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Mitos de la conspiración, o cómo la conspiranoia mata

Alejandro Gallo
2021-07-13

 

Que las conspiraciones existen es un hecho innegable y las hay de diferentes tipos. Los dos principales son las conspiraciones domésticas y las criminales. Las primeras son aquellas en las que todos hemos participado de una forma u otra cuando nos confabulamos para dar una sorpresa de cumpleaños o un homenaje a un amigo o compañero de trabajo. Las otras, las conspiraciones criminales son objeto de investigación de la policía, los tribunales, fiscales, de algunos periodistas y a veces son objeto de la crónica negra de una población determinada. Sin embargo, en este texto no voy a hablar de ninguna de estas variantes citadas, sino que me centraré en un tipo de conspiraciones que nunca han existido; es decir, que han sido ficciones, pero que se han incrustado en el imaginario colectivo y pululan en la atmósfera cultural como si fueran un elemento real. A lo que hay que sumar que están tan enraizadas en esa atmósfera que siempre encontramos una comunidad de creyentes en ellas, hasta el punto de estar dispuestos a matar y morir por esa creencia. Los casos más recientes los hemos visto hace apenas unos meses. El primero que citaré fue la creencia de que el Covid-19 se había creado en una laboratorio ―el propietario de ese laboratorio variaba según los creyentes― con una finalidad espuria y era propagado por las antenas 5G, que una élite perversa, con Bill Gates a la cabeza, conspiraba contra la humanidad en beneficio propio alentando la vacunación e incrustando chip a los ciudadanos. Esto, independientemente de las chaladuras y publicidad gratuita buscada por ciertos personajes mediáticos, llevó a Anthony Quinn Warner a explotar su autocaravana, con él dentro, a las puertas de la empresa de telefonía ATT&T en Nashville el día de Navidad de 2020, con la intención de que dejasen de colocar esas antenas. Unos días después, el día de Reyes, diferentes grupúsculos seguidores de Donald Trump asaltaron el Capitolio para protestar contra unas elecciones que denominaban fraudulentas, con votos ilegales ―en su jerga―, y para respaldar a su líder contra un Estado Profundo que quería apoderarse de los Estados Unidos. Ese Estado Profundo estaría compuesto de políticos demócratas pedófilos y libertinos actores de Hollywood, que bebían la sangre de su víctimas menores y querían apoderarse de la democracia más asentada del mundo. Este constructo conspirativo había tenido su primer acto violento en el caso Pizzagate, cuando Edward Walch entró en la pizzería Comet Ping Pong de Washington con un fusil de asalto para liberar los niños que supuestamente habían secuestrado elementos de ese Estado Profundo, en esa creencia de que una camarilla de élites satánicas del Nuevo Orden Mundial operaban en redes internacionales de tráfico sexual de niños y Donald Trump era el paladín que luchaba para evitarlo.

El conspiranoico siglo XX

Estos dos constructos conspiratorios no habían aparecido ex nihilo, sino que eran el reflejo de la culminación de un largo repertorio de conspiraciones inexistentes que habían nacido en el siglo XX y tenían su origen en las dictaduras. De esa manera, Adolf Hitler señaló a los judíos como la minoría que conspiraba contra Alemania y la raza aria y le había hecho perder la I Guerra Mundial. Benito Mussolini señaló a los capitalistas ingleses y a los judíos como los causantes de las desgracias del pueblo italiano. El mariscal Philippe Pétain, dentro del régimen de Vichy, señaló a los masones, judíos y capitalistas extranjeros. Francisco Franco, a los masones y a los comunistas como los conspiradores natos frente al imperio español. Iósif Stalin, al «enemigo del pueblo», como el grupúsculo que conspiraba e impedía la construcción del socialismo en la URSS. A Stalin le siguieron la Banda de los Cuatro en China y los jemeres rojos en Camboya, que insistiendo en lo que denominaban la «búsqueda del enemigo interno» provocaron el llamado «genocidio camboyano» en el que mataron a un tercio de la población. Más reciente en el tiempo, Silvio Berlusconi se inventó la conspiración de los jueces y a los comunistas contra su gobierno y los señaló como el chivo expiatorio que impedía que Italia progresase. En todas esas dictaduras comprobamos que esos constructos conspiratorios fueron fabricados con un doble motivo: primero, señalar una cabeza de turco como el causante de las desgracias del pueblo, el cual tenía a la minoría sobre la que lanzar sus iras y frustraciones; segundo, permitían eximir a los dirigentes de las desgracias sociales, pues ya tenían a quien culpar. Es decir, son conspiraciones, como adelanté, que nunca existieron, que se fabricaron para conquistar o preservar el poder. De ahí que diferentes investigadores alemanes se niegan a utilizar la tan manoseada expresión de «teorías de la conspiración», como término grandilocuente que evoca unos seres desconocidos y misteriosos moviendo los hilos de la Historia o de la sociedad entre bambalinas, y prefieran usar el concepto Verschwörungsmythen, Mitos de la conspiración.

