Fahrenheit 2026

Los sutras del maestro Rahna
Jesús Palacios

Jesús Palacios

2026-07-08

LOS SUTRAS DEL MAESTRO RAHNA

Recogidos por su admirador, amigo, esclavo y siervo Jesús Palacios

VI

Fahrenheit 2026

Mientras paseo por el recinto de este sagrado templo de la cultura en general y de la cultura popular en particular que es la Semana Negra, no puedo evitar sentir un molesto cosquilleo de preocupación y decepción respecto a alguna de las expectativas que me había creado, allá en mi lejana patria oriental. Incontables viajeros que pasaron junto a mi ficus magníficus para interrogarme acerca del misterio de la vida, probar mis conocimientos o, simplemente, para pasar el rato charlando, me habían hablado de las no menos incontables librerías que se reunían en la SN, ofreciendo a los visitantes incalculables tesoros de sabiduría, entretenimiento, cultura y diversión a partes desiguales y a menudo a precios ridículos, que cabría llamar regalados.

Habláronme de mesas cubiertas por pilas y pilas de libros, libracos y libritos de todos los tiempos y lugares, todos a un euro o como mucho a dos. De lujuriosas selvas de títulos agotados, autores clásicos y modernos, en lengua castellana, en idiomas arcanos e incluso en asturiano. De ofertas que no podías rechazar: dos por uno, tres por dos y mucho más. De librerías de lance que te lanzaban a la cara volúmenes inapreciables y extintos, que era casi un insulto no comprar. Reinaban en ellas libreros expertos, cuyo sabio consejo no se dejaba llevar por la avaricia o las modas del momento, compartiendo con el ávido lector su sapiencia e ingenio.

Cuentan las crónicas nemedias que hubo un tiempo en el que un hombre valía lo que su espada, todas las mujeres eran bellas, todos los brujos malvados y en la Semana Negra había más de cuarenta librerías y puestos de libros abarrotados de compradores llegados de todos los rincones de la Tierra. Comprenderán mi tristeza al comprobar que, en esta edición, apenas si hay un puñado de casetas con libros. La mayoría de ellas dando cobijo a editoriales más que a librerías, lo cual es desde luego una labor justa y necesaria, pues pone al lector en contacto directo con el editor y su catálogo, facilitándole acceso a títulos a menudo difíciles de encontrar en librería. Pero, en cualquier caso, formando un panorama algo desolador y bastante escaso, comparado con lo que, me cuentan quienes saben, fuera en tiempos la feria del libro más grande de Asturias.

Mi sabiduría, más cósmica y metafísica que económica y material, no alcanza a saber cuales son exactamente los motivos de este declive, que además, al parecer, comparte la Semana con otros acontecimientos parecidos como la CómicCon que estos días se ha celebrado también en Gijón. Si concentro mucho mis poderes mentales y me sumo en la más trascendental meditación, alcanzo a adivinar que detrás de esta pobreza libresca hay sin duda muchos motivos y no uno sólo, como es de suponer. El cambio de ubicación, el encarecimiento quizá de los stands, la falta de entendimiento entre gestores y libreros (especie esta última nada fácil de tratar y contentar), pero también y tal vez sobre todo, la decadencia en general de la página y la letra impresas. Su progresiva sustitución por el texto digital y al final, quizá tan solo por lo digital.

Imágenes imparables a toda velocidad, breves párrafos de pocas líneas y caracteres, vídeos de menos de un minuto de duración, twits, posts y tik-toks a ritmo endiablado, endiabladamente hipnóticos y adictivos… Curiosamente, muchos de estos nuevos artefactos infernales se ponen, aparentemente, al servicio del libro y la lectura, booktubers e influencers mediante. Pero resulta que abundan más en ellos los escritores que los lectores, aquellos que quieren vender o hasta regalar su obra, que a pocos o nadie interesa, en lugar de comprar, leer y conocer la de los grandes y pequeños clásicos que deberían siempre interesar. Un panorama devastador que ni el sabio Ray Bradbury hubiera podido imaginar en la peor de sus pesadillas.

Sea como fuere, libros, libreros y librerías, editores y editoriales, haberlos haylos en la SN, como meigas en Galicia, y más adelante haremos aquí crónica de mi recolección libresca en estos días. Pero si se permite a un viejo diablo oriental, que sabe más por diablo oriental que por viejo, el dar un simple consejo, que sea este: no dejen que los libros desaparezcan ni se reduzcan a su mínima expresión en la Semana. Porque sin ellos, que los escritores nos visiten para contarnos sus historias, servirá de poco o nada.

Hay que seguir escuchando la voz de los muertos que nos hablan desde sus viejas y polvorientas pero inmortales obras. Recuerden los tiempos en que la portada de A Quemarropa clamaba en letra grande (e impresa) la cifra de los miles de libros (¡51.000 en 2008! ¡34.000 en 2010!) vendidos y comprados durante la Semana y repitan conmigo el mantra del sabio Paco Ignacio Taibo II: “La cultura es un libro en una mano y un churro en la otra”. Por favor, que nunca haya más churros, metafóricos o reales, que libros y librerías en la Semana Negra.