son muchas y muy buenas las obras que hablan del amor hacia nuestros colegas de cuatro patas. Perros, de la coreana Keum Suk Gendry-Kim, una historia bien estructurada, amable, de las que hacen entrar en calor. Tener un perro, la historia de Jiro Taniguchi con su perro Tam, ¿qué decir?, uno de los cómics que más me han emocionado en mucho tiempo, con los que más pena -de la buena, de la que enseña- he pasado. Pero también me ocurrió con el Jim de François Schuiten o con el final de Su olor después de la lluvia, una novela de Cédric Sapin-Defour llevada al cómic por José Luis Munuera. Son tan breves sus vidas, son, sin embargo, tan importantes en las nuestras, que quizás por eso hay pocas obras con perros como protagonistas que acaben bien.
Dicen que solo son perros pero este año Inma Pelegrín nos ha sorprendido con Fosca, que demuestra de forma dignísima que es posible hacer una novela negra en torno a la pérdida de un perro. Lo presentará en la Carpa de la Palabra a las 21 horas del jueves 9; tienen tiempo de sobra para leérselo desde ahora hasta entonces: yo lo devoré en dos tardes. Y una última recomendación más: hoy, en el Espacio A Quemarropa, a las 17.30 horas, Mario Trigo presentará La espera, un bellísimo cómic sobre el comportamiento de los los lobos que tiene mucho que ver con estos seres a los que tanto amamos. Yo, se lo aseguro, amé mucho a Kazán. No es que lo quisiera, que también: lo amé. A sus ojos bobos, a sus belfas húmedas, a su lealtad inquebrantable. Lo amé porque, hasta el día en que respiró por última vez, se levantaba siempre e a recibirnos. Lo amé porque lo amé. Porque sí, y basta.
Egoístamente hablando, también lo amé porque él me amó. Qué quieren que les diga. Así es la cosa. Este día, ante un beagle que no era él pero se le parecía tanto que dolía, sonreí tanto que me dolieron las comisuras, y la escarcha volvió, a pesar de la canícula, a helarme el corazón. Cerré los ojos y ahí estaba él. Ahí sigue estando él.