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Fecha de la última revisión: 26/04/2024

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¿Quién anda por ahí?

¿Quién anda por ahí?

Olga Lobo
2024-07-14

Algo en la actitud de las mujeres le había llamado la atención. Por eso había decidido seguirlas, tal vez pensando que ahora sí, que ahora lograría dar con la respuesta a aquellas elucubraciones paranoicas. Leídas en la libreta de forro verde aterciopelado que alguien había abandonado en la mesa del café en la estación Sanz-Crespo, se habían convertido en una obsesión enfermiza. Ahora que las había visto cogerse de la mano y paralizarse ante la visión del hombre, no le quedaron dudas. Eran tan pálidas…

Poco antes se había acercado al edificio de la Dirección General de Policía, dejando su puesto de control y, apenas empezado, un vaso de ginebra que se había acostumbrado a beber cada vez que daba inicio a su misión, remedando al autor del texto, según lo que estaba escrito en la libreta que ahora era suya. Una mezcla de aburrimiento y haraganería había contribuido a que se distrajera con los cacareos de dos señoras de una mesa de al lado que, entre ruidos de pulseras doradas y efluvios de perfume floral, comentaban las novedades de la farándula gijonesa, entre alabanzas mutuas a manicuras y peinados a la moda. Fue entonces cuando, a pesar de un repentino e inútil esfuerzo de discreción en forma de cuchicheo, había podido oírlas con claridad comentar  escandalizadas un nuevo suceso que venía a engrosar la lista de cosas raras que estaban pasando en la ciudad las últimas semanas: una invasión de puercoespines en el parking de la policía, sí, te lo juro, aquí al lado— enfatizó la seguramente más ecuánime de las dos.

A pesar de la descabellada relación de causalidad, se dijo que tal vez, sólo tal vez, investigar qué era eso de los puercoespines podría ayudarle a entender el misterio de la desaparición de pasajeros descrito en las páginas de la libreta. De todas maneras, se dijo, hacía tiempo que había abandonado la idea de ser coherente. De seguir así, terminaría volviéndose loco, o alcohólico y, al fin y al cabo, la Dirección General de la Policía estaba apenas a diez minutos del café.

Primero vio llegar a Lucía, con ese disparatado aire entre mujer al acecho y jovencita de fabuloso desenfado capilar. Abrazada a una pesada carpeta, cargaba un bolso que más parecía una chistera de prestidigitador a punto de vomitar conejitos, sólo que en su caso lo que desbordaba entre las asas eran tizas de colores, recortes de prensa, las varillas de un paraguas mal plegado y otras curiosidades inefables. Para Lucía, acostumbrada al revuelo de los teclados, los teléfonos y las conversaciones cruzadas entre compañeros de redacción, la indiferencia (o quizás resignación conformista) de sus colegas frente al silencio inusual de la ciudad, pesaba como una losa. Los juegos de Begoña se habían vaciado, el Muro y Poniente recordaban escenarios postapocalípticos desolados, los comercios y terrazas de la calle Corrida lucían tan tristes como en los tiempos de la pandemia y en la cuesta del Cholo habían dejado solos los atardeceres del Cantábrico. Una epidemia de desconfianza parecía haberse extendido silenciando las risas de los niños, el bullicio de las calles, los ladridos de los perros y el tintineo de la sidra al espalmar contra el vidrio de los vasos. Los gijoneses vivían suspendidos a una explicación que aclarara cabalmente las razones de los insólitos fenómenos de la última semana. Y esa explicación no acababa de llegar. Pero lo que realmente mortificaba a Lucía, hasta oprimirle el pecho y dejarla sin aire, no era la ausencia de esa banda sonora familiar que anunciaba el inicio del verano, sino la sensación de tener la clave del porqué de esta ciudad tomada, que estaba dejando sin argumentos a policía, medios de comunicación y autoridades de la Villa.

Acodada contra una barandilla del edificio, sin poder apartar la vista de los cientos de erizos que habían invadido la calzada, Lucía esperaba ver salir a su amiga. Una hilera de hormigas había decidido utilizar su antebrazo como puente, para ir a protegerse en una de las grietas de la pared. Para no amedrentarlas, la periodista no se atrevía a moverse, así que esperó hasta que la última de la fila llegara a la meta y sólo después, satisfecha, se dirigió a la entrada. Cuando estaba a punto de entrar y preguntar por la inspectora al agente de la puerta, ésta se abrió de golpe para dar paso a una Natalia apresurada. Al verla allí plantada, frunció el ceño y apuró el paso.

