Para qué se escribe
Se tiene la compulsión de escribir, pero no es precisamente una actividad placentera. Es extraño, lo de escribir. Ramiro de Maeztu escribió mucho, pero todos sus textos los paría con dolor. Era una lucha, un combate. Lo contaba él mismo: «Me levanto del asiento; paseo a grandes trancos, me froto las manos con violencia. ¡Y ya puedo escribir! La mesa del trabajo, las sillas, una cómoda, todo baila en el interior de mi cerebro». José María Salaverría contaba de él que «a veces no era agradable, para quien le estimaba, verle escribir un artículo con aquella angustia, con aquel remoto sonido saliéndole por la boca, con aquel brusco detenerse para arrancar una punta de cualquier periódico que hubiera a mano, y ponerse a masticar el papel sucio de la tinta impresa. Después se levantaba, y mientras emitía un raro sonido remoto con la boca, se frotaba las manos con un ímpetu y obsesión desconcertantes». La manía de masticar papel de periódico también la recordaba Indalecio Prieto, que bromeaba que Ramiro distinguía sabores, y que su manjar preferido era La Época, «no sé si por el color crema barquillo de su papel o por la calidad satinada de este».
Se escribe porque hay que escribir, porque algo nos obliga a ello, porque queremos sacar algo de nosotros, que no tiene por qué ser principalmente una idea o una historia. Cuando este que escribe ha escrito lo que fuera —un artículo o un ensayo, y hasta un tuit—, ver apreciado el mensaje, el fondo, la idea o las ideas transmitidas, ha sido un anhelo secundario. Yo he querido siempre, sobre todo, que me alaben el estilo, la belleza literaria de lo que fuera que hubiera escrito; que me digan «qué bien escribe este hombre», no «qué lúcido es». Y una psicóloga me lo acabó explicando: tus ideas son algo que sale de ti, algo que sueltas, que lanzas, un objeto externalizable, pero el estilo eres tú. Si te alaban una idea, te alaban una idea y ya; gente fea o desagradable puede tener buenas ideas; pero si te alaban tu estilo, te alaban a ti; si te dicen que escribes guapo, te dicen de algún modo que lo eres. Y eso es un pequeño chute de heroína para aquellos que no tenemos una autoestima de Champions ni de Europa League ni tan siquiera de Conference, sino de equipo ascensor y batallar por la permanencia hasta el último partido.
¿Se escribe para cambiar el mundo? Habrá quien tenga esas ínfulas, pero uno sabe que el mundo no lo ha cambiado jamás ningún libro, ni siquiera los que parece que lo hicieron: el Manifiesto comunista, El capital, el Mein Kampf, La riqueza de las naciones, los de Ayn Rand, los que sea. El mundo cambia y los libros lo cuentan, le ponen nombre a los cambios, pero ese es el orden. Los libros no convierten. No vuelven negras las almas blancas, ni blancas las almas negras; las almas ya han adoptado el color que sea, y el libro puede hacer a su propietario darse cuenta de ello y afirmarlo en su decisión. Eso, los grandes libros, los libros influyentes. ¿En qué cambia nada un artículo de mierda, veinte artículos de mierda, setecientos artículos de mierda, un ensayo, cincuenta ensayos sesudos? Se aprende con ellos, se entretiene uno con ellos, y eso ya es valioso, pero uno no escribiría si escribir fuera solo eso: aleccionar al personal y entretenerlo. A poco personal, en esta época sobreeditora, en que uno puede tirar voladores si consigue vender quinientos ejemplares de ese ensayo que ha escrito apretando los puños, sentándose y levantándose y volviéndose a sentar, masticándole esquinas al periódico, soñando con el ensayo de los cojones. Yo soñaba con Manuel Fraga los meses que dediqué a escribir Yo podría haber sido Fidel Castro, y el libro pasó sin mucha pena ni gloria, como el noventa y cinco por ciento de los libros. ¿Para qué tanto esfuerzo?
Confesémoslo todos: se escribe por los halagos, pero no desde la vanidad, sino desde la inseguridad. Si uno estuviera rigurosamente feliz consigo mismo, si se sintiera completo y en paz, no escribiría, aunque tuviera cosas interesantísimas que decir. La escritura nace siempre de una falta, de una carencia. Y nunca acaba con ella. Pero por unos segundos, nos da un chutecito o dos o cincuenta o quinientos que la hace desaparecer; parecer desaparecer. Y pagas lo que sea por ese pico. Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo; por un «qué bien escribe este hombre», pasarse seis meses soñando con el putísimo Manuel Fraga.