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La visión

Luna roja

Lenka Dángel
2024-07-14

‒El Trasgo otra vez, ¿no? ‒sugirió Hermida, señalando una pequeña figurita de resina, que descansaba sobre la almohada, junto a la chica‒. Es su firma.

‒Está desatado ‒murmuró Gonzaga, arrugando su nariz de roedor‒. Van cuatro este mes, a una por semana. La prensa se nos va a comer vivos.

El inspector se incorporó y chasqueó la lengua sin parar durante varios minutos, mientras reflexionaba. Otro de sus muchos tics.

‒Inés Valencia ‒espetó de pronto‒. Que venga.

El rostro siempre adusto de Hermida se descompuso en una mueca de incredulidad.

‒¿Ahora? ‒exclamó‒. Son casi las tres de la mañana…

‒Llámela ‒insistió Gonzaga‒. Esa mujer nunca duerme.

Hermida torció el gesto, incómodo con la petición, pero consciente de que no podía negarse. Cuadró ligeramente los hombros y, tras musitar un “con permiso”, salió de la habitación en medio de una nube de colonia y del aleteo de su impecable gabán. Siempre había tenido más pinta de actor de cine que de policía.

Bedia, arrodillado sobre la alfombra y tratando de pescar con sus pinzas una bolita de fibras lavanda, estuvo a punto de abrirse la cabeza con la cómoda cuando la cara intrigada de su ayudante apareció junto a la suya, de improviso.

‒¿Quién carajo es la Inés esa? ‒le susurró la chica.

‒Coño, Amelia… ‒protestó él, frotándose la coronilla‒. La señorita Valencia es la vidente de Gonzaga.

‒Me tomas el pelo…

‒Ya lo verás, ya ‒sonrió su compañero‒. Y mejor que te ahorres los comentarios, porque Gonzaga la tiene en un pedestal.

‒¿Esto lo sabe el Comisario?

‒¿Arriola? Es el mayor admirador de Inés. Hasta le consulta sus temas privados.

Los ojos de Amelia estaban a punto de salírsele de las órbitas.

‒¿Estás diciendo que nuestro departamento de policía lo lleva una pitonisa?

‒Sólo en casos desesperados ‒replicó Gonzaga desde el otro extremo del dormitorio, corroborando que las leyendas sobre su excelente oído eran fundadas.

De no ser porque costaba menos creer en adivinas que en el subinspector Hermida participando en un sainete, Amelia Rey no habría tenido la menor duda de que aquello era una simple inocentada. La señorita Inés Valencia, a quien la novata había imaginado como una anciana excéntrica y trasnochada, resultó ser mucho más joven de lo esperado. Concretamente, una veinteañera bonita y pálida, de pelo oscuro y ojos verdes. Iba embutida en un largo abrigo de brocado granate que tenía toda la pinta de ser una reliquia familiar. Amelia suspiró de pura envidia al verlo. La recién llegada llevaba además una aparatosa bufanda negra, mitones y unos botines viejísimos, pero relucientes.

‒Bueno, señores ‒anunció Gonzaga al verla entrar‒. La señorita Valencia está en el edificio, y ya sabéis cómo va el tema. Así que, los que quieran irse, que espabilen.

Para estupor de Rey, todos los allí presentes, salvo el propio inspector, dejaron lo que tuvieran entre manos y salieron del apartamento. La mayoría ni siquiera osó cruzar la mirada con la joven del abrigo, que permaneció junto al paragüero de la entrada, la vista clavada en el suelo, sin decir una palabra.

‒¿A qué viene esto? ‒farfulló Amelia.

‒Inés tiene un don, pero también es un pájaro de mal agüero ‒explicó Bedia, quitándose los guantes‒. No puede evitar ver cuándo y cómo va a morir la gente, así que siempre nos largamos cuando ella llega.

‒Tiene que ser una broma… ¿Te vas? ¿En serio?

‒Hasta Hermida coge las de Villadiego. ¿Quieres quedarte? Adelante. No digas que no te avisé ‒le advirtió Bedia, encogiéndose de hombros y dando media vuelta.