Verschwörungsmythen y su origen

Karl Popper y Umberto Eco defendieron que el origen de los mitos de la conspiración se encontraba en el destino griego, pues obraba por encima de los deseos y acciones de los seres humanos. Hasta tal punto que el desenlace de la batalla de Troya se había decidido la víspera por los dioses en el Olimpo. Esto tendría su continuidad en el fatum romano. Sin embargo, si analizamos el Poema de Gilgamesh, ya encontramos siglos antes, en el pueblo sumerio, esbozos de una conspiración contra los seres humanos. Estos mitos no serían peligrosos si quedasen confinados a las creencias populares, al mundo interior o a la franja lunática de la sociedad. O simplemente se hubiesen instalado en el imaginario colectivo como «epistemología para la plebe», como una forma burda forma de interpretar la realidad. La peligrosidad se produce cuando abandonan esa marginalidad y se instalan como ideología de Estado, de secta, de partido político o de grupo terrorista.

El primero en usarlas desde el poder fue Nerón, cuando acusó a los cristianos de incendiar Roma: es decir, creó un buco emisario que le permitió alejar sus responsabilidades de gobierno a otros campos. Lo mismo hizo Diocleciano cuando se incendió su palacio en Dalmacia. Años más tarde, en la Edad Media, la Iglesia, tanto católica como protestante, crearon otra cabeza de turco al acusar a las brujas como las causantes de los males sociales y de querer acabar con la cristiandad en una alianza con el demonio. De esa manera, como «epistemología para la plebe», explicaron el origen de la Peste Negra al pueblo llano. Y en todos estos constructos conspiratorios podemos comprobar cómo no fueron inocuos ni inocentes, sino que condujeron a matanzas, suicidios colectivos y hasta el genocidio. Esto se mantuvo hasta el siglo XX con todos los mitos conspirativos creados por las dictaduras citadas, que fueron el germen para llenar las cárceles del fascismo y del franquismo, del gulag estalinista o de la política de exterminio de los jemeres rojos y de los campos de concentración y exterminios nazis.

En esa evolución histórica, fue a partir de la revolución francesa y el desarrollo del potente Estado moderno, cuando los mitos conspirativos fueron usados por los Estados o contra los ellos. Esas conspiraciones estatales se reflejaron en la literatura a comienzos del siglo XX por Gilbert Chesterton en El hombre que fue jueves y Joseph Conrad en El agente secreto. En el campo contrario nos encontramos a John Buchan con Los treinta y nueve escalones, donde apela al Estado como el bastión de defensa de la racionalidad frente al conspiracionismo. Han pasado más de cien años desde la publicación de esas tres novelas, pero se puede comprobar que resumieron las diferentes posiciones del Estado frente a los constructos conspirativos: el Estado como fabricante de una conspiración inexistente ―v.g. la existencia de armas de destrucción masiva por el régimen de Irak― o el Estado se defiende de una conspiración en marcha ―v.g. las teorías conspirativas del 11-S, del 11-M o del 17-A―. Tanto en un caso como en el otro, podemos observar cómo siempre existe un elemento ―individuo, partido, secta…― que construye esa creencia con determinados fines espurios y una comunidad de fe que las asume como ciertas y vive dentro de esa paranoia. Uno de los casos más trágicos en el que vemos claramente este desglose, entre constructores de conspiraciones y paranoicos seguidores, fue en la matanza del colegio Sandy Hook, en Newtown (Connecticut),  ocurrida en 14 de diciembre de 2012, que se convirtió en el tiroteo mortífero más sanguinario en una escuela en los Estados Unidos y en uno de los más mortíferos en su historia, solo igualado por la masacre de Virginia Tech, la del Club Pulse de Orlando o el tiroteo de Las Vegas en 2017. Los hechos sucedieron cuando Adam Lanza, después de matar a su madre, profesora en el colegio Sandy Hook, se dirigió al centro educativo y comenzó a disparar contra alumnos y profesores. El resultado fue de 26 fallecidos. De inmediato, intuyendo que los hechos iban a crear un revulsivo en la opinión publica contra las armas de fuego y su venta libre, diferentes elementos vinculados a esos sectores construyeron la creencia de que esa matanza nunca había ocurrido, que había sido un burdo montaje del gobierno de Barack Obama para iniciar el desarme del pueblo norteamericano. A partir de aquí, diferentes creyentes en ese mensaje comenzaron el acoso a los padres de las víctimas, de los familiares y hasta la profanación de las tumbas de los niños, acusando de mentirosos y de aliados del gobierno federal contra el ciudadano medio y su libertad constitucional a portar armas de fuego.

