Imprescindibles en Asturias

Arantza Margolles Beran

Arantza Margolles Beran

2026-07-06

Una charla amena y excelentemente documentada sobre la finca de La Isla y su promotor,  Florencio Valdés, abrió la jornada en la Carpa de la Palabra. No podía ser de otra manera estando a cargo del doctor en Geografía y divulgador Rafael Suárez-Muñiz, que habla de la figura de quien fuera fundador de El Comercio con una pasión indisimulable, y entendible,  y trufándola de anécdotas de la historia de Gijón.

Junto a él tampoco tenía nada que enviarle Miguel Llana Valdés, que conoció la finca desde que tiene uso de razón. «Los jardines son seres vivos», aseguró, y, como ellos, cambian. Nada tiene que ver aquel jardín creado en 1870 que llevaba fraguando desde una década atrás, cuando Valdés viajó por Francia para poder hacerse con plantas tan exóticas como eran, por entonces, los eucaliptos. Y es que hasta Eduardo, el príncipe de Gales, trató de hacerse con esta finca, donde no solo se solazaron todos aquellos que hoy conforman «el callejero de Gijón», tal y como pudo comprobar Llana en el libro de visitas de La Isla (nombre que procede, como muy pertinentemente apuntó Suárez-Muñiz, de estar entre el arroyo de Cefontes y el río de Peñafrancia). Allí aparecen también los nombres de muchas personas de las clases obrera o asalariada que, mucho antes que nosotros,  vieron esa magnífica cedrera de Florencio Valdés, las magnolia, las camelias o el paseo del Gallo, gran novedad de su tiempo, ya que este importante prohombre gijonés fue quien introdujo la topiaria en nuestra ciudad.

Y también, apuntó Jesús Martínez Salvador, de la primera pista de tenis de Asturias. El concejal era el tercer integrante de la mesa ya que hace apenas unos meses el Ayuntamiento firmó la compra de este lugar. «El destino tenía que ser que fuera público», explicó Salvador,  que también matizó que no está aún abierta 24/7 por motivos de conservación. Todo llegará. Es un resplandeciente presente para la obra de Florencio Valdés, aunque tal vez hoy, de estar aquí, estuviera revolviéndose en su asiento al ver, tan de frente, El Musel. ¿Por qué? Descúbranlo en los libros y artículos de Suárez-Muñiz. Merecerá la pena.

Cuasi quedamos ensin xefa de prensa, del puru disgustu, cuando la presentación de Esti amor asturfalante, el poemariu col que Sofía Castañón algamó en 2025 el premiu Xuan María Acebal de poesía. P’ameyorar les coses, a Vanessa Gutiérrez, que presentaba l’actu, -y fallaba la voz. Pero como quiera que la poesía puede con toes y caúna de les coses, a la fin salió bien; l’autora llegó, la televisión nun marchó y la nuesa Lorena pudo respirar. L’alcuentru, qu’enllenó la Carpa de la Palabra de cares conocíes, foi una bien prestosa «reivindicación de la voz propia» de les muyeres, tentar de nun «esconder la voz nuna axetivación masculina» y facelo per aciu d’«un llibru celebratoriu de cantu a una mesma».

Esa foi la xenerosa definición de Gutiérrez pa col poemariu de Castañón, qu’aseguró qu’esti ye’l so llibru «más políticu» y reivindicó a otres escritores tamién poétiques pero militantes, como Alba González Sanz o Laura Casielles. D’aquellos tiempos nos que Castañón silenció la so voz pa facer política, recordó qu’ «un debate que teníemos munches veces ye si podíemos facer política dende l’odiu o dende l’amor, y quienes defendíemos l’amor parecíemos naif. Yo sigo manteniendo esto d’una manera que nun ye nada naif». Raru mundu esti nel que se desconfía de quien ama y non de quien odia. Por eso ‘esti amor asturfalante’ ye tan necesariu.

Escalofríos, sueños raros y picores en un lugar con noria… Dios mio! ¿Habrá un virus en la Semana Negra, y será el paciente cero Paco Bescós? Que no cunda el pánico: lo que realmente ocurre es la divertidísima presentación de Animales de poder (Alfaguara), de María Frisa. El respetable,  con buena parte de infantes, se sumergió en las andanzas de Valentina, que tiene la extraña habilidad de sufrir transformaciones súbitas en sus animales de poder. Donde todo eso ocurre, la isla Esmeralda, hay todos los climas del mundo y los idiomas se traducen automáticamente en la cabeza de uno, y como por eso ya no hace falta estudiar inglés, los coles son muy diferentes.

