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Fecha de la última revisión: 26/04/2024

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Escritores

Luna roja

Lenka Dángel
2024-07-11

La puerta del despacho se abrió con estrépito, dando paso a Corsino. Más ancho que alto, pelo negro de estopa que se le erizaba en la nuca, cuello de toro y mostacho imponente. El contorno de su tripa hacía que Oliver Hardy pareciera un figurín. Con todo, y pese a que siempre resollaba como un morlaco moribundo, era un hombre infatigable.

‒¡O´Donnell! ‒bramó, dirigiéndose al infinito‒. ¡Mueve el culo! ¡Aquí, ya!

Aprovechó los treinta segundos que el inspector tardó en acercarse para limpiarse el sudor, que resbalaba por su enorme cara roja. Mirando al suelo con gesto indescifrable, levantó el brazo y agitó un dosier en el aire.

‒Te quiero en esta dirección lo antes posible. Tienes que ir solo, no tengo a nadie ahora mismo que no esté con el follón de Las Mercedes ‒anunció.

Semejante declaración y un somero vistazo a la carpeta hicieron que el ceño del inspector se frunciera sobre su larga nariz.

‒¿Me estás dejando fuera de un cuádruple homicidio?

‒Mira, no me toques los cojones ‒espetó el Comisario, poniéndose a la defensiva de inmediato‒. La que hay liada es gorda. La prensa no deja de incordiar; me están apretando de muy arriba; y, francamente, después de la cagada con lo de los alemanes, agradece que no estás suspendido. Así que tira de una puta vez y no repliques.

Veinte minutos más tarde, O´Donnell enfiló la Carretera de Los Tilos, arteria de un barrio residencial venido a menos, pero con el encanto que sólo tienen las casas viejas y los jardines escondidos. Con un suspiro desolado, el inspector se llegó hasta la verja, que permanecía entornada, cruzó un corto camino empedrado y accedió a un pequeño porche en el que un banco de madera se disputaba el espacio con la enorme maceta de un naranjo chino. Pulsó el timbre y esperó. Dentro, en algún rincón de la vivienda, le pareció oír música de piano y el graznido de un pájaro.

Durante el trayecto, se había entretenido imaginando el aspecto de la tal Victoria Gassling. Sabía de ella que se dedicaba a escribir noveluchas de crímenes, que tenía unos cuarenta y tantos, soltera y con fama de hermética. Pese a ser una celebridad local, muy rara vez trataba con nadie fuera del gremio de escritores. Rehuía la atención del público. El inspector elaboró el retrato de una rubia solitaria, con piel de alabastro y mirada felina. Casi podía verla con un Helmar entre los labios, las piernas interminables cruzándose con languidez. Aquella imagen, rodeada de un evocador perfume almizclado, se hizo añicos en el mismo instante en que se abrió la puerta. La mujer que le miraba con curiosidad tenía el pelo canoso, la piel bronceada, ojos pardos y un moño descuidado hecho con un lápiz. Llevaba una enorme chaqueta de lana violeta sobre un vestido largo estampado de girasoles, del que sólo asomaban unos tobillos rechonchos enfundados en medias oscuras.

‒Buenas tardes ‒saludó. Al menos, su voz le hacía justicia a aquel nombre maravilloso. Grave y pausada, lo único que se ajustaba a la fantasía del inspector‒. ¿Puedo ayudarle?

‒Buenas tardes, señorita Gassling ‒respondió el recién llegado, procurando disimular su decepción‒. Soy Glenn O´Donnell, de la comisaría de Marqués Rivas.

‒No vendrá a preguntar por el crimen de Las Mercedes, ¿verdad? ‒inquirió la mujer, arqueando las cejas.

‒No, qué va. En realidad, vengo a charlar con usted sobre un colega de profesión suyo que ha aparecido muerto la pasada madrugada.

‒Vasco Garmendia ‒musitó ella, asintiendo con pesar. Pareció reflexionar unos segundos y, por fin, se hizo a un lado‒. Pase, inspector. Por aquí.

El recibidor era amplio y sombrío, presidido por una escalera que giraba perdiéndose en las alturas, un ventanal sucio y una pequeña puerta que parecía dar al jardín. Un arco llevaba al salón, a la derecha. A la izquierda, una cocina enorme y acogedora, con muebles de madera gastada pintados de verde.

‒Iba a hacer café ‒dijo la escritora‒. ¿Le apetece? ¿Prefiere un whiskey?

‒No, gracias. No bebo.

Victoria Gassling se giró sobre sí misma, sorprendida.

‒¿Un irlandés que no bebe? Caramba…

‒Ya lo hacía mi padre por los dos, créame.