‒¿Y por qué se queda Gonzaga entonces? ‒inquirió la novata, como si el inspector no estuviera allí mismo, a escasos dos metros de ella.

‒Porque yo ya sé cuándo y cómo voy a palmar, Rey ‒respondió el aludido, tan campante, sin dejar de revisar sus notas‒. Esa chiquilla me lo dijo la primera vez que nos vimos.

Amelia no tuvo tiempo de replicar, ya que la supuesta vidente entró justo en aquel momento. Ella y Gonzaga se saludaron como viejos amigos, pero a distancia. La chica pareció confusa al ver que había alguien más en el cuarto. Amelia se cruzó de brazos, desafiante, sin moverse de donde estaba.

‒Fernando… ‒musitó la tal Inés, aprensiva.

El inspector la hizo callar con un gesto inapelable y apoyó la estilográfica en su cuaderno, aguardando. La vidente suspiró.

‒De acuerdo. Vamos allá, entonces…

La brutal escena no pareció impresionarla en lo más mínimo. Se movió por la habitación con delicadeza, sin tocar nada, con aires casi de bailarina. No siguió ningún orden concreto, ni lógico. Simplemente, echó un somero vistazo, inspiró varias veces y empezó a murmurar.

‒No está solo.

Gonzaga estiró el cuello, y las aletillas de su nariz se contrajeron con ansia.

‒Son dos… ‒siguió Inés‒. Son dos, desde siempre… está él… y luego… Veo un chal. Un chal lavanda. Hay una mujer. Trabaja… con una mujer…

Los ojos de Amelia no pudieron evitar desviarse hacia la izquierda. Allí, sobre una mesa auxiliar, seguía el maletín de Bedia. Y dentro, en una de las pequeñas bolsitas de pruebas, tenía que estar aquel montoncito de fibra lavanda.

‒Ella las elige ‒concluyó Inés, frunciendo el ceño con gesto agotado‒. Pero nunca son… suficiente. Veo… algo más. Una cruz. Una… ¿vidriera? San… algo… San… ¿qué? ¿Qué es? No puedo… San… ¿Nicolás? ¿Nicodemo?

Gonzaga, que había estado garabateando sin parar, cerró el cuaderno de golpe y corrió hacia la puerta.

‒Gracias, Inés, como siempre. ¿Pido que te lleven?

‒Tengo un taxi esperando ‒respondió ella, mientras el inspector salía a todo correr.

Amelia escrutó a la médium, convencida aún de estar frente a una impostora. La señorita Valencia volvía a ponerse los mitones.

‒No me gusta la gente que no mira de frente ‒increpó la agente Rey.

Inés sonrió, sin alzar la vista.

‒Créame, no le conviene que la mire.

‒¿Porque podría ver mi muerte? ‒se mofó Amelia, escéptica.

‒Su muerte, la de un ser querido suyo… o cualquier otro evento desagradable.

‒Por favor… vamos, la reto a que eche un vistazo. Hágame una predicción, venga.

La adivina la miró, con una seriedad capaz de hacer flaquear a una piedra.

‒No se culpe ‒dijo de pronto‒. Los accidentes ocurren. Usted es joven, no se atormente por ello.

Un par de semanas después, un hombre solitario y esquivo de cuarenta y siete años fue detenido junto a su madre, de sesenta y nueve, cuando ambos salían de un rastrillo benéfico en la Iglesia de San Nicomedes. El país entero se quedó boquiabierto al oír la noticia de que, aquella peculiar y enfermiza pareja, eran, en realidad, El Trasgo. Para el equipo de Gonzaga, la detención supuso una victoria agridulce. Por fin se haría justicia para las catorce víctimas. El inspector recibió una condecoración, a título póstumo. Nadie esperaba que aquella anciana de aspecto candoroso y desvalido llevara un arma en el bolso. Amelia Rey, que tendría que haberlo comprobado, nunca dejó de lamentar su error.

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