—¡Nata! —exclamó Lucía, intentando alcanzarla –¡Tali! ¡Natalita! ¡Coño, espera!- gritaba siguiéndola, mientras trataba de esquivar las bolas de púas que tapizaban el suelo—. Tienes que escucharme, en serio, necesito que me des el nombre de esa mujer para poder confirmar mi teoría.

—No necesitas una mierda. ¡Y aquí no me llames Tali, ni Talita, ni leches, joder, ya te lo dije! – Intentando calmarse se dio vuelta y miró a los ojos a su amiga. —Sabes que siempre te paso información y ya me echó la bronca el comisario Carbayera por hablarte de las huellas del tigre en San Lorenzo, así que…—¿qué?

Lucía la miraba sin dar crédito a sus oídos — ¿son de tigre? ¿las huellas son de TIGRE? —

—¡Mierda! —suspiró Natalia implorando al cielo— eres lo que se dice una lianta, ¡ya no sé ni lo que te dije ni lo que no!

—Y tú de Horacio ni te preocupes ¡sabes que lo tengo locu!

-—No, Luci, no, … Mira, sobre este caso no puedo contarte nada que no hayáis publicado ya. Hablamos de una ciudadana sin identificar, desorientada y que podría haber sido víctima de un accidente, un secuestro o quién sabe qué. El nombre que nos ha dado es tan delirante como el
resto de su declaración.

Antes de que Lucía pudiera protestar, sonó el móvil de la detective, que miró la pantalla y puso los ojos en blanco. En todos los años al lado del comisario Carbayera todo habían sido éxitos y resultados y ahora, todos sus esfuerzos por hacer las cosas como-dios-manda se le estaban arruinando, por culpa de una locura colectiva que había desbordado a los municipales y la había obligado a ocuparse personalmente del caso, de los casos, después de haber recibido órdenes primero desde la Protección de la Convivencia Ciudadana y Prevención de Actuaciones Antisociales del Ayuntamiento, y después, directamente de Interior.

Natalia había llamado a SEPRONA para que se encargaran de los erizos.  Era urgente despejar la salida bloqueada del aparcamiento y el Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil estaba preparado para hacerlo, manteniendo la integridad de los animales, como Natalia había ordenado. No obstante, las circunstancias especiales estaban retrasando las actuaciones de todos los cuerpos y ellos no eran una excepción. Natalia había decidido entonces tomar el tren para llegar a tiempo a la reunión que tendría lugar en la Jefatura Superior de Oviedo; con suerte llegaría a tiempo, siempre y cuando unos y otros la dejaran alanzar el próximo tren, que salía en media hora y la dejaba en la estación del Norte, a pocos minutos a pie de la Jefatura.

Había que evitar que esto llegara a oídos de los medios estatales y el pánico cundiera definitivamente entre la población. Antes de abandonar el edificio en dirección a la estación, había prohibido terminantemente (o sea, había amenazado con cortar las pelotas de quien lo intentara) sacar los coches del estacionamiento. Ahora, Armando la llamaba porque necesitaba un vehículo. Desde el otro lado de la línea, se quejó de que seguían llegando denuncias de ciudadanos que habían encontrado cucarachas en el interior de las cajas de bombones de una conocida confitería y a Suárez le tocaba ir a tomar declaración a una señorona de rancio abolengo que vivía en un chalet de las afueras. Natalia le ordenó que cogiera una de las bicicletas que el Ayuntamiento había instalado a pocos metros de la DG.

—Pero ¿Cómo…? – Protestó Armando.

—¡Pues con la tarjeta ciudadana, como todo el mundo! Sentenció Natalia antes de cortar airadamente la comunicación, dejando al agente con la palabra en la boca.

—¿Era Armando? —rio Lucía—. Joder, tía, que pesa más de cien kilos…

—Mejor me lo pones, el paseíto le vendrá divinamente.

—¿Y eso de las cucarachas en los bombones?

—Tenemos unas tres denuncias, pero seguro que hay más. —Talita apuró el paso y Lucía la siguió—. Es todo muy raro, porque es la confitería que más vende de la ciudad y, casualmente, las únicas cajas que tienen cucarachas son de clientes que no han pagado el pedido, por lo que técnicamente no son suyas. ¡Te caerías de culo si te enseñara la lista de morosos de la confitería, y son todos de familia bien, eh!

—Cuanta más pasta tienen…

—Denunciarlo no les servirá de nada, pero los niveles de colesterol de Suárez pueden mejorar si se da un paseo en bici para tomarle declaración a esa urraca.

Lucía no había encontrado la manera de convencer a Natalia de que su hipótesis era verosímil. Pero estaba decidida a que su amiga no subiera al tren sin valorar al menos su teoría. Habían subido por el puente y ya estaban por la mitad de Carlos Marx. No le quedaba mucho tiempo.