La conspiranoia que mataba y que mata

Llegados a este punto podemos observar cómo esos mitos de la conspiración han ido cumpliendo funciones de interpretación burda de la realidad, de señalar un chivo expiatorio como causante de los males sociales, de usarse como arma justificativa de los poderes realmente existentes para eludir sus responsabilidades, a lo que sumamos que han servido de coartada a todas los dictaduras del mundo y de la Historia y, por fin, ninguno de esos mitos, a lo largo de la Historia, han sido inocuos, todos han provocado matanzas, suicidios colectivos y hasta el genocidio.

Hemos visto cómo las dictaduras los han empleado y cómo todo dictador tenía un mito conspirativo que alimentaba como si fuese su mascota particular. El nazismo alimentó la conspiración mundial de los judíos tanto en diferentes textos y en la retórica, no solo de Adolf Hitler, sino también desde sus ideólogos Joseph Goebbels y Alfred Rosenberg. Stalin forzó, desde el asesinato de Serguei Kirov, en el imaginario de la URSS la supuesta conspiración de los enemigos del pueblo encabezados por trotskistas, elementos del Ejército Rojo y todo opositor a su dictadura que terminaron en el gulag. El propio Franco alimentaba personalmente la conspiración de los masones en sus artículos en el diario Arriba, donde narraba las siniestras maniobras de esos siniestros personajes, como así los presentaba, para terminar con España, cuestión que hacía bajo el seudónimo de Jokim Boor. Si la construcción y alimentación de los mitos de la conspiración fueron el cuaderno de bitácora de los dictadores desde Nerón, hay que señalar que han comenzado a proliferar en democracia. No solo me refiero a la conspiración construida por Silvio Berlusconi de que los jueces y comunistas complotaban contra Italia; también podemos sumar la citada conspiración QAnon de los seguidores de Donald Trump. A estas dos podemos añadir la creencia actual en el Gran Reemplazo teorizado por Renaud Camus, por el que se defiende que una supuesta élite está reemplazando la población blanca europea por árabes. De ahí que diferentes dirigentes europeos hayan comenzado a utilizar el término «invasión». Esta cuestión, trasladada a los Estados Unidos se metaboliza en la creencia de que esa misma élite, u otra parecida, está sustituyendo a la población norteamericana por hispanos, cuestión que se encuentra en la base de todas las masacres provocadas por los supremacistas blancos, como fue la matanza en El Paso en agosto de 2019 perpetrada por Patrick W. Crusius, con el resultado de 23 muertos y 23 heridos de gravedad. La policía, en el diario de Crusius, encontró la verdadera razón de esa matanza en el Walmart de El Paso, y era frenar la supuesta invasión de hispanos.

La forma de ir extendiendo estos constructos conspiratorios es la misma que utilizaron Joseph Goebbels, Alfred Rosenberg y Adolf Hitler y que hoy adquiere tintes planetarios y se convierten en virales con la extensión y utilización de internet. Es la aplicación a la realidad de aquel supuesto de Philip K. Dick, cuando aseguraba que: «Si se puede poner en circulación suficiente desinformación, se puede anular el contacto con la realidad de todo el mundo». A continuación, después de anular ese contacto con la realidad, la retórica política repetida hasta la saciedad, en este caso los constructos conspiratorios, ofrecerá la guía para conducirse por la realidad de los ciudadanos.

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