#mujeresqueleenjuntas

Aida Riesgo

Aida Riesgo

2026-07-05

Se dice que todo empezó en el año 1634, en un barco que viajaba de Inglaterra a una colonia de Massachusetts, donde Anne Hutchinson se dedicó a convocar a todas las mujeres habidas y por haber para ir leyendo y comentando juntas los sermones dominicales, cosa que, una vez en tierra, siguió haciendo en su domicilio. Le acabaron cerrando el chiringuito en 1637, echándola de la colonia por herejía, por ser demasiado peligrosa, por agitar lo que no debía agitar dentro de sus compañeras de lectura. Falleció en 1643 y 49 años después tendría lugar el comienzo de los juicios de Salem… es inevitable no pensar en ella como posible acusada de haber seguido con vida, y con su club de lectoras, por aquel entonces ¿verdad?.

Siguiendo los pasos convocatorios de Anne nos encontramos con las mujeres que entre los siglos XVIII y XX y fuera ya del ámbito religioso y puritano, formaron círculos de conversación en torno a los libros, facilitando la existencia de las mujeres en la vida pública, cultural y política. También muchos de estos círculos fueron mal vistos, cerrados o prohibidos. Mujeres como las “Blue Stockings Society” en 1750 en Inglaterra con Elizabeth Montagu al frente o las mujeres afroamericanas que, en Dallas en 1892, crearon el “The Ladies´Reading Circle” con textos políticos e históricos entre sus lecturas. O ya en pleno siglo XX, en 1926, con las mujeres del “Lyceum club femenino” juntando literatura y arte en Madrid con María de Maeztu a la cabeza. Lugares de encuentro para mujeres a través de los siglos en los que compartir el acto de leer y debatir, no solo para conocerse a una misma y a la otra, sino como método de apertura de puertas a otras posibilidades socioculturales.

Hasta nuestra actualidad, estos tiempos que corren a toda velocidad, que nos obligan a coger el paso frenético y llevarlo a cualquier ámbito vital, incluida la lectura. Leemos sin obligación, por mero disfrute, pero muchas veces lo hacemos para y por los demás. Expuestas 24/7 en las redes sociales, mostrando cuánto somos capaces de hacer, de producir, de leer. El club de lectura se expande: los hay presenciales, online, híbridos. Con merienda y copita de vino. Leer es sexy de nuevo, dicen. Bookstagramers, booktokers, booktubers. Espacios donde tiene más valor el poder de un “like” o de una “colabo” con alguna editorial independiente que tenga gancho (¿se sigue diciendo gancho?) que el mero hecho de leer un libro. Se expanden, sí, y esto es genial, pero ¿hemos perdido la esencia de la lectura conjunta? ¿sigue habiendo espacio para la resistencia y la reivindicación en nuestros círculos? Algo que fue hace siglos tan amenazante y decisivo como para que te echaran de tu comunidad ¿lo hemos normalizado, domesticado, quizás?.

Desde este espacio escrito en los mundos de internet os insto a volver unos pasos (siglos) atrás, y volver a ponernos el traje de agitadoras. Incitar a las otras a leer reconociendo miradas y opiniones diferentes, a respetarlas. No hace falta mucho: coger a la vecina y/o a la abuela y poner un libro en el centro. Volver a amplificar el acto y darle la forma de cobijo, de refugio donde expandirnos nosotras también. Trazar los puentes colgantes que nos dice Irene Vallejo en su imperdible “Manifiesto por la lectura”:

“leer nunca ha sido una actividad solitaria, ni siquiera cuando la practicamos sin compañía en la intimidad de nuestro hogar. Es un acto colectivo que nos avecina a otras mentes y afirma sin cesar la posibilidad de una comprensión rebelde al obstáculo de los siglos y las fronteras”.

No imaginemos una vida sin clubes de lectura, sin mujeres que se acercan a otras mujeres para
leer. Leamos juntas y con intención, siempre.