Mucho más que un certamen
Con tanto calor como hizo ayer (prepárense, que vienen curvas: ¡menos mal que este año tenemos el mar a tiro de piedra), a esta servidora-suya-de-ustedes-y-quiera-Dios-que-por-mucho-tiempo se le derritió el cerebro un poco llegando al espacio cultural de la Semana Negra. Es que, por si acaso no se habían enterado ustedes con la poquita polémica que se montó, este año estamos en L’Arbeyal, y todo es nuevo. O casi todo, porque el pulpo y los churros siguen, y, coronando ya la Casa del Mar, hasta ha vuelto la noria a la que tanto añoramos el año pasado. En fin: que entre el calor y la novedad, se personó una prácticamente a pie del mar, contempló la carpa Expo Cómic, el Espacio A Quemarropa, la carpa de la Palabra, al personal tostándose, y se preguntó: «¿Pero dónde está la Carpa del Encuentro?»
Y la Carpa del Encuentro, como el dinosaurio de Monterroso, estaba allí mismo. Mayestática, elegantona, impresionante concha (con perdón de los argentinos) abierta al mar Cantábrico y, un poquito más allá, a El Musel, nuestro puerto gijonés, donde hace 39 años nació la primera Semana Negra que ahora vuelve para disgusto de algunos, los menos, y solaz de todos, porque no me creo que nadie en Xixón, por mucho que reburdie, se haya resistido alguna vez a la tentación de semanear. En fin: que en esas estábamos cuanto empezó todo el sarao de la presentación de este, nuestro certamen. Más tranquila porque idéntica confusión que la mía la tuvo José Antonio Garmón, digno representante del Principado de Asturias, y tras el besamanos propio de todos los primeros días de Semana Negra, allá que nos metimos a ver qué tenían que decirnos las autoridades. ¡Y cuánto fue, y qué bueno!

Empezó, muy brevemente, Miguel Barrero, solo para darle paso a la concejala de Cultura, Montserrat López Moro, quien definió la Semana Negra como «una cita que forma parte del calendario intrínseco de Gijón», una ciudad «capaz de mimetizarse con aquellos eventos que por éxito y relevancia se han ganado a pulso un espacio en el corazón de la ciudadanía». Recordó el apoyo del Ayuntamiento a la hora de gestionar el desplazamiento a L’Arbeyal «que permitirá a la Semana Negra potenciarse como el gran festival literario que es». Y damos fe de ello, porque de tres profesionales del ramo (cinco, en realidad, porque un par iban en pareja) con los que previamente habíamos intercambiado impresiones estaban encantadísimos con la cercanía al mar del pasillo de librerías. Les comento que valoran la posibilidad de pegarse chapuzones de tanto en tanto, pero no se preocupen: un librero, o librera, fresquito recomienda lecturas mucho mejor. Más a gusto, al menos.

Gilberto Villoria, concejal de Infraestructuras Urbanas y Rurales del Ayuntamiento de Gijón/Xixón, empezó por la puerta grande: dijo que la Semana Negra ya formaba parte del ADN gijonés y que «varias generaciones de gijoneses la sentimos ya como una tradición imprescindible del verano». Así es. Se disculpó el edil con el equipo de montaje, que trabajó «con plazos ajustadísimos» por la dificultad de encontrar un lugar donde situar la Semana Negra, conciliando todos los intereses, que no es fácil. Prometió «proyectar al mundo una estampa de una ciudad moderna, cosmopolita, en un escenario privilegiado con el Cantábrico como protagonista». Destacó como novedades una zonificación muy definida, el hilo musical y la ampliación al horario para el disfrute, también, de las familias.

José Antonio Garmón, director de Innovación y Cambio Social -¡qué cargo tan largo! Hasta Gilberto Villoria se trabó al presentarlo-, intervino en representación por delegación de la Concejalía de Cultura para contar cómo viajó a su primera Semana Negra a bordo del Renault 18 de su padre. Ese día se llevó El Halcón Maltés, de Dashiell Hammet, y desde entonces no ha parado «persiguiendo a la Semana Negra por todas las ubicaciones que ha tenido en Gijón«. Primero con sus padres, después con amigos, más tarde con su novia y, ahora, con sus hijos y esposa. Toda una genealogía semanera en torno a «esa idea tan feliz que nació con Paco Taibo». Deseó que el compromiso de la Consejería de Cultura con el certamen vaya para largo y sobre seguro, para que más gijoneses (y no gijoneses) puedan seguir disfrutando de estos días de libros, de fiesta, y, añadimos nosotros poniéndonos poéticos, también de vino y de rosas.

Oh, captain, my captain! Miguel Barrero habló -qué remedio tenía, el hombre- del cambio de ubicación, aunque reconoció que «la Semana Negra siempre está cambiando, aunque de forma tan sutil que pocas veces se nota«. No nos engañemos: el cambio a L’Arbeyal fue forzoso, pero, con esa experiencia que llevamos detrás, también de él todo el equipo que conforma este certamen ha hecho de la necesidad virtud. Y tres son las virtudes que esgrime Barrero a favor de nuestro nuevo hogar. Ojo ahí: lo primero, «porque mira al mar», lo segundo, «porque se ve desde aquí el puerto de El Musel, que fue el escenario de la primera Semana Negra», y lo tercero, «y más coyuntural», es porque la última vez que la Semana Negra se celebró en L’Arbeyal, España ganó el Mundial. ¿Será este también el caso? Ojalá, y, si no, siempre quedarán los libros para remediarlo.
¡Ah! Y también la dignidad. Nuestro Rufo –yo pienso que Rufa, por la mirada felina- fue el plato fuerte de la jornada: en torno a él, o ella, se arremolinaron las cámaras y se dispararon los flashes, y, aunque hubo entre los presentes quien no identificó su kufiya a la primera, vaya que si gustó.

Fotos: Diego Miranda
El vídeo de la jornada,aquí.