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Nosotros los mutantes

Antonio Altarriba
2023-07-14

Durante mucho tiempo nos hemos considerado seres sólidos, íntegros, consistentes, coherentes, dotados de una entidad-identidad a prueba del desgaste del tiempo o de la presión de las circunstancias. La firmeza de carácter se consideraba un valor positivo y, con ella, la autenticidad, la coherencia, la continuidad inalterada de nuestras creencias, la fidelidad a los principios, constituían una especie de garantía ética que nos alejaba de devaneos, contradicciones, imposturas y hasta de traiciones. Éramos uno y, gracias a nuestra rigidez moral, inalterable, como si en el tradicional dilema que confronta (al menos aparentemente) la visión del mundo de Parménides («todo permanece») y la de Heráclito («todo fluye») nos hubiésemos decantado tan dura como indefectiblemente por Parménides. Esta consideración de la naturaleza humana deriva de una percepción moderna del yo que se forja fundamentalmente en el siglo XVIII. Yo soy. Y soy uno, de una vez y para siempre, como si la esencia fuera básica y pétreamente consistencia. Aquí estoy y aquí me mantengo incólume a pesar de aconteceres y devenires. Frente a la probabilidad del caos proteico, proliferante, en ebullición, nos atrincherábamos en una inmutabilidad a prueba de caprichosas derivas. El cambio se percibía como rasgo de frivolidad, debilidad u oportunismo. Frente a las marejadas del entorno, a los cambios de humor o de comportamiento, oponíamos la seguridad de lo definitivamente instituido o, mejor, trabajosamente construido. La borrasca de la historia personal, política, social puede intentar desarbolarme, pero yo siempre estaré aquí, garantía de seguridad, barrera contra lo inestable. No importa el terremoto, aquí me tendrás.

En las últimas décadas hemos asistido a un progresivo desgaste de esta solidez y se ha empezado a hablar de sociedad líquida, de identidad fluida, de adaptación a los cambios, de reinventarse constantemente para sobrevivir en un mundo en mutación. En el soterrado ajuste entre el yo y sus circunstancias, estas últimas parecen ganar ahora la batalla. La fidelidad a un planteamiento empieza a interpretarse como esfuerzo estéril, objetivo inalcanzable, mito de la imperturbabilidad y, como consecuencia, frustrante tozudez con importantes daños en la autoestima. No te empeñes en arrostrarlo a toda costa, capea el temporal, súbete a la ola, pliégate ante lo indefectible. Seguramente la posmodernidad ha contribuido a adaptarnos a estos nuevos y escurridizos territorios. La verdad la escribimos ya con minúsculas, solo la aceptamos de manera provisional y la modelamos o la sustituimos según cómo nos vaya. Aunque puede que, simplemente, Heráclito regrese y se imponga con su blanda, adaptable, pasajera y acuática corriente. Hemos aceptado la renuncia como gesto de sabiduría ante lo inalcanzable. También hemos reconvertido en virtud la antigua resignación, con connotaciones de fracaso, y la hemos llamado resiliencia, considerándola ahora como la capacidad de orientar las velas en la dirección de los vientos dominantes, de reconducir el impulso, de adaptarse a la situación en lugar de crearla. Si no soy nadie, puedo serlo todo. En nuestra arquitectura interna la plastilina ha sustituido al mármol.

Resulta difícil optar por una u otra de estas concepciones de nosotros mismos. Una conclusión objetiva se antoja imposible cuando se trata, precisamente, de nuestra subjetividad. Seguramente, acompasados por el ritmo de los tiempos que a cada generación le toca vivir, nos inclinemos por una u otra visión. Puede que en épocas de entornos confusos, explicados por creencias religiosas que se empeñan dogmáticamente en otorgarles un único sentido, nos manifestemos más proclives a la inmutabilidad. Nuestras seguridades, nuestro propio equilibrio personal dependen en buena medida de ello. Pero, conforme la ciencia nos descubre horizontes más amplios, abiertos a la revisión permanente, conforme los cambios aceleran los procesos y resquebrajan las certezas, nuestra confianza en la inmutabilidad se deteriora. Quizá no éramos imperturbables sino temerosos de la inestabilidad y de sus angustiosos vaivenes. Quizá no estábamos en lo cierto, ni siquiera firmemente convencidos sino tan solo aferrados a supersticiones segurizadoras. De hecho y aunque sea de momento, ya no hay ídolos inalterables en su resplandeciente o aterradora grandeza sino memes fugaces y en constante mutación. Puede que mantenerse impermeable a los cambios sea simplemente idiotez, agarrotamiento desesperado en torno a unas convicciones, incapacidad de afrontar el vértigo del cuestionamiento.