¿Os gusta la idea? A los presentes les encantó. Un goteo constante de asistentes fue llenando la carpa, atraídos por la habilidad de narración de Frisa y las transformaciones súbitas en caballo de Bescós. No fue el único, parece que la dolencia se extiende: cuando esta de ustedes estaba ya yéndose, un niño asistente se convirtió en jirafa. Se lo aseguro, con estos mismos ojitos yo lo vi. Y es que en la Semana Negra todo, ¡absolutamente todo es posible!

Adrián Barbón, como en el salón de su casa

Todo un clásico en la Semana Negra, y más concretamente de la Carpa de la Palabra, es ya el conversatorio con Adrián Barbón, presidente del Principado de Asturias, que no paró de beber agua porque, admitámoslo, el momento en el que le tocó intervenir coincidió con el más caluroso de toda la jornada. La primera intervención de Barbón, de hecho, fue para invitar al respetable que no había llegado a tiempo para encontrar sitio (obvia decir que la carpa se llenó: esto también es otro clásico) que, si querían, podían sentarse ‘a su vera, siempre a la verita suya’, para no tener que estar de pie. Hubo quien se atrevió, y entre quienes no se azotaron los abanicos y cayó el sudor. Pero bueno, volviendo al tema que nos ocupa, cabe decir que este año tocó que al otro lado estuviera Eduardo Paneque, entrevistador ágil y conciso que empezó por un tema espinoso: ¿está pausada la oficialidad? «La pararon», respondió, tajante, el presidente, que defiende que quienes hoy dicen que no negarán tres veces, pero acabarán cayendo en lo grueso de su error. Así sea.

Se habló de todo. Estando en La Calzada, por supuesto, también se habló de contaminación, «la única solución viable, real, a corto plazo, que pueda a rehumanizarse, es haciendo  todos los empalmes a través de Aboño. hay que pasar ya de lo dicho a lo hecho». El vial de Jove era inviable si subterráneo; indeseado si descubierto, así que sí parece que esa pueda ser la solución, pero ¿y los de Aboño, que opinarán? Duros trances tienen que atravesar quienes se dedican a la alta política y se atreven a tomar decisiones. No parece Barbón, desde luego, de los que se amedrentan. Mencionó, por ejemplo, los problemas que, a su llegada al Principado, se encontró enquistados y , a su decir, solucionó su gobierno (o en ello anda): Zalia, el polígono de Bobes – «que antes era una plantación del plumero de la pampa y hoy están surgiendo en él iniciativas empresariales», dijo- o Sogepsa. Bien, no está nada mal.

Por atreverse, hasta se atrevió con el pacto de gobierno y la comisión del informe de Zarréu. Ahí va la respuesta: «No es justo que yo declare responsables políticos a unos compañeros que no se ha probado que lo sean» a pesar de la investigación, un proceso que para el presidente se asemeja mucho a una autopsia, a un abrirse las corazas para mostrar todas las entrañas.  Ese, y la pandemia, asegura que fueron sus momentos más difíciles como presidente, y después está todo lo demás. El odio cotidiano en redes, por ejemplo, que el lavianés combate con humor. «En una campaña electoral muy tensa, las segundas de Zapatero, yo, repartiendo propaganda electoral en el mercado de Laviana una persona delante de mi arrugó el papel y lo tiró al suelo. Se hizo el silencio y yo dije: ‘discúlpeme, es que yo cuando reparto propaganda no distingo entre los que saben leer y los que no’». El humor desarma, destensa, ayuda. «La izquierda tiene que dar menos lecciones dogmáticas; utilicemos el humor, la esperanza». Utilicémoslo.

Hubo mucho más, pero para verlo todo -el coloquio duró una hora- tienen el vídeo. Ahí está. Pues bueno: después de reivindicar el humor como arma política, el reloj llegó a su final, los numeritos se pusieron en rojo y Paneque cortó por lo sano, o eso intentó. ¿Se acababa ya? Eso parece, pero… Barbón levanta la mano, estira el cuello: «Yo quería hacer un anuncio». Paneque, fastidiado. Casi puso cara de ir a decirle al presidente: «pero Adrián, que esta gente querrá echase». Nada, ni modo. Barbón nos quiere anunciar algo. «El otro día yo vine a la inauguración de la Semana Negra». Menuda cosa, Adrián, si eso ya lo sabíamos. Lee los números de nuestra edición: somos la 39. Y entonces, en el 27 será la 40. Redoble de tambores. «Yo creo que no estaría mal, pensándolo… creo que la Semana Negra es un espacio de debate, un espacio que merece la pena conservar. Hay muchos que lo atacan sibilinamente (…) Pues, como va a ser el 40 aniversario, yo creo que en las Medallas de Asturias del 27 tocará que una sea para la Semana Negra de Gijón». ¡Boom! Aplausos en la sala; Paneque estupefacto; Norman Fernández -que hacía tiempo para la siguiente charla- con cara de relativo desconcierto y, finalmente, aplaudiendo la decisión. ¡Esto sí que es un momento histórico, amigos! Somos medalla de Asturias, y, aunque como diría Taibo, ni con esas nos verán con corbata, que conste que nos hace mucha ilusión. 