—Cómo me gustan los trenes—dijo Lucía, poniendo en marcha su plan— ¿te acuerdas cuando íbamos de vacaciones a casa de tu abuela? ¿y que nos íbamos a jugar a las vías? ¿y a la estación abandonada? ¿te acuerdas? — Natalia la miró de reojo, sospechando de este inopinado arrebato de nostalgia.

—Mientras la abuela hacía la siesta ¿te acuerdas? — insistió Lucía bajo la mirada de una Natalia determinada a no bajar la guardia— cuando jugábamos a las estatuas o … ay sí ¿te acuerdas cuando llevamos a pasear al caracol a las vías porque nos daba pena? Pobre, Osvaldo lo llamábamos ¿no? terminó mal esa historia…

Natalia terminó por ceder y rieron juntas, aunque no por mucho tiempo. La inspectora no moderaba la cadencia de su marcha y Lucía se debatía con bolso y carpeta para seguirle el ritmo. Hasta entonces no se habían dado cuenta de que las estaba siguiendo. Ni bien comprendió que iban a Sanz Crespo, había decidido adelantarlas y echar a correr, rodear por el Palacio de justicia e instalarse cerca del café dentro de la estación, desde donde podría dominar el hall y observarlas cuando llegaran. No era cuestión de arriesgarse a estropear su hasta entonces implacable pero discreto hostigamiento.

—¡No corras, tía, que no te sigo!

—No necesitas seguirme —respondió Natalia, apretando el paso cuando ya llegaban a la entrada— tía, tú lo que necesitas es echarte un buen polvo.

—A ver, lo del polvo no te lo discuto, pero no me cambies de tema—¡Alina Reyes! —gritó Lucía, a la desesperada, esperando que el nombre tuviera algún efecto en el comportamiento de su amiga. No se equivocó.

—¿Quién te ha filtrado ese nombre? —Ya en el hall de la estación, Natalia se detuvo en seco, se giró y la miró con desconcierto.

—Vámonos, rápido, déjame comprar los billetes rápido y vámonos.

—Pero ¿qué pasa, Tali? No me asustes.

—Nada, nada, no mires —mientras compraba los billetes en la máquina, Natalia le explicó a su amiga la razón de su inquietud— cerca del café hay un tipo que lleva meses aburriéndonos con una historia de pasajeros desaparecidos; por lo visto, se pasa el día en el café contando la gente que sale y entra en la estación y nos pide que avisemos a todas las estaciones del país. Menos mal que los compañeros le han impedido hasta ahora que venga a mi despacho, que quiere hablar con un superior, no te lo pierdas; no me conoce, pero tengo miedo que en una de sus visitas me haya visto y venga a acosarme con esto, era lo que me faltaba. Está claro, nos volvimos todos locos… tú necesitarás un polvo, pero yo necesito vacaciones, que con este tiempo de mierda vamos a acabar convertidas en ajolotes, hasta escamas nos saldrán … Mira, a la vuelta de Oviedo, nos tomamos unos vinos y nos organizamos un viaje para cuando todo esto se arregle ¿vale? Necesitamos sol y mojitos, que ya más que blancas estamos verde alga… Y ahora dime ¿cómo sabes lo de la Alina Reyes, tía? ¿quién te lo dijo?

—Nadie, Tali, piensa un poco. En la redacción sabemos que habéis encontrado a una mujer deambulando por el Rinconín, afirmando ser una reina en busca de su doble, que dice que es igualita a la estatua de la Madre del emigrante. Piensa un poco, joder, tú también habrías sabido su nombre antes de que ella os lo dijera…

—Es solo un delirio, Luci, no puedes creer que esa mujer está bien de la cabeza…

—Cordura y locura, qué términos tan vagos… ¿Quieres saber qué creo? Media ciudad ha visto las huellas, que me dices que son de tigre, ¡de TI-GRE, tía! Luego está el motorista ese “disfrazado” de azteca —añadió Lucía enfatizando con los dedos el gesto de unas supuestas comillas—, que tiene atemorizados a los vecinos del centro. ¡Los erizos! Esos no están ahí por casualidad… y ahora los bombones rellenos de cucarachas y ya, lo de la Alina Reyes, vamos … Todo es parte de un juego ¿no te parece? No han salido de un manicomio, han salido de los libros. Han venido a demostrar que la palabra tiene el poder de construir mundos.

—Claro, y vienen caminando desde La buena letra, ¡no te jode!

—O de Paradiso…

El acceso a los andenes estaba desierto y las dos amigas avanzaban ahora sí, riendo a carcajadas
con ese regocijo cómplice que las acompañaba desde la infancia.