La mujer asintió, dejando claro que se hacía cargo de la situación sin necesidad de más explicaciones. Minutos después, los dos revolvían con sendas cucharillas, sentados frente a frente a la mesa.

‒Vasco era maravilloso ‒empezó Victoria, sin necesidad de que se le formulara pregunta alguna‒. Un sesentón encantador, excéntrico, deslenguado y desternillante.

‒¿Cuándo fue la última vez que se vieron?

‒En el festival de novela negra, aquí, en Noega. No me gustan esos eventos, ¿sabe? Pero siempre iba. Por él.

‒Así que eran bastante amigos… ‒sugirió O´Donnell.

‒Más que eso. Fue mi mentor cuando ninguna editorial quería apostar por mí. “Las mujeres no escriben sobre crímenes”, decían. “¡Mentecatos!”, protestaba él. Jamás permitió que me rindiera ‒rememoró Victoria. Tras un leve carraspeo, pareció volver al presente‒. ¿Qué es lo que pasa, inspector? Tenía entendido que lo de Vasco había sido un accidente. Al menos… eso es lo que ha trascendido.

‒Un resbalón en la bañera, sí. Pero me temo que la realidad es diferente. Al señor Garmendia lo mataron. Un golpe en la cabeza, con una figura de bronce.

‒El caballo… ‒musitó Victoria, dando un respingo.

‒¿Cómo sabe usted lo del caballo? ‒interrogó O´Donnell, suspicaz.

‒Vamos, inspector. Está claro que le han enviado aquí por eso. En “Golpe de suerte” describo un crimen exactamente igual. Dígame, ¿cree que asesinaría a un hombre al que adoraba copiando una de mis propias novelas?

‒¿Lo haría? ‒canturreó el policía, con aire soñador.

‒Eso requeriría un increíble nivel de estupidez.

‒O de astucia. Por parecer demasiado obvio.

Victoria estudió al inspector con atención. Se había enamorado de él nada más verlo. Literariamente, claro. Le fascinó su altura, su figura tosca y ligeramente gruesa, la palidez de su rostro lampiño, el pelo de un rojo encendido, los ojos grises, coronados por unas pestañas tan rubias que parecían blancas. Llevaba una gabardina y mascaba chicle. Resultaba fascinante. Tanto como para hacer que la novelista se planteara seriamente jubilar por fin a su esforzado y eterno detective, Arístides Montenegro.

‒¿Garmendia tenía parientes? ‒siguió O´Donnell.

‒Nadie, salvo una tía muy anciana que lo adoraba y que vive en una residencia.

‒¿Amantes?

La mujer ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos con gesto adusto.

‒No estoy al tanto de si tenía aventuras ‒replicó con calma‒, pero sí sé que no tenía pareja. ¿Por qué pone esa cara, inspector? Los homosexuales también se emparejan.

‒¿Lo que intenta decirme es que era un asceta? ‒sondeó O´Donnell, escéptico.

‒Adoraba la palabra “solterón”, de hecho. También en femenino.

‒Discúlpeme, señorita Gassling, pero me cuesta imaginar a un… hombre como Vasco Garmendia llevando una vida de celibato ‒insistió el inspector‒. Coincidirá conmigo en que resulta… inusual.

‒No mucho más que un irlandés abstemio ‒repuso ella, con dulzura.

El rostro de O´Donnell se tiñó de púrpura al instante. Sin embargo, no pudo contener una sonrisa que, por un momento, le hizo parecer guapo. Fingió consultar sus notas, dándose un momento para recomponerse.

‒Bien, sí… ‒farfulló, luchando contra sus ganas de soltar una carcajada‒. Es usted… ¡vaya! En fin… Erm… dígame, ¿quién habría podido, en su opinión, tener algo contra Vasco Garmendia? ¿Se le ocurre alguien?

‒Soy escritora ‒suspiró Victoria, casi disculpándose‒. Se me ocurren centenares de opciones. Pero, si me acepta un consejo, yo en su lugar no me perdería el próximo festival de novela negra. Estaremos todos allí. Rindiendo homenaje a Vasco.

Veinte minutos después, mientras conducía de vuelta a Comisaría, O´Donnell planeaba mentalmente su siguiente paso, tras haber memorizado el tríptico que descansaba sobre su regazo. El tema de aquel año era la obra de Sir Richard Dockery. Entre ponentes e invitados, habría en Noega unos cincuenta escritores y, a decir de aquella pintoresca mujer, cualquiera de ellos podría ser el asesino.

‒No se imagina usted la rivalidad que existe en mi gremio, inspector ‒le había asegurado al despedirse‒. Es algo… indescriptible.

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