Palabras cruzadas

Cuentos de la Luna Roja
Lenka Dángel

Lenka Dángel

2026-07-09

Seguramente era cierto que hacía calor, porque todo el mundo lo comentaba. Moisés no se daba cuenta, claro. Oía a los viandantes hablar de ello, unos con regocijo, otros con pesar. Él no podía confirmar que fuera verdad. Si llevas años viviendo en la calle, el frío se te instala en los huesos y ya no te deja nunca. No en una ciudad como Noega, al menos, donde la lluvia es la norma y la humedad te acompaña todo el año.

‒Este calor no es normal. Madre mía, pero si ya ha pasado Difuntos…

‒Veinticinco grados que hizo ayer, y hoy parecido andamos…

‒Calla, calla, no te quejes tanto que luego vendrá el frío y será peor…

‒¡Precisamente, a mí lo que me gusta es el frío!

‒Ay, no digas tonterías, Enrique, si te pones de un humor de perros…

Y así todos. Todo el mundo. Incapaces de ponerse de acuerdo.

Horizontal, trece letras. Actitud o tendencia de la persona que no se conforma con lo establecido, y lo rechaza.

Por lo demás, estaban siendo unos días tranquilos. Desde que las fuerzas del orden habían logrado atrapar a El Fantasma, la ciudad vivía en calma. Claro que estaba el asunto de la niña desaparecida, así que bien podía decirse que aquella calma era solo aparente. Pero, si lo pensaba uno con detenimiento ‒al menos esa era la conclusión a la que había llegado Moisés‒, la calma no era lo engañoso. Lo engañoso era el resto.

Vertical, ocho letras. Falso, ficticio. Elaborado con artificio, arte y habilidad.

Quizá Moisés habría prescindido de la palabra “arte”, al menos en el presente caso. “Habilidad”, sí, sin duda; “artificio”, por descontado; pero ¿“arte”? No, no, no. “Arte” resultaba excesivo. Porque, para empezar, ¿por qué lo llamaban así? ¿Por qué se empeñaban todos en usar aquella palabra, cuando resultaba claramente incorrecta?

Vertical, diez letras. Raptar, encerrar, retener indebidamente a una persona contra su voluntad para exigir un rescate monetario o para otros fines.

Al parecer, nadie se había dado cuenta, pero de toda la definición solamente una parte era cierta. Moisés lo sabía, y no porque fuera más listo que otros, sino, sencillamente, por los cisnes. Habían puesto incluso carteles al respecto. Tan escuetos como groseros. “Se prohíbe dar de comer a los cisnes”. ¿Quién lo prohibía, exactamente? ¿No eran de todos, aquellos cisnes? ¿De todos los ciudadanos de Noega? ¿No eran también de Moisés? A Moisés le gustaba darles de comer. Todos los días guardaba el bollo de pan que le daban en el Comedor Social, y lo metía en su bolsa, aquella que alguien había tirado al suelo sin ninguna razón. Aunque, a lo mejor, la habían perdido. Todo pudiera ser. El caso es que Moisés la utilizaba para guardar los bollos de pan a lo largo de la semana, porque tenía suficiente espacio en el carrito y así no se le echaban a rodar los panes entre sus cosas. Tenía cosas importantes, claro. Como la sonrisa de Yolanda, y sus preciosos ojos, que le miraban desde el papel con veintitrés años para siempre. No quería llenar sus recuerdos de migas.

Horizontal, diez letras. Imagen fija de la realidad obtenida mediante la acción de la luz sobre una superficie sensible.

Antes siempre andaba por Plaza Lisboa, Villalegre, el Callejón de las Clarisas, Diego Cubillas y el Parque Los Caños, pero habían puesto allí el dichoso cartel grosero. Y entonces, Moisés descubrió que en Santa Elena no había ni rastro de carteles. Un descuido que, desde luego, hacía a Moisés muy pero que muy feliz. Porque, aunque aquel otro parque le quedaba un poco más lejos, merecía la pena por pasar un rato viendo a los cisnes, que eran unos animales preciosos. Sobre todo, los negros. A Moisés siempre le habían gustado más. Quizá porque eran más raros de ver, y contrastaban con los otros. Aunque… no siempre resultaba bueno destacar. A veces, lo mejor era pasar desapercibido. Que nadie notara tu presencia. Que te olvidaran nada más verte.