—Luci, en serio… No te sigo ––de forma inconsciente, Natalia empujaba una piedra en el andén con la punta del zapato––. Y tengo que tomar ese tren, así que no digas chorradas o te juro que llamo a Salud Mental para que te vayan buscando alojamiento al lado de la tal Alina.

Lucía miró a su amiga la detective con gesto serio, en busca de un atisbo de la joven con la que había compartido libros, travesuras y novios en el instituto. En un último intento por convencerla, le tomó la mano y la obligó a girarse. Ambas miraron el cartel que, pegado a una de las columnas, anunciaba el inicio de La Semana Negra.

—Y encima esto, que estamos todos preocupados— reaccionó Natalia— que si se corre el rumor a ver qué va a pasar, que lo de la seguridad en la Semana Negra es un problemón con lo histérica que se pone la gente, pero encima con la sospecha de que algo raro pasa en Gijón, ya me dirás… bueno, todos preocupados, todos preocupados… menos Miguel que está muerto de la risa…

—¿Qué Miguel?

—El nuevo director, otro que delira como tú, que no me preocupe, dice, que esto es como la publicidad, que mejor, que así todo el mundo hablará de la Semana Negra…

—¿Sabes que la edición de este año está dedicada a Julio Cortázar? Por el aniversario, de su nacimiento y de su muerte…

Natalia se rindió y apretando ligeramente la mano de su amiga, suspiró. Lo querían tanto. Me encantaría volver a tener dieciséis años—le dijo— y a creer en mundos fantásticos, en universos paralelos al mundo real, que podía no ser el mío, ni el tuyo, ni el de la reina Alina… A lo mejor
he estado demasiado tiempo del lado de acá…

—Pergdonen, ¿saben dónde puedo comprgarg cirgarguillos?

Lucía había enmudecido. Sin soltarse de la mano, ambas levantaron la vista y vieron al hombre bajarse del tren mientras las miraba a través de unas enormes gafas de concha con sus igualmente enormes ojos verdes. Sin respuesta, el hombre siguió su camino dejándolas atrás. De pronto Natalia vio cómo caía de entre los techos del andén algo como unos globos de color verde, de sustancia gelatinosa, multiforme y de aspecto cómico, que flotaban y andaban por ahí…

Se habían quedado paralizadas y ahora estaba seguro. Eran tan pálidas. Mientras pensaba qué hacer ahora que creía saber, le pareció percibir algo asomando de uno de los bolsillos del abrigo de ese hombre exageradamente alto. Dirigió su mirada fijándola en el bolsillo y comprobó que de él sobresalía, a punto de caerse, una libreta de forro verde aterciopelado idéntica a la suya.

Por eso decidió seguirle finalmente los pasos a él, una vez que el hombre había dejado atrás a las dos pálidas enmudecidas y había entrado en el café.

Le escuchó pedir un vaso de ginebra y un paquete de Gauloises. Esto no podía ser casualidad. Ya nadie fuma tabaco negro. Cuando se sentó en su mesa, una lluvia espesa empezó a caer afuera, tiñendo el café de una luz extraña, como verdosa. El camarero vino con el vaso de ginebra y le indicó la máquina de tabaco. Los Galoises ya casi no se venden—dijo—pero tenemos Ducados negro, que también son una reliquia.

—Sí—dijo el hombre— en Frgancia ya no se consiguen, pego me sorgprgende que no tengan acá, ¿sabe que ahorga se fabrgican en España? Porg eso aprgovecho cuando vengo.

—¿Vienes a menudo? —preguntó entre curioso y divertido el camarero, mientras pensaba que ese acento no se parecía a nada que conociera, ni totalmente francés, ni totalmente español.

—No, hace mucho que no vengo, pego es que me han invitado unos amigos quergidos, porg mi cumpleaños. Y, clargo, no podía faltarg.

—Anda, pues, ¡felicidades! ¡Que lo pases muy bien!

—Eso espergo, eso espergo—contestó el hombre, esbozando una sonrisa.

 

 


 

 

JUEGO PARA LECTORES CÓMPLICES
Este cuento es un homenaje al universo de Julio Cortázar. Este cuento es también muchos
cuentos y una invitación a seguirle la pista a las referencias de las obras del autor que, explícita
o implícitamente, se mencionan. ¿podréis encontrarlas?

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SOLUCIÓN:
Texto en una libreta/Continuidad de los parques/Homenaje a una joven bruja/Rayuela/Carta a una señorita en
París/Graffiti/Recortes de prensa/Casa tomada/Los venenos/Bestiario/Lejana/Circe/62, Modelo para armar/Final del
juego/Axolotl/ La noche boca arriba/Queremos tanto a Glenda/Manuscrito hallado en un bolsillo/El perseguidor/Alguien que
anda por ahí.

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