Bob & Janis transita entre los años 60 del siglo XX y 2019 con una clara influencia de Enric Sió, historietista de la adolescencia de Joan Mundet, que con este libro quiere rendirle homenaje. Presentado por Yexus, esta es una historia de nostalgia, pero también de misterio, lo que supuso muchos problemas al autor a la hora de desarrollar la historia. El misterio generaba un incómodo microclima difícil de colocar en una historia de saltos temporales y de personajes, pero finalmente encontró su tiempo y su lugar. Formentera, concretamente, es el sitio en el que se ambienta la trama, porque, como reconoció Mundet, «me siento de allí».

Esta, en contra de lo que pudiera parecer, no es una historia nostálgica; con nostalgia, tal vez. Así dijo su autor, que inventó un cartel de Woodstock para facilitar la narración. Un hombre de recursos, este Mundet, que finalizó su charla a las ocho y media y firmó, pausado pero seguro, hasta pasadas las diez.

Es Elías Taño un autor de tendencia grafista,  ilustrador antes que autor de cómic por herencia militante y política. Contar historias con las imágenes fue algo, según nos comentó ayer bajo un sol de justicia (sí, aún seguía tras el ‘barbonazo’), en lo que empezó para lanzar mensajes políticos, como explicó: «Cuando empecé a trabajar la serigrafía en un colectivo, buscábamos hacernos preguntas sobre las relaciones de poder de nuestro entorno». Esa reflexión, esa reivindicación de ocupar el espacio público también se ve en Garafía, una historia más agria que dulce sobre la emigración del abuelo de Taño a Venezuela a finales de la década de los 40.

Le presentó Pepe Gálvez, con la pulcritud por los detalles acostumbrada,  que Taño enriqueció con un discurso potente y muy ideológico, en el que reivindicó a los muralistas mexicanos como pioneros pero distanciándose de ellos en tiempo y forma. «Hago murales muy poco de Instagram, muy poco horizontales y muy bajitos, porque me gusta hacerlos con la comunidad donde se inserta esa imagen (…) Lo que yo pienso me lo guardo, recojo el testimonio de lo que esa comunidad quiere contar», como hacía Ramón Alva. Esto explica el enfoque de Garafía, poniendo el foco en una comunidad a la que le tocó vivir uno de los tiempos más duros de su historia reciente: la emigración a Venezuela que desangró al campesinado en uno de los momentos más duros de su historia.

Digamos, antes de empezar la siguiente crónica, que los de Mieres protestan muy vehementemente porque este año haya desaparecido la barra de bar de la Carpa del Encuentro. En realidad nos lo protestó solo Alberto Vázquez, que venía a presentar la nueva edición de Los lazos rojosEl sol en la escombrera, ahora juntas y en castellano. Pero como él vale por dos, y como además consiguió que nuestra Carmen se sumase a la moción, dejamos constancia. Sea. Ahora ya a su obra: partieron del trabajo documental y de recopilación de testimonios que hizo su autor desde mediados de la década de los 90, cuando, llevado por el miedo de entrar en prisión al ser insumiso, quiso preguntar a quienes habían estado allí. Ramon Lluís Bande le propuso sacar un cómic de aquellos trabajos. «Los documentales que hice no  tuvieron repercusión; cogí los documentales y los volqué en cómic». Y ganó el Alfonso Iglesias, y lo vendió en un mes.

Pero no todo fue bueno. Ni inesperado. La pérdida de sus informantes, «sobre todo la gente que hizo la guerra, las guerrillas», es algo que sigue afectándole. «Se me murió muchísima gente. Tenías cien abuelos, los querías»… Y no eran ya los de la guerra: es que de los de la Huelgona del 62 solo le quedan dos.

La jornada la cerró la obra Frederik Peeters: Cuestión de escala, en la que Yexus analiza la obra del suizo homónimo, autor de la sobrecogedora Pastillas azules. Acompañado por Pepe Gálvez, Yexus se autodefinió como un divulgador «batalla continua por superar el prejuicio» de considerar que el cómic sea un medio de expresión infantil. Ahora que el cómic está en los museos y en las bibliotecas es una tarea más fácil, «pero ha habido momentos peores, y gran parte del público lo considera infantil». Una vez observado el tema, Yexus reivindicó que Peeters ha seguido haciendo mucho después de Pastillas azules (de hecho, sigue en activo). La sistematización de su obra ayudará a conocer a los lectores la figura de un autor imprescindible.