Pero no hace falta remontarse a consideraciones tan metafísicas para comprobar nuestra ductilidad. Basta contemplar nuestro tránsito vital para comprobar los cambios (progresivos deslizamientos, si se prefiere) a los que estamos sometidos. Vivir es mutar y, minuto a minuto, vamos alterando imperceptiblemente nuestra aparente consistencia. Pasamos de niños a viejos a través de diferentes estados fisiológicos y anatómicos. Nos renovamos por fuera y por dentro, de manera que, con el tiempo, ni siquiera las células que nos constituyen son las mismas. Nuestra biografía viene marcada por esos tránsitos que nos llevan de la tersura infantil a la arruga seca de la senectud. ¿Qué queda del que nacimos cuando morimos? Y no solo físicamente. Envejecer conlleva igualmente cambios mentales, modificación constante en nuestra visión del mundo y hasta en la percepción de nuestros sentimientos. Cambiamos de opinión, aborrecemos lo que en tiempos adoramos, nos desilusionamos para ilusionarnos de lo que antes despreciábamos. No, no queda nada del niño que fuimos, salvo la nostalgia, quizá, simplemente, el espejismo de la nostalgia. Somos una sucesión de estados alterados que se adaptan a las circunstancias que nos toca vivir en cada momento, marionetas movidas por el viento de la historia y hasta por la brisa de la anécdota. Por eso nos comportamos de manera distinta en función de los entornos, nos mimetizamos con las corrientes de pensamiento dominantes, adoptamos modas, formas de expresión, estilos de vida y, si hace falta, nuevas y siempre provisionales creencias. Desde esta perspectiva no tienen cabida las teorías de la autenticidad y de la fidelidad a sí mismo. No somos piedra definitivamente tallada sino masa amorfa en continua remodelación.

Y antropológicamente tampoco. Sabemos desde Darwin que la historia de los seres vivos es la crónica de una lenta pero imparable mutación. Como primates, descendemos de los simios y antes de los primeros mamíferos y antes aún de las primeras células. ¡Qué mayor cambio que el experimentado a lo largo de millones de años de vida en el planeta, un cambio que nos afecta de arriba abajo hasta la última molécula! La ductilidad genética viene a cuestionar cualquier amago de permanencia secular. Es más, evolucionamos porque mutamos. Si hemos llegado hasta aquí desde la célula original es porque, con insistente frecuencia, alteramos nuestra fisiología. Somos tan solo una fase de un proceso que empezamos a intuir dónde empezó, pero que desconocemos a dónde nos conducirá. Todavía llevamos en el oído interno las branquias de los peces que fuimos, la columna vertebral de los reptiles que nos precedieron, una buena parte del ADN de la mosca del vinagre y desde nuestro período fetal la multiplicación celular que constituye la complejidad de todo ser vivo. Nuestros primeros padres fueron homínidos que poco tenían que ver con nuestro aspecto y, si nos remontamos más allá, nos veremos integrados en la amplia hermandad de una amalgama de proteínas rodeadas por una membrana. Desde esta perspectiva biológica ¿qué queda de nuestra pretenciosa identidad, de nuestra firme fidelidad a anatomías, colores de piel, incluso convicciones o principios?

