Un artículo de:
Arantza Margolles Beran
Publicado el:
2024-07-09

Singing in the rain

Quien dice cantar, dice leer. Esta que les escribe a ustedes no es muy ducha, por decirlo amablemente, en el arte musical, así que mejor no toquemos esos palos. Pero me gusta la lluvia, también esa que esta tarde cayó, inesperada y fulminante, sobre el recinto de la Semana Negra. Sospecho que solo se nos cayó el cielo sobre las cabezas a nosotros, porque no se la oí mencionar a nadie que no estuviera dentro: ¿o sería, tal vez, una histeria colectiva? Ahí lo dejo para el escritor o escritora que ande flojo de tramas, porque no me negarán que es un argumento prometedor. Una cohorte de escritores (también andaban algunos políticos), víctimas de una enajenación transitoria colectiva transitoria dentro de los muros de la Semana Negra. En fin: les decía que me gusta la lluvia. Dentro de casa, claro, o de una de las carpas de la SN. Me gusta el olor de la lluvia recién caída -los científicos, por chafarnos el romanticismo, dicen que es cosa de nosequé bacteria- y el placer que supone abrir un libro al lado de una ventana con las gotas estrellándose sobre el cristal.

Tanto me gusta la lluvia que uno de los recuerdos más vívidos de mi infancia es una lectura así. No recuerdo cuál. Andaba yo en la época de El Barco de Vapor, la editorial que nos metió a tantos niños el gusto de la lectura, y me pilló el aguacero con uno en el bolso, pasando al lado de la casa de una vecina de mis abuelos. Me guarecí en la tenada y, para matar las horas hasta que escampara, abrí aquel libro. Afuera se caía el mundo, pero en mi cabeza estaban sucediendo tantas cosas que terminé por olvidarme de que estaba en pajar ajeno y de que ya había parado de llover. No se cuántas horas fueron, muchas; todas las que duró aquella maravillosa lectura. Leer sin prisas, cuando todo parece estallar ahí afuera. Qué forma tan barata de encontrar la felicidad.