Impersonators

No recuerdo en qué forma llegó a mis redes, hace muchos años, una célebre actriz especializada en imitar a la simpar Marilyn Monroe. En inglés este trabajo, por cierto, tiene una curiosa etimología: impersonator, quiere decirse, del latín, aquel que se mete en una máscara. Del griego prósopon (pros, delante y opon, rostro; delante del rostro) el término clásico para decir máscara acabó definiéndonos; es decir, que fuimos actores antes que personas. En fin, olvidando la poesía que a veces se esconde tras el origen de las palabras, digo que en aquellos años en que los smartphones no eran tan habituales como hoy y el mercado de los influencers no había llenado de humo las pantallas, aquella actriz era, a cierto punto, una personalidad, y su parecido con la diva impresionaba. La voz, el pelo, los ademanes, todo.
Pasó el tiempo y, por tanto, los años, y ocurrió que llegase un punto en que la célebre impersonator cumplió más primaveras que la representada. Las sombras aún se ciernen sobre la muerte de esa actriz de vida desdichada que fue Norma Jean Baker, oficialmente occisa tras una sobredosis de Nembutal que le sobrevino, voluntariamente o no, pocas semanas después del explosivo y polémico Happy birthday, Mr. President dedicado a John F. Kennedy, su amante compartido con Bobby Kennedy; ambos, según algunas versiones jamás confirmadas, instigadores de aquella muerte que supuso el final del reinado de las rubias platino en el cine yanki. Hoy en día, y a pesar del maquillaje, aquella actriz supera en bastantes años los que llegó a cumplir su alter ego, cruel realida esta la de haberse consagrado (o haberse visto obligada a consagrarse) en un oficio con fecha de caducidad.
También la Semana Negra ha cumplido ya más años de los que nunca tuvo Marilyn Monroe. Son 39 veranos ya a nuestras espaldas y en este transcurso de tiempo ha habido muchas oportunidades de quedarnos en standby. En ese estado de latencia al que cantaba nuestro añorado Robe, cuya muerte fue un jarro de agua fría para varias generaciones de melómanos: podríamos habernos quedado pasando la vida entre andenes, dejando entrar los ratones, esperando siempre imitar el rostro de aquella primera Semana Negra del Musel, que hoy nos contempla detrás de una lengua de mar. No ha sido así. Llevamos casi cuarenta años reinventándonos, adaptándonos a la realidad de cada momento para, así, conseguir llegar a todo el mundo. Con ese espíritu nació el festival y con él seguimos, hoy en un barrio que, como la misma Semana Negra, acoge con calidez a los suyos, a los de fuera y a los de paso.
Muchos nos dieron por muertos hace mucho, pero hoy presumimos de arrugas precisamente porque no tenemos la obligación de ocultarnos tras la máscara de nadie para seguir aquí. Quizás porque desde el principio, como Marilyn, la Semana Negra fue única en su especie. ¿A quienes nos quieran cerrar la boca? Pues les respondemos con los versos de otra canción: Cierra la muralla. Y con Dios (para los que crean en él).