La perspectiva histórica sobre nuestra especie tampoco nos devuelve una imagen estable. En realidad, todos nuestros avatares desde que tenemos testimonios es la historia de un incesante y multidireccional flujo. Los movimientos demográficos han ido configurando nuestra invasiva presencia en el planeta. Primero dentro de África, el continente original, y después ocupando la Tierra entera. Solo la adaptación a las peculiaridades ambientales de cada ubicación favoreció la aparición de ciertos rasgos distintivos, pero totalmente superficiales. En algún momento todos fuimos negros. El genoma que nos constituye se fraguó y habitó en cazadores y recolectores cuya fisionomía se diferenciaba de la nuestra, con variados tonos de piel, con ojos más o menos rasgados, con frentes o mentones más o menos prominentes, con cráneos más o menos alargados… Estos rasgos tan accidentales como irrelevantes han venido nutriendo el racismo, justificando guerras y hasta genocidios. No existe mayor barbarie partiendo de tan endeble causa. Esta pulsión tan a menudo enconada contra un otro inexistente solo encuentra explicación en los restos de un yo que se sigue considerando incólume. Una egolatría azuzada por intereses económicos o políticos nos lleva a considerarnos único y permanente modelo. Todo con el fin de establecer una jerarquía favorecedora, mantener una falsa superioridad a partir de una diferencia superficial pero que, a pesar de su inoperancia, nutre el reflejo racista. Todos nosotros en nuestra encarnación actual o en la de nuestros antepasados emigramos y fuimos extranjeros, incluso extraños, en un lugar que luego acabamos proclamando nuestro.

¿Por qué el odio o el rechazo a la aparente diferencia cuando somos el resultado de una mutación constante? Poco importa que lo contemplemos desde una perspectiva personal, antropológica, biológica, geológica o cósmica. Cambiamos de carácter en nuestras vidas, de genes en nuestra evolución, de territorio a lo largo de nuestra historia. La mutación nos ha hecho y sigue haciéndonos. ¿Cómo reivindicar una identidad y darle carácter de naturaleza? Atrincherase a toda costa en el hecho diferencial se antoja científicamente estúpido. Sin embargo, hemos construido identidades, patrias, naciones, etnias, culturas que nos sirven de excusa para mantener vivo el fuego de la confrontación constante. ¡Qué poderosos intereses logran construir los discursos segregadores que todos los testimonios científicos niegan! ¿Cómo la mentira de la inmutabilidad logra borrar la evidencia o la vivencia del movimiento permanente? Seguramente se trata de un discurso que arraiga en ese narcisismo que nos lleva a apreciar nuestro favorecedor reflejo en el espejo y a aborrecer la distorsión del prejuicio que nos hace ver a los demás feos, malvados, pobres, incultos, salvajes…

Y seguimos mutando, oscilando de personalidad frágil a identidad precaria y, sobre todo, en un mundo superpoblado, seguimos migrando. Como siempre hemos hecho. Pero el mapa de intereses económicos ha levantado fronteras convenientemente alimentadas por xenofobias y falsas incompatibilidades. Los emigrantes se han convertido en un problema de primer orden que, seguramente y dadas las previsiones climáticas, irá a más. De eso se ocupa el presente libro. De cómo el cómic ha recogido este fenómeno con las injusticias e hipocresías que esconde. Porque, al tiempo que nos encastillamos en nuestros títulos de propiedad territorial, nos negamos a ver las consecuencias de la exclusión que provocamos. Dentro de poco, quizá ya ahora solo importe estar dentro o fuera del reducto. Pero ¿cuánto durarán las verjas y muros que supuestamente nos protegen? ¿Cuándo nos tocará emigrar a nosotros? ¿Cuándo regresaremos a los caminos sin rumbo hasta encontrar el nuevo lugar que nos acoja? La historia nos lo enseña y las condiciones climáticas lo confirman con máxima urgencia. Más tarde o más temprano nos tocará a nosotros ser los otros.

Pepe Gálvez y Norman Fernández analizan cómo se refleja esta situación, quizá esta humana condición, en un medio especialmente mutante, el cómic. Los personajes migran de una viñeta a otra y mutan en su expresividad. Migración y mutación se encuentran en la raíz de la constitución eminentemente gráfica de esta forma de expresión. No hay medio más adaptado para contar exilios, desplazamientos forzados, búsquedas de una nueva oportunidad o las ilusiones de progreso que se encuentran detrás de estos movimientos poblacionales. Y, más allá de las motivaciones que explican cada emigración se encuentran pulsiones profundas que arraigan o explican nuestra humana condición. De ahí la importancia de estas oleadas de refugiados que se agolpan en las fronteras del futuro prometedor. Es el síntoma más visible y, sin duda, cruel de esta esencial propensión al cambio, de este miedo a lo que vivimos o de esta esperanza en lo que podríamos vivir. El inquieto bipedismo que nos hace humanos inscribe la movilidad como esencia de nuestro ser o de nuestras múltiples maneras de estar. Por eso, por mucho que el afán de certezas nos ancle en la ilusión de una definitiva integridad, todos somos mutantes.

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