Vertical, trece letras. Dícese de aquel que puede ser fácilmente identificable y reconocible.

Y vaya que si lo era. Vaya que sí. Él no, claro, en él no se fijaba nadie. Aquel día se había quedado varias horas cerca del estanque, por si alguno de los policías quería preguntarle algo. Pero nadie quiso. Se le acercó una policía ‒una, sí, porque era mujer, algo que todavía le sorprendía un poco‒ y le sonrió. Fue amable, hasta le dio un café. Ya estaba un poco frío, pero eso era lo de menos y se lo agradeció igualmente. La cuestión era que Moisés no estaba allí por el café. Lo que quería era hablar con Ángel Guzmán, o con Óscar Guerrero, o incluso con el subinspector Javier Leyva, pero estaban todos muy ocupados preguntando cosas a otras personas que no eran invisibles. Y consolando a la chica, y sujetando al Gran Hombre. Moisés, al acordarse de él, escupió en el suelo.

Horizontal, cuatro letras. Vil, bajo, despreciable.

Al final, ninguno de aquellos ocupados investigadores había tenido tiempo para acercarse a charlar con él. Y eso que ya le conocían, claro. De los tiempos de El Cazador, y también de cuando El Fantasma. Casi siempre eran atentos y educados, sí, pero Moisés se daba cuenta de que no se lo tomaban muy en serio. Y todo porque, a veces, se le embarullaban las palabras. No era culpa suya. Tampoco del vino, como sugerían algunos con muy mala baba. Moisés no bebía. Llevaba sin beber veinticuatro años, desde la boda de Yolanda. Ya no servía de nada, pero al menos le quedaba eso.

Vertical, siete letras. Sentimiento de satisfacción por los logros o méritos propios.

Lo malo era que nadie le creía. Le habían dicho muchas veces “es demasiado tarde”. En El Correo Norte se lo habían dicho así. Los cuatro, muy serios. Cañada, Cueto, Quirós y Abril, los padres fundadores. Tristes, sí, pero muy serios. “Es demasiado tarde, Moisés”. Lo mismo exactamente le había dicho Azucena, aunque ella ni siquiera parecía triste, solo cansada. Yolanda usó las mismas palabras, pero añadió esa otra al final.

Vertical, cuatro letras. Progenitor. Padre.

‒¡Coño, Moisés Varona! ‒exclamó una voz, sacándole de sus pensamientos.

Se secó las lágrimas, que ni recordaba por qué habían brotado de sus ojos, y sonrió antes siquiera de ser capaz de enfocar la vista. Le vio por fin, acercándose con paso vivo, con aquellos andares de gato nervioso. Era Guerrero, de la comisaría de Marqués Rivas. Uno de los hombres de Leyva. Y de Corsino.

‒¿Cómo usted por aquí, caballero?

‒Inconformismo, ilusorio, secuestrar, fotografía, inconfundible, ruin, orgullo, papá… papá… papá…

Óscar Guerrero meneó la cabeza, con sincera pena.

‒La Virgen, Moisés… ¿Todavía te bailan los crucigramas en la cabeza? ‒suspiró, sacudiéndole al anciano el polvo de ladrillo del gabán‒. Pero hombre, tienes que sacarte eso del tejado. Treinta y tantos años en Sucesos, pero tú empeñado en volver a cuando tenías dieciséis… qué rara es la mente, joder. A ver, ¿qué te traes entre manos?

No era una frase literal, por supuesto, y eso lo habría pillado al vuelo el Moisés de años atrás. El del presente, en cambio, mostró al policía su pequeño tesoro: la bolsa verde con margaritas bordadas. Donde guardaba el pan para los cisnes.

La sonrisa de Óscar Guerrero se desvaneció como a cámara lenta, mientras sus cejas se fruncían en una mueca desconcertada. Miró al vagabundo con gesto inescrutable y alargó la diestra con suavidad, como si intentara acariciar a una fiera asustada.

‒Moisés ‒dijo, en tono calmado‒, ¿me dejas ver eso, por favor?

El anciano obedeció, complacido por el interés que despertaban sus pertenencias.

‒Es bonita, ¿a que sí? ‒musitó.

Guerrero examinó en silencio la bolsa de tela, con su cierre fruncido y sus cordones, las delicadas flores blancas y las letras, a punto de cruz, en uno de los laterales.

“Mi merienda. Beatriz Arteaga”.