Una intensidad… a quemarropa

Penúltima jornada del Espacio AQ, mientras de nuevo el partido del Mundial de fútbol invadía nuestro remanso de tranquilidad, cultura, reflexión y literatura. Pero nosotros, como si nada: empezamos con la presentación del libro La guerra que cambió España (Penguin), del periodista cultural y escritor Miguel Ángel Santamarina, actual editor y redactor de la revista literaria Zenda, que nos tiene a todos prisioneros, acompañado por su colega, el también colaborador de Zenda, Lorenzo Rodríguez Garrido.
Precisamente en Zenda es donde Santamarina se ha hecho tremendamente popular con su serie de artículos Efemérides de la Historia, de la que nace a su vez este libro. Un detallado análisis cronológico, mes a mes, de los momentos cruciales de la Guerra Civil española, cuando se cumplen los noventa años de su inicio, pero que no se limita a recrear las batallas decisivas, como las del Ebro o Teruel; sucesos clave como el fusilamiento de José Antonio o el bombardeo de Guernica, sino que busca también escarbar en historias menos conocidas y más sorprendentes: la fuga del fuerte de San Cristóbal, la historia del único presidente comunista del Real Madrid y otras anécdotas que muestran personajes y hechos cotidianos, aportando una visión más cercana del conflicto fratricida y rescatando voces olvidadas, que nos recuerdan insistentes cómo la Guerra Civil y sus consecuencias siguen marcando profundamente la sociedad y la política españolas de hoy. Esperemos que no tanto como para repetir la experiencia, por favor.

Llegó después el momento más negro de la jornada, con la puesta de largo semanera del libro de ensayos sobre cine y novela negra El último baile (Dykinson), nueva entrega de la ya larga serie de volúmenes dedicados al género coordinados por los expertos Àlex Martín Escribà y Javier Sánchez Zapatero, viejos amigos de la Semana, presentados por Paula Martínez. Libros que antes se editaban al amparo de los míticos y ya desaparecidos Congresos de novela y cine negro celebrados por la Universidad de Salamanca, en alguno de los cuales uno de los firmantes de estas páginas tuviera el placer y el honor de colaborar en tiempos ya lejanos.
Ahora, aunque esta actividad académica haya pasado a mejor vida, Escribà y Sánchez Zapatero se las apañan para seguir entregando el premio literario Pata Negra Domingo Villar, que concedía el congreso, así como para sacar adelante su colección de ensayos colectivos totalmente noir, que en esta ocasión cuenta con la colaboración de más de cincuenta expertos en sus 752 páginas, abordando una variedad imposible de temas relacionados con el más amplio espectro del género negro, que van desde el análisis de aspectos peculiares de la obra de escritores clásicos como Vázquez Montalbán o Andreu Martín hasta otros y otras tan recientes como Dolores Redondo o el llorado Alexis Ravelo, cuestiones tan peculiares como la navaja en la literatura española, los niños asesinos, el cine negro argentino, Darío Argento, lo negro en las canciones de Serrat y Sabina o el neonoir post-soviético de Balabanov, por citar algunos.

Dejamos durante un buen rato la literatura, para entregarnos al arte y la industria, extraña pareja que nos trajo el Aula SN de la mano de la investigadora y graduada en Historia del Arte de la Universidad de Oviedo, Marina Castro Cabero, con su charla Paisajes ausentes: la representación de la industria en el arte contemporáneo asturiano, basada en su propia y premiada tesis doctoral sobre tan apasionante tema. Acompañando su exposición con una abundante serie de imágenes ad hoc, Cabero nos invitó a un viaje por el tratamiento que el arte asturiano del siglo XX ha dado al paisaje industrial y más aún al post-industrial, analizando muchas de las manifestaciones artísticas que lo han convertido en protagonista privilegiado de sus más diversas expresiones (pintura, escultura, instalaciones, performances, etc).
Después de mostrarnos la visión cientificista y positiva que los primeros artistas dieron de la Revolución Industrial y los cambios radicales que esta introdujera en el paisaje y el paisanaje rural, pasamos a ver la evolución de sus manifestaciones en pintores fundamentales del arte asturiano como Evaristo Valle y Nicanor Piñole, mientras las representaciones estéticas de la industrialización (fábricas, minas, altos hornos, puertos, trenes, etc.) se iban decantando de una reproducción casi arqueológica y documental hacia la mirada crítica y social ejemplificada por pintores e ilustradores más modernos como Eugenio Tamayo, Sócrates Quintana, Rafael Suárez Vallina (“Falo”) o hasta el caricaturista Alfonso, creador de Pinín.
Pero el motivo principal de la ponencia y de los trabajos de Castro Cabero es la fascinación de los artistas más modernos y actuales por el paisaje decadente post-industrial, fruto de la crisis de los años setenta en adelante, que provocó el desmantelamiento de buena parte del tejido industrial español en general y asturiano en particular, dejando una herencia física de restos arqueológicos industriales, deteriorados, abandonados y sin uso alguno relacionado con sus fines originales. De esta manera, los artistas pueden entregarse a la resignificación de una serie de no-lugares, de monumentos post-industriales vacíos pero repletos de contenidos latentes y memorias subterráneas, que permiten a artistas como Benjamín Méndez (que se hallaba por cierto presente entre los asistentes) o Natalia Pastor vincular estos paisajes a los diferentes procesos de transformación histórica, política e identitaria que ha vivido y vive el Principado.
Así, el primero, con influencias del Arte Povera y del minimalismo, practica una escultura matérica que recurre a menudo a restos de las propias estructuras y edificios industriales abandonados, derruidos o demolidos, convirtiéndolos en elementos constructores de memoria, mientras la segunda opta por un acercamiento más físico y emocional, íntimo y cotidiano que a través de las cicatrices del paisaje establece una mirada feminista, política y autobiográfica (su familia es de tradición minera de las Cuencas), personal y característica. “¿Qué es lo queda de una fábrica cuando se cierra?”, preguntó Marina Castro Cabero al inicio y al final de su exposición. A nosotros nos quedo claro: Arte.

Saltamos de la Asturias post-industrial a un atrevido viaje por el tiempo y el espacio, de la mano de la premiada escritora mexicana Daniela Tarazona, con su singular novela El corazón habitante (Txalaparta), que vino introducida por la periodista y escritora Aroa Moreno Durán. Alternando entre tres personajes, escenarios y tiempos a cual más aparentemente diferente: una mujer de las cavernas; William Harvey, cirujano del siglo XVII obsesionado con descubrir y describir los misterios del cuerpo humano y un astronauta flotando como un derrelicto en medio del espacio, la ganadora del prestigioso Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 2022 por su novela Isla Partida, plantea una inquietante reflexión sobre la memoria y el cuerpo, al tiempo que una aventura de supervivencia, en una historia intensa y algo triste, donde su prosa atrevida, hipnótica e inmersiva atrapa al lector en un mundo extraño, lleno de inesperadas sorpresas.

Y tras una novela tan, en cierto modo, poética, le llegó el turno a una mesa redonda protagonizada por poetas y, claro, por la poesía, bajo el epígrafe de Prúa, la métrica de la lluvia. El poeta gijonés Pedro Luis Menéndez, uno de los fundadores en 1978 de la histórica colección de poesía Aeda, moderó una reunión poética de primer orden, formada también por Ángeles Carbajal, el leonés Francisco Álvarez Velasco y el ovetense Fernando Beltrán, quienes vinieron a presentar la nueva colección de poesía Prúa, que bajo los auspicios de la editorial vallisoletana Difácil viene a recuperar, precisamente, el espíritu de Aeda, habiendo publicado ya cinco libros y teniendo dos más en preparación. Después de una charla en la que se abordaron cuestiones tan sutiles como la diferencia de una poética atlántica frente a una mediterránea (de ahí “la métrica de la lluvia”, tan asturiana), cada uno de los presentes leyó fragmentos de su obra, concluyendo el lírico encuentro con la lectura también de un poema de su admirado y querido colega soriano ausente, Fermín Herrero. Y claro, mientras leían tanta poesía atlántica, melancólica y nubosa… Se puso a llover.

Finalizó la penúltima jornada de A Quemarropa con un trío calavera de mucho cuidado: nuestro gallu más negro y peleón, el gran Alejandro Gallo; el cubano y semanero de lujo Lorenzo Lunar, y el peligroso tipo que vinieron a auspiciar, José Ramón Gómez Cabezas, presidente de la Asociación Novelpol, que apadrina el veterano premio del mismo nombre que se otorga todos los años en la SN, además de estupendo autor del género, creador del personaje del investigador más o menos casual y a su pesar Joaquín Córdoba. Precisamente, vino esta tríada criminal de necesidad a presentar el libro Secretos en vías muertas (Serendipia), estupenda reedición en un solo volumen de las dos primeras novelas protagonizadas por Córdoba, que tienen por escenario la Ciudad Real ya desaparecida por completo de los años veinte: Réquiem por la bailarina de una caja de música y Orden de busca y captura para un ángel de la guarda.
Como afirmó contundente Gallo, Cabezas fue todo un adelantado a la moda actual del así llamado rural noir, ese subgénero negro campestre y campechano donde se mata más a lo bestia, con el hacha y la sierra mecánica bien a mano. Por otro lado, como apuntó Lorenzo Lunar, buena parte de la inspiración para estas historias que recrean una Ciudad Real borrada por los años 60 y 70 con su horrenda arquitectura y urbanismo, deben mucho al abuelo de su autor, quien le despertara curiosidad por el pasado de la ciudad manchega, con sus historias añejas sobre tiempos lejanos, murallas y subterráneos borrados y olvidados, que habrían de convertirse en su fuente de inspiración principal.
De hecho, Gallo y Cabezas recordaron la presentación de la primera novela del segundo en la misma Ciudad Real, allá por 2009, con la presencia de su abuelo casi centenario. Cuando el escritor le preguntó poco después al padre de su progenitor si le había gustado su libro, este le contestó que sí… pero que decía muchos tacos. Pensemos que un mundo sin abuelos, es también un mundo sin historias, cosa que las novelas de Cabezas demuestran, con su evocación en clave negra de una Ciudad Real desaparecida pero que ahora seguirá existiendo, al menos en sus libros. Y es que, como recordó Lunar, citando al egregio escritor, antropólogo, artista y folclorista cubano Samuel Feijóo, autor de Mitología cubana: “No dejen que un viejo se muera sin ordeñarlo”. Eso sí, dejen que nos retiremos a descansar, que esta ha sido una jornada feliz (creo que ganó España)… pero